Esta mañana me he despertado igual que antes.
He abierto los ojos, he mirado por la ventana y, contra todo pronóstico, seguía siendo yo.
No me he transformado en criatura cósmica. No me han salido alas. Tampoco he adquirido poderes sobrenaturales ni he comenzado a levitar sobre la cama.
Después del eclipse, esperaba al menos sentir algo.
Una energía diferente.
Una vibración.
Una especie de conocimiento ancestral transmitido directamente desde el Sol a mi sistema nervioso.
Pero nada.
Cero.
El café sabía exactamente igual.
La tostada también.
Y el mundo seguía ahí fuera, haciendo lo que hace todos los días: seguir adelante sin pedir permiso.
He mirado al cielo.
El Sol ha vuelto a salir.
A la misma hora.
Con la misma contundencia.
Con esa desagradable costumbre que tiene de recordarnos que vivimos en un planeta que gira alrededor de una estrella y que, además, gira sobre sí mismo sin que nosotros notemos absolutamente nada.
Los monstruos místicos no se han comido nuestra estrella.
No ha aparecido ningún dragón solar.
Ninguna civilización extraterrestre ha descendido sobre Mallorca para explicarnos el verdadero significado del eclipse.
Y tampoco se ha abierto un agujero dimensional sobre el Mediterráneo.
Qué decepción.
Ayer, sin embargo, todo parecía diferente.
Durante unos minutos, millones de personas levantaron la cabeza.
Eso ya es extraordinario.
En una época en la que pasamos buena parte del día mirando pequeñas pantallas, el eclipse consiguió algo casi revolucionario:
miramos hacia arriba.
Playas, terrazas, carreteras, montañas, embarcaciones y miradores se llenaron de personas esperando que ocurriera algo.
Y ocurrió.
La luz cambió.
El paisaje se volvió extraño.
El día pareció detenerse durante unos instantes.
Y el Sol desapareció parcialmente detrás de la Luna.
No necesitábamos más.
Pero, como somos humanos, inmediatamente quisimos encontrarle un significado.
Desde siempre hemos convertido los eclipses en señales.
En otras épocas anunciaban guerras, desgracias, cambios de poder, muerte de reyes o la llegada de los dioses.
Hoy somos mucho más modernos.
Tenemos satélites.
Tenemos telescopios.
Tenemos observatorios.
Tenemos científicos capaces de calcular con extraordinaria precisión dónde estará la sombra de la Luna dentro de décadas.
Y, sin embargo, seguimos preguntándonos si el eclipse “trae algo”.
Quizá porque necesitamos que las cosas tengan un significado.
Incluso cuando sabemos perfectamente cómo funcionan.
Esta mañana Mallorca ha vuelto a sus rutinas.
Los coches circulan.
Los barcos salen.
Los camareros preparan cafés.
Los turistas bajan hacia las playas.
Los trabajadores llegan a sus puestos.
Alguien discute por una plaza de aparcamiento.
Alguien corre porque llega tarde.
Alguien se enamora.
Alguien rompe con alguien.
Alguien mira el teléfono mientras cruza una calle.
Y el Sol, completamente indiferente a nuestra fascinación, continúa haciendo su trabajo.
ILUMINARNOS.
Tal vez el eclipse no tenía que transformarnos.
Tal vez no tenía que proporcionarnos una energía especial ni revelarnos ningún secreto.
Quizá su verdadero poder consistía simplemente en recordarnos algo que olvidamos demasiado fácilmente:
que vivimos dentro de algo inmensamente grande.
Que la Tierra no está quieta.
Que la Luna está ahí fuera.
Que el Sol es una estrella.
Que nosotros somos diminutos.
Y que, durante unos minutos, millones de personas dejaron de mirar hacia abajo y contemplaron juntas el mismo fenómeno.
Eso sí que fue extraordinario.
Hoy no hay magia.
No hay mutaciones.
No hay monstruos cósmicos.
No hay apocalipsis.
No nos hemos despertado convertidos en otra cosa.
Seguimos siendo nosotros.
Y quizá eso sea lo más extraño de todo.
Porque después de contemplar cómo la Luna se coloca entre nosotros y nuestra estrella, uno podría esperar que algo cambiara.
Pero no.
El mundo continúa.
El Sol sigue ahí.
La Tierra sigue girando.
Y nosotros seguimos tomando café.
Quizá mañana volvamos a levantar la cabeza.
O quizá volvamos a mirar la pantalla.
Depende de nosotros.
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