Reflexiones sobre la memoria, el totalitarismo, la libertad y las heridas que dejan los sistemas políticos cuando convierten la vida humana en una pieza prescindible de la historia.
Este mes de mayo comenzó con el discurso de la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, Nobel de Literatura en 2015 y una de las tres personas distinguidas con el premio Ortega y Gasset de Periodismo en el presente año.
En la ceremonia, le correspondió —quizás por ser mujer— abrir la ronda de agradecimientos. Se dirigió a las personas del espacio postsoviético. Sin rodeos, habló del odio acumulado y del fascismo que, en medio de tanta confusión, ha vuelto a hacerse presente.
Y advertía que el señor Putin ha destruido la arquitectura del mundo y que, sin una respuesta contundente, la violencia ha cobrado derecho de vida.
Desde su experiencia como depositaria de los testimonios de Chernóbil, insistía en escuchar y proteger las palabras de quienes presencian los hechos.
Entonces, rememoró la angustia de un piloto de helicóptero que había expuesto su vida al tratar de apagar, desde el aire y arrojando arena, el incendio del reactor nuclear.
Pero, en vez de sofocar las llamas, la arena las había avivado más.
“Svetlana, escriba lo que yo vi”.
Suplicaba el piloto, muriendo de cáncer por la radiación.
“Quizás yo no lo entiendo todo, quizás usted tampoco lo entiende ahora, pero escríbalo”.
En 1986, cuando la reacción en cadena comenzaba en Prípiat y se precipitaba el derrumbe del mundo soviético, yo era adolescente y vivía en Bulgaria.
No sabíamos nada de la radiación y, siendo mayo, sobre nuestro país llovía a cántaros.
Mi mamá trabajaba en un ministerio y me urgió:
“Teodora, diles a tus amigas que avisen a sus familias que no compren vegetales ni frutas frescas. Nada que venga de la tierra”.
Al parecer, los vientos llevaron la nube radiactiva más al norte que al sur, y eso nos protegió hasta cierto punto, pero no del miedo.
Tiempo después, cuando se reveló la noticia del accidente, todos ya sospechaban del suelo contaminado con cesio 137.
Ese año no comimos lechuga.
En 2021 pude conocer a una persona muy enferma, aquejada por diferentes patologías, que había nacido en 1987.
Era uno de los “bebés de Chernóbil”.
Así los llamaron los médicos, aunque oficialmente la contaminación había sido declarada mínima y la habían neutralizado con las pastillas de yodo distribuidas durante el periodo de seguimiento.
No todas las personas tienen la misma suerte.
Así, desde Bulgaria, puedo advertir: las cicatrices sangrantes perduran en el tiempo.
Una de las más esclarecedoras victorias en el largo regreso de Europa del Este a la libertad y la democracia se dio al comprender que el comunismo —o socialismo real— no difería esencialmente del fascismo.
Sin embargo, la glasnost, que permitió desenmascarar la ruindad de aquel sistema, fue insuficiente para sostener por suficiente tiempo el mismo cambio para Rusia.
Hoy entiendo que el espacio postsoviético tiene una parte convaleciente, casi a salvo, que pertenece a Europa, y otra sufriente: la Rusia expansionista de los zares, Stalin y Putin, aferrada al totalitarismo y a los cantos de sirena del pasado.
No trata solo de la lucha de Ucrania por su independencia el meollo del asunto.
Mi país, Venezuela, desde la llegada del chavismo, comenzó a sufrir la progresiva asfixia de la libertad, hasta la casi total extinción de nuestros derechos.
Todo ello como consecuencia de la expansión de la visión del señor Putin, a quien primero le escuché hablar de la guerra híbrida, la Patria Grande y un proyecto nunca cancelado tras la caída de la URSS: la Isla de la Libertad, Cuba.
Muy pronto, el presidente Chávez hizo de estos conceptos su bandera.
La revancha del socialismo real —con lucha entre clases, sed de venganza ideológica, vínculos con el narcotráfico y tácticas de guerra contra civiles— tuvo nueva arena en el Caribe, y en menor medida en América Latina.
Lo triste no es que el llamado Socialismo del Siglo XXI y el ALBA no trajeran nada nuevo, sino que el horror tardó veintiséis años en ser desenmascarado.
El desenlace aún está en ascuas.
