El termómetro de los domingos.
(Crónica de una temporada que nunca termina)
Palma, 2 de agosto de 2026
Son las dos de la madrugada y en Palma todavía hace 31 grados. El asfalto exhala el calor acumulado durante el día como un animal herido que se niega a morir. Los bares tienen las puertas abiertas de par en par y la música sale a la calle a emborracharse con el humo de los coches y el olor a fritura de los food trucks. Es agosto. Es Mallorca. Es el séptimo círculo del infierno, pero con chanclas.
Los turistas deambulan por las calles del centro con la mirada perdida, como almas en pena que han cambiado el purgatorio por un todo incluido. Llevan camisetas de colores que ningún humano debería usar después de los 12 años, sandalias de cuero marrón con calcetines blancos —un clásico que nunca pasa de moda entre los germanoparlantes— y el mapa de Google Maps abierto en el móvil, como si fuera un pergamino sagrado que les guía hacia la próxima cerveza.
En la Plaza de la Reina, un grupo de veinteañeros británicos ha decidido que el monumento al Rey Jaume I es el lugar ideal para hacer botellón. Se turnan para subirse a la base de la estatua, hacerse selfies y gritar algo que suena a "waaaaay", que en su idioma probablemente significa "estoy borracho y he perdido a mis amigos". La estatua del conquistador, con su espada en alto, parece observar la escena con una mezcla de indignación y envidia. Él también fue joven. Él también conquistó. Pero al menos él lo hizo con un poco más de estilo.
A las tres de la madrugada, el Paseo del Borne parece un desfile de moda low cost. Las chicas llevan el "uniforme de combate" del turista femenino: vestido floral, sandalias de tiras y un bolso que no cierra porque dentro solo cabe el móvil, un protector solar y una botella de agua medio vacía. Los chicos, por su parte, optan por el look clásico de la no-planificación: pantalón corto, camiseta de alguna banda que no han escuchado nunca y un silencio absoluto que cubre la ausencia de cualquier conversación que vaya más allá del "¿otra ronda?".
Los bares están a rebosar. Dentro, un español de 35 años —un indígena local, uno de los pocos que aún quedan— pide una caña y observa el espectáculo con la expresión de quien acaba de comprender que su barrio ya no es suyo. Al lado, un camarero sudoroso atiende a un grupo de italianos que discuten apasionadamente sobre "la auténtica pizza" como si la conversación pudiera salvar el mundo. El camarero sonríe, cobra y piensa que, si la crisis climática nos mata a todos, al menos él habrá visto suficientes cosas raras para escribir un libro.
A las cuatro de la madrugada, el calor se hace más pesado. Parece que el sol, como un mal actor, se estuviera preparando entre bambalinas para volver a salir a escena. En el Paseo Marítimo, los coches rugen y las motos hacen el ruido exacto que necesitan para que nadie duerma en cinco kilómetros a la redonda. Los taxis pasan vacíos porque todos los turistas están en el centro y los locales están en casa, con el aire acondicionado a tope, soñando con noviembre, cuando las calles volverán a ser suyas.
Y entonces, a las cinco y media, ocurre el milagro de la noche: la temperatura baja a 28 grados. Es el momento de respirar. Es el momento de sentarse en un banco y ver cómo el cielo cambia de color, pasando del negro al azul profundo, como si la noche se despidiera con dignidad. Por un instante, el ruido cesa. La ciudad respira. Los turistas se han ido a dormir. Los locales, también. Y queda solo el viento, el mar y esa sensación agridulce de que el paraíso, cuando está vacío, sigue siendo el paraíso.
Pero no durará. En dos horas el sol volverá a castigar. Los turistas resurgirán de sus camas con resaca y protector solar, y la máquina de la temporada se pondrá en marcha de nuevo. Como cada día. Como cada año. Como cada agosto desde que alguien decidió que esta isla era el destino perfecto para desconectar de la realidad. El problema —y el sarcasmo— es que la realidad, aquí, no para de funcionar. Solo se disfraza de vacaciones.
— Fin de la crónica —
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