Hoy hemos escuchado decir al Papa León en Arguineguín que la dignidad humana carece de pasaporte y que, cuando se emprende un duro viaje hacia la búsqueda de oportunidades se puede llegar a un lugar despojadas de casi todo, pero nunca de la dignidad.
Nos ha preguntado en su discurso si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre y la violencia después del desierto, de la noche y del mar, y no he podido evitar que mi pensamiento viajara al día de ayer y a otros momentos de hace dos y diez años.
Y digo ayer, porque precisamente hace poco menos de veinticuatro horas me entrevistaron en el programa Mallorca a la Carta. A lo largo del diálogo entablado con María Zanoguera y Rafael Calle salió a relucir una reflexión que escribí, hace aproximadamente diez años, durante una de mis estancias en Roma.
Pensaba entonces en una imagen que no me dejaba conciliar el sueño tras haber aterrizado en Fiumicino, la de un niño acurrucado, abandonado y solo en la playa con una camiseta roja y un pantalón vaquero cortito. Mis ojos se llenaron de lágrimas y el impacto fue tal que años después, en 2024, dediqué a ese niño anónimo un poema titulado Dónde quedaron tus alas. Esos versos forman hoy parte del contenido de mi poemario Reivindico la Paz, poemario del que estuve hablando en mi intervención ante los micrófonos de Canal 4.
Por extraño que parezca, aquella estampa que tantos vimos en las televisiones de nuestros hogares, aparentemente tierna desde lejos y completamente desgarradora desde cerca, me hizo comprender un artículo de Unamuno que leí en esos días de Roma sobre el idealismo y la espiritualidad.
En aquellas fechas (agosto de 2015 si no recuerdo mal) andaba yo ensimismada y escandalizada por el lujo renacentista y barroco de Roma y sólo tras la lectura de aquel artículo sobre Unamuno creí entender por qué Don Miguel contrapuso el idealismo pagano y renacentista de Roma al espiritualismo castellano.
Comprendí, o quizás sólo atisbé, que las ideas son realidades posibles de llevar a cabo siempre que estén bien fundamentadas y no caigan en el vacío de la demagogia o la imbecilidad.
Vi en los brazos de cada uno de nosotros, esos brazos que claman por tomar amorosamente a ese niño y con esa necesidad de extender el alma (empecé también a comprender al Greco y a ese recurso emocional de alargar sus figuras) sentí que en el ansia por ofrecer nuestro amor radica quizás el espíritu de los hombres de buena voluntad.
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1 Comentarios
Muy bueno.Expresa muy bien lo que necesitamos entender y sentir ante esas personas que llegan y tienen que encontrarse con nuestros brazos y corazones.Gracias
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