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DOBLETE DE TERREMOTOS
Ocurrieron mientras yo estaba dormida, el 24 de junio, Día de San Juan, cuando en Bulgaria las muchachas hace mucho habían terminado de urdir sus coronas de hierbas y dormían soñando con sus novios, que habían saltado por encima de las hogueras. En Venezuela los tambores anunciaban la próxima llegada de la noche. Despierta a las cinco y media de la madrugada del 25, al despuntar el alba del día siguiente del solsticio, miré la pantalla del teléfono.
Mi vida transcurre en dos zonas horarias desde hace muchos años. Es un gesto automático: el día de Bulgaria, la noche de Venezuela y viceversa. Nuestro chat familiar estaba activo.
Mi vida transcurre en dos zonas horarias desde hace muchos años. Es un gesto automático: el día de Bulgaria, la noche de Venezuela y viceversa. Nuestro chat familiar estaba activo.
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| Altamira |
"¿Todos bien en Caracas?" "Por aquí bien. Sin luz, sin internet. Las hijas y nieta bien. No he podido saber nada de…" "Se agrietaron partes del edificio…El apartamento de mis muchísimo." "Escuche que se cayeron dos edificios en Altamira" "No sé…" "Muchos daños. Edificios caídos." Hay una foto de un edificio con grandes huecos triangulares en la fachada. De Altamira. Hay un video del bulevar peatonal Sabana Grande, un montón de ladrillos en el medio. "Chama, no me lo puedo creer…", dice una voz de muchacha detrás de la filmación.
Terremoto. En Venezuela es la palabra más temida desde los tiempos, en los cuales nuestro padre de la patria, Simón Bolívar, retó a la naturaleza con su dicho proverbial: "Si se opone…lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca." Había pronunciado las palabras justo antes…o solo minutos después de un devastador movimiento telúrico. Aquel se dio el 26 de marzo 1812, a ocho meses después de la firma del Acta de la Independencia, en plena guerra con España, en el primer año primero la Primera República.
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| Firma del Acta de Independencia |
Trece años después, en 1825, las rezagadas cicatrices del sismo fundacional, que Caracas aun llevaba en su rostro, recibieron a un joven diplomático británico, Sir Robert Kerr Porter. Él llegaba a Venezuela para ser el primer encargado de negocios de su país y permanecería en la misión hasta el 1841. En el detallado diario que como buen hombre de la época llevaba, — y que sería un invalorable testimonio sobre los hechos y las costumbres del periodo temprano de consolidación del Estado venezolano— él recogió sus primeras impresiones de esta manera: "…Si fue así desde lejos, como seria al ver la ruina, la desolación y la falta de cualquier cosa que puede llamarse comodidad o esperanzas de vida social al entrar en contacto con sus destrozados restos. Pasamos calles enteras hundidas y cubiertas de yerba, las casas sin techo con hermosos arboles crecidos saliendo por las ventanas mohosas, sombreando los restos de familias enteras, cuyas paredes domesticas se habían convertido en su mausoleo. Pasamos estos sepulcros camino de la gran iglesia que había resistido a la catástrofe y tomamos residencia temporal en el Citi Hotel, en las habitaciones que nos habían preparado…"*
Y en la entrada del día siguiente, desde el pico La Silla en el El Avila, natural protección montañosa de la capital volvió a considerar: "… Se ven claramente los cortes hechos por los torrentes y el lecho ya casi seco del rio Guaire, y también se divisa más conspicuamente el silencioso cortejo de edificios y moradas destrozados, que el inquieto genio de las convulsiones internas derribo en 1812. No me cabe la menor duda de que una parte considerable de lo que compone esta porción de la escena puede atribuirse a los efectos de la guerra y la emigración…".*
★ ACTUALIDAD VENEZUELA ★
Edición digital · 13 de julio de 2026
Dificultad para escribir, dolor desde la lejanía
Por Teodora Petkoff
Ha sido muy difícil escribir desde el terremoto. Por dos semanas he permanecido en una especie de estupor. Lo único que hago es ver las noticias de la catástrofe, sus imágenes, una tras otra. Son los edificios de La Guaira cayendo una y otra vez: desde el mar, vistos por los pescadores; desde el espacio exterior en un video de la NASA; desde los lentes de la cámara de cada uno de los celulares y de las cámaras de seguridad que documentan los testimonios y el último instante de cada una de las víctimas.
