Sanadores y gurús en tiempos de redes sociales: una mirada crítica al auge de los expertos en desarrollo personal en redes
Por Cristhian Tirado
Actualmente hay algo incómodo e importante observar, según el reporte de la encuesta realizada por Ipsos en 30 países:
“El 45% de la población de los encuestados, en 30 países, se considera que la salud mental es el mayor problema de salud. Esto supone un aumento con respecto al 27% registrado en 2018. Le siguen el cáncer, el estrés, la obesidad y el abuso de drogas.”
— Tomado de informe de servicio de salud Ipsos 2025
Desde lo anterior, es importante focalizar la atención en lo que significa desde una percepción general el papel que juega la “salud mental”, vista como un problema que afecta todos los contextos y con ello todo lo que representa el consumo de información que sea de “valor” para buscar una manera de “autoayuda” basadas en “consejos” y en la creciente venta de “cursos” para “sanar el pasado y curar las heridas” de manera rápida y suponiendo un mínimo esfuerzo.
Con ello la creciente aparición de “pseudo-terapeutas” e influencers que en sus contenidos hablan de la sanación, sin contar con bases realmente sólidas para hacerlo. Ahora no se pretende condenar la divulgación de temas o aspectos que tengan que ver con lo psicológico, si no más bien de la tendencia donde la “forma” está reemplazando el “fondo”.
En la actualidad cualquier persona con internet y una cámara, puede hablar de trauma, depresión, ansiedad, o heridas infantiles, solo necesita un buen guion una buena edición audiovisual y estética, sobre todo frases y fragmentos que resuenen en las personas de manera emocional, ni que decir de la implementación de las IA (inteligencias artificiales) para sustentar la estructura y generar el contenido deseado.
Aquí el problema no son los temas que se compartan, el verdadero desafío es cuando los síntomas se simplifican hasta que se pierda el verdadero sentido, o en los peores casos, se imparten sin una comprensión profunda y real.
Temas como trauma, vínculo, acciones como soltar, fluir, aparecen como modos de ver las cosas sin un tránsito de su propia dificultad, se habla de relaciones sin poder comprender a profundidad las órdenes que los sostienen, como si la complejidad humana se limitara solo con frases y acciones superfluas que se ven muy atractivas por que son modos rápidos, claros y desde lo emocional, gratificantes, ya que se ajustan a la recompensa rápida y momentánea de un bienestar falso y de hecho engañoso.
Al día de hoy, la alta demanda de soluciones rápidas en una sociedad y cultura marcada por la “inmediatez y el consumismo” junto a personas que pretenden aliviar sus males sin que haya un compromiso, ni tampoco transitar lo difícil, o caminar por la incomodidad que implica el ejercicio de trabajar en nuestras emociones nos permite reflexionar en como estas formas de autoayuda en un gran porcentaje son inútiles para llegar al fondo de lo que realmente sustenta un proceso de consciencia y cambio.
Las personas quieren cambiar sin confrontarse, sanar sin revisar su historia, tener relaciones sanas, sin desaprender sus creencias limitantes, avanzar sin poder observarse.
Y aquí el riesgo no está únicamente en la desinformación, si no en reforzar la ilusión de haber trabajado en algo que realmente permanece intacto sin suponer un cambio real, por que como decía Jung: “Hasta que hagas consciente lo inconsciente, éste dirigirá tu vida y lo llamarás destino.” Aquello que no se comprende, se repetirá, aquello que se mira de manera superficial, por lo general aparece con más fuerza.
Y también es importante saber que no todo el que habla de sanación, sabe acompañar, ni tampoco en ocasiones el que “luce bien” tiene estructura, no todos los que tienen visibilidad poseen un criterio objetivo, que, aunque parezca obvio, se pierde fácilmente lo real en un entorno donde se validan más los “likes” y “seguidores” que transitar procesos y que estos se sostengan en el tiempo.
Un proceso de psicoterapia, cuando es riguroso, no requiere espectáculo, no requiere publicidad, no se limita únicamente a frases que sean virales, requiere de tiempo, supervisión, estudio continuo, con ética y respeto, donde no siempre habrá respuestas inmediatas, pero en cambio grandes posibilidades para generar cambios.
Consideraría que lo más preocupante de lo que ocurre en la actualidad con este fenómeno no es en sí que existan perfiles que se muestren como guías definitivas, si no la banalidad para poder otorgar autoridad y criterio a individuos que transforman el sufrimiento en contenido mediático, como producto comercial y de aquí el riesgo de trivializar procesos delicados y profundos que nos afectan de manera importante.
Espacios de influencia positiva si que deben existir, pero cuando se emplean con responsabilidad y con una mirada crítica por parte de las personas que consumen estos contenidos, evitando confundir claridad con profundidad, tendencias y popularidad con conocimiento.
Sanar no es un proceso inmediato, no siempre es visible, requiere coherencia, un sentido y un propósito, mucho más allá de una motivación temporal, necesita responsabilidad, implicación y trabajo personal. En tiempos donde todo parece al alcance de un clic, probablemente el acto de mayor revolución sea detenernos y preguntarnos ¿Quién nos habla y desde donde lo hacen? Esto marca la distinción entre la ilusión y el trabajo personal y genuino.

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