PARTE II
11, 12 y 13 de abril (II)
por Teodora Petkoff
El 12 de abril fue un día silencioso y azul hasta la noche. Rumores de toda índole corrían por los vecindarios, mientras en el Parlamento Nacional —visto en la televisión— se celebraba una asamblea de venezolanos notables que proclamó como presidente provisional del país al presidente de la cámara de los empresarios. Una persona de traje negro leyó un decreto que, para nuestra sorpresa, disolvió todos los poderes del Estado. Ese día no hubo noticias sobre el expresidente Chávez.
El 13 de abril, después de otro día largo de rumores sobre las tensiones entre los generales y disturbios en los barrios populares alrededor del Fuerte Tiuna, se supo de la precipitada salida de los venezolanos notables del edificio del Parlamento, acosado por una violenta protesta. Temimos el regreso de Chávez. Cerca de la medianoche un helicóptero lo trajo directamente a Miraflores. Los techos del palacio estaban tomados por los mismos Círculos Bolivarianos —fusil en mano— que habían masacrado la marcha. La imagen televisiva en cadena nacional, entre sombras y luces rojizas, reproducía una estampa icónica prestada de los tiempos de la revolución cubana.
No tuve corazón para escuchar el discurso, pero se dijo que las palabras presidenciales fueron de reflexión y propósito de enmienda, sin promesas de retaliación. Sin embargo…
La actitud de los días siguientes mostró el deterioro de la relación con los venezolanos que lo adversábamos, y con aquellos —principalmente militares— de su propio bando que habían llegado a conocer los intríngulis de la ruptura del hilo constitucional mientras el presidente salía y volvía al poder.
La Comisión de la Verdad, formada para el caso, naufragó en esclarecer los hechos. Al final de su gestión quedó evidente que sus propósitos habían sido los de difuminar las responsabilidades, dando espacio al poder para descabezar a la Policía Metropolitana y entregar la capital al control de los paramilitares.
Lo demás fue el continuo deslizamiento de mi país por la espiral descendente de la dictadura: obscena, mediocre, de la cual el mundo occidental —ajeno e incrédulo al principio— se reía a carcajadas, sin percibir cómo el narcotráfico ocupaba a Venezuela y ponía a todo el planeta en jaque.
¡Cuánta razón tuvo la clase media venezolana al sublevarse el 11 de abril! Los siguientes veinticuatro años se lo han reconocido “con copete”… como pagaba los servicios sangrientos que solía encargar aquel oscuro personaje de nuestro inmortal novelista Rómulo Gallegos: Doña Bárbara.
Pocos días antes de su muerte, Ibsen y yo leímos El doctor Zhivago, del autor de origen judío y ucraniano Boris Pasternak. Por insólito que parezca, él —un polímata y lector de grandes ligas— confesó que se había dejado llevar por la consideración generalizada en Occidente de que Pasternak había sido un autor tibio ante el comunismo, y que había abierto estas páginas por primera vez cuando propuso la conversación. “¡Es un libro hermoso!”, dijo, avergonzado del retardo como de algo imperdonable.
Y yo, que juraba haber leído la novela en los años ochenta, cuando rompió la censura
soviética y salió publicada en la revista literaria Novyi Mir, al comenzarla “nuevamente” me
di cuenta de que no la había terminado.
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| Revista soviética "Nuevo Mundo" |
Ocurrió que entonces, como muchos de mis coetáneos que no veíamos futuro en nuestros países exsocialistas de Europa del Este —que se abrían a la libertad, pero abrazaban una descomunal crisis económica—, yo salí de Bulgaria y encontré refugio en mi otro país: Venezuela.
En mi lectura “primera” de Doctor Zhivago había llegado a una escena: la gran marcha invernal de los moscovitas durante la revolución de 1906, ahogada en sangre por los dragones del Zar. Esa escena está apenas en los capítulos iniciales del gran libro.
Yo leía mucho más lento que Ibsen. Él pudo terminar la novela y prometió enviarme por correo unas poesías en prosa de Pasternak, para saber qué me parecerían… Pero el tiempo no le alcanzó.
La muerte de este increíble amigo de mi padre me sorprendió justo cuando había llegado a la misma escena literaria de la misma marcha, que había vivido en persona el 11, 12 y 13 de abril de 2002, en Caracas, Venezuela.
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