Son los espacios triangulares de la vida o de la esperanza de encontrarla: los túneles cavados por las familias y por los rescatistas en las montañas de escombros.
Son las caras cansadas, las voces quedas, las manos sin guantes de carnaza, las escasas maquinas que lucen de juguete a pie de las cordilleras de cemento, las robustas losas que aplastan la esperanza, la maleza de cabillas que no pudo sostener la estructura.
Son listas de nombres de rescatados, muertos, desaparecidos, niños, lugares, parques, centros de acopio improvisados a cielo abierto, calles, nombres de edificios…
La morbosa fascinación me mantiene paralizada frente a la pantalla.
Trato de sentir: el temblor, el olor a cadaverina, el miedo, el grito, el sonido de las paredes que se craquean, el vértigo del edifico que se inclina, las ondas invisibles que abaten a las personas, el impulso de correr, bajar por las escaleras, subir a la azotea, llamar con voz aterrada a cada uno de los miembros de mi familia, sostener la mano de mi hija, mi sobrina, de un niño desconocido y estar al aire libre… A salvo. Y no puedo.
Recuerdo como llore el día que se tomó la decisión de que nos viniéramos a Bulgaria. Comencé a despedirme de cada una de las calles. Gritaba en sueños, despierta. No me imaginaba poder vivir sin las vistas, mis los recorridos diarios, las ventanas, sus rejas con macetas de flores y los pájaros.
Se atraviesan ante mí las memorias de todos los temblores que he sentido mientras vivía en Caracas: en el sofá en conversación con la nana de mi hija cuando el piso se movió levemente en circulo; el mecer de la cama una mañana del domingo; la puerta metálica de la azotea que se trabó y finalmente abrió, el aire fresco y la madrugada me dieron en la cara; las palabras enjambre sísmico y un temblor que me persigue en cualquier espacio bajo techo, como presentimiento de sismos futuros.
Ahora duele desde la lejanía: despierto de nuevo la siguiente noche con un dolor entre el pecho y la espalda. Respiro, mi pulso está bien, tomo agua, estoy bien. Este dolor que siento no soy yo. Es el dolor del país, que está latiendo dentro de mí.
El terremoto doble de 7.2 y 7.5 por la escala de Richter en Caracas es una herida interna. La escudriño en diferido, en imágenes, no he sentido esta batida. La ignoro con todo el cuerpo y con todo el cuerpo siento la culpa de haberla ignorado. En mi casa, en Caracas, están resguardadas las cenizas de mi padre muerto. Lo estarán hasta que todos sus hijos, regados por el mundo, podamos reunirnos y las esparcirlas en un sitio con vistas al mar, como a él le hubiese gustado. Si mi casa se derrumbase, como afortunadamente no sucedió, las cenizas de mi papá se harían un todo con el polvo, con la tierra y su muerte suspendida en el tiempo de toda la familia, inconclusa, carecerá de un significado superior por el resto nuestras vidas. "Tía, lo primero en que pensé cuando comenzó a temblar, fue en las cenizas, "me escribe mi sobrina, "Y las puse en el piso."
El cansancio, imposible de describir, toma posesión de la situación. Mover los pies o levantarse de la silla se convierte en tarea que exige mucho esfuerzo. El cuerpo se niega a caminar a través del aire, el aire se vuelve tan espeso como la tierra. Es la impotencia. Es la distancia. Es la ignorancia. Todo junto.
Mis compatriotas, a diez mil kilómetros de distancia tienen la vida mucho más ardua que yo.
El dolor de la patria es algo físico.
Son los espacios triangulares de la vida o de la esperanza de encontrarla: los túneles cavados por las familias y por los rescatistas en las montañas de escombros.
Son las caras cansadas, las voces quedas, las manos sin guantes de carnaza, las escasas maquinas que lucen de juguete a pie de las cordilleras de cemento, las robustas losas que aplastan la esperanza, la maleza de cabillas que no pudo sostener la estructura.
Son listas de nombres de rescatados, muertos, desaparecidos, niños, lugares, parques, centros de acopio improvisados a cielo abierto, calles, nombres de edificios…
La morbosa fascinación me mantiene paralizada frente a la pantalla.