¿No es asombrosa la tolerancia frente a Daniel Ortega y su mujer, Rosario Murillo, amos y señores socialistas de Nicaragua?
Ciertamente han superado en perversidad a la deleznable familia Somoza, tan bien retratada por el escritor Sergio Ramírez en su novela de historia y poesía Margarita, está linda la mar.
Sabemos, desde los años de la revolución bolchevique, cómo la literatura ha tenido que templarse con los desafueros de los poderosos.
Como si fuera uno más de sus personajes literarios, Sergio Ramírez es expulsado de su país y despojado de su nacionalidad por escribir cuentos del pasado que inflaman la susceptibilidad de los que se casan con el poder en el presente.
La literatura también puede convertirse en una forma de exilio.
Svetlana Alexiévich tampoco puede vivir en su país, Bielorrusia, ocupado por el antediluviano dictador Lukashenko, gran amigo del Socialismo del Siglo XXI y, desde luego, vasallo del señor Putin.
Su literatura y su compromiso con los testigos de la historia la condenaron al exilio.
El tercer premiado, Martin Baron, tiene la fortuna de vivir en un país cuyas instituciones aún existen y donde la libertad de expresión no se paga con ostracismo, desaparición o muerte.
Esto no disminuye su mérito, ni implica que Estados Unidos esté libre de problemas.
Al comprender la libertad, un bien intangible, conservarla o recuperarla sigue siendo la misma misión de vida.
Quienes hayan disfrutado del filme Spotlight (2015), sobre la investigación periodística que rompió el protector silencio alrededor de la pederastia en el ámbito eclesiástico, recordarán, en el personaje interpretado por Liev Schreiber, a Martin Baron, el novel editor del periódico The Boston Globe.
No puedo cerrar sin honrar la memoria de una octogenaria madre, la señora Carmen Navas.
Su historia ilustra el inalterable carácter homicida de aquello que, nuevamente en su cadena de fracasos, se ha llamado socialismo.
El hijo de esta venezolana, Víctor Hugo Quero, fue detenido el 1.º de enero de 2025 por parecer extranjero.
Especulo que, al descubrir que no lo era, sus captores —funcionarios de inteligencia— pensaron que la familia podía pagarles un rescate.
Desde ese momento desapareció.
Su madre lo buscó de cárcel en cárcel durante dieciocho meses.
Fue sometida a un proceso al cual, en Venezuela, llamamos peloteo.
Nadie daba razón de su hijo.
¿Vivía? ¿Estaba muerto?
La desaparición forzada es un delito de lesa humanidad.
Se supo que había estado en el hospital militar con problemas respiratorios causados por un traumatismo.
Torturado.
Sin rastro.
Mayo de 2026. La Defensora del Pueblo, chavista, meliflua, con taza de té en la mano, aseguraba en cámara a la anciana que su hijo estaría bien.
Desaparecido en custodia del Estado, en la semana siguiente al encuentro de la madre con la funcionaria, al hijo le fue negada la amnistía.
En el Día de la Madre, las autoridades notificaron a la señora Navas que Víctor Quero había muerto en julio de 2025 y que podía visitar su tumba en el cementerio de una cárcel común.
Doblada por la noticia, fue.
Llevaba una hoja de palmera.
Quiso trasladarlo a un cementerio más digno.
Las autoridades hicieron la exhumación e improvisaron una autopsia para descargarse de responsabilidad.
Ella solo vivió unos pocos días más.
Este mes no ha terminado y también la enterraron a ella.
Es la quinta madre de un preso que muere por la tensión inhumana a la que, con una sonrisa, las autoridades la someten.
Quizás no lo cuento bien. Quizás pasa en otras partes del mundo. Con certeza, ha pasado desde la Lubianka por los países de todas las revoluciones del mundo.
Quizás seguirá pasando.
Pero hoy, en Venezuela, el asesinato de inocentes es política de Estado.
Para la desaparición existe la esperanza del regreso.
Para la muerte de un hijo no hay palabra posible.
Texto reproducido íntegramente respetando la autoría original.







0 Comentarios
Gracias por dejar su comentario en Planeta Latino Baleares. No dude en dirigirse a nuestro equipo de redacción para cualquier sugerencia u observación. Comentarios ofensivos serán borrados y el usuario bloqueado. Planeta Latino Baleares no se hace responsable de los comentarios publicados por los lectores.