Trato de sentir: el temblor, el olor a cadaverina, el miedo, el grito, el sonido de las paredes que se craquean, el vértigo del edifico que se inclina, las ondas invisibles que abaten a las personas, el impulso de correr, bajar por las escaleras, subir a la azotea, llamar con voz aterrada a cada uno de los miembros de mi familia, sostener la mano de mi hija, mi sobrina, de un niño desconocido y estar al aire libre… A salvo. Y no puedo.
Recuerdo como llore el día que se tomó la decisión de que nos viniéramos a Bulgaria. Comencé a despedirme de cada una de las calles. Gritaba en sueños, despierta. No me imaginaba poder vivir sin las vistas, mis los recorridos diarios, las ventanas, sus rejas con macetas de flores y los pájaros.
Se atraviesan ante mí las memorias de todos los temblores que he sentido mientras vivía en Caracas: en el sofá en conversación con la nana de mi hija cuando el piso se movió levemente en circulo; el mecer de la cama una mañana del domingo; la puerta metálica de la azotea que se trabó y finalmente abrió, el aire fresco y la madrugada me dieron en la cara; las palabras enjambre sísmico y un temblor que me persigue en cualquier espacio bajo techo, como presentimiento de sismos futuros.
Ahora duele desde la lejanía: despierto de nuevo la siguiente noche con un dolor entre el pecho y la espalda. Respiro, mi pulso está bien, tomo agua, estoy bien. Este dolor que siento no soy yo. Es el dolor del país, que está latiendo dentro de mí.
El terremoto doble de 7.2 y 7.5 por la escala de Richter en Caracas es una herida interna. La escudriño en diferido, en imágenes, no he sentido esta batida. La ignoro con todo el cuerpo y con todo el cuerpo siento la culpa de haberla ignorado. En mi casa, en Caracas, están resguardadas las cenizas de mi padre muerto. Lo estarán hasta que todos sus hijos, regados por el mundo, podamos reunirnos y las esparcirlas en un sitio con vistas al mar, como a él le hubiese gustado. Si mi casa se derrumbase, como afortunadamente no sucedió, las cenizas de mi papá se harían un todo con el polvo, con la tierra y su muerte suspendida en el tiempo de toda la familia, inconclusa, carecerá de un significado superior por el resto nuestras vidas. "Tía, lo primero en que pensé cuando comenzó a temblar, fue en las cenizas, "me escribe mi sobrina, "Y las puse en el piso."
El cansancio, imposible de describir, toma posesión de la situación. Mover los pies o levantarse de la silla se convierte en tarea que exige mucho esfuerzo. El cuerpo se niega a caminar a través del aire, el aire se vuelve tan espeso como la tierra. Es la impotencia. Es la distancia. Es la ignorancia. Todo junto.
Mis compatriotas, a diez mil kilómetros de distancia tienen la vida mucho más ardua que yo.
El dolor de la patria es algo físico.
★ ACTUALIDAD VENEZUELA ★
Edición digital · 13 de julio de 2026
Ocho millones de venezolanos en el exilio, FUNVISIS y el sismógrafo perdido
Por Teodora Petkoff
Somos ocho millones de venezolanos lejos del terruño en este momento de terror.
Dicen que el terremoto de este 24 de junio comenzó a ocurrir mucho antes, hace veintisiete años. La tierra no ha dejado de moverse debajo de nuestros pies desde entonces.
El precio de sobrevivir es el exilio. El terremoto descomunal hace pensar en el significado preciso y figurado de cada una de las palabras.
Exilio es: dormir con angustia, sentir impotencia, comer con culpa, saberse inferior en valor, esfuerzo o merecimiento de dicha por el resto de la vida. Exterior o interior: minusvalía y cobardía. San Juan exilio a todo un país sobreviviente en una sola culpa que acosa con fuerza telúrica: "¿Por qué yo?", "¿Que tengo que hacer en este momento?"
Las preguntas caen como una torre, un alud, una avalancha. ¿A quién le corresponde hablar sobre el terremoto: ¿el de adentro o el de afuera?" La diáspora se vuelve a dar sobre dos placas tectónicas que se rozan, se alejan, se aproximan y chocan.
El 7.2 y el 7.5 ocurrieron en una falla que llevaba demasiado tiempo en silencio: la falla de San Sebastián. Se extiende a lo largo del borde norte de Venezuela, desde los Andes hasta la Fosa de Cariaco. Es el lindero geológico entre la placa continental y la del mar Caribe.
Dicen que el terremoto de este 24 de junio comenzó a ocurrir mucho antes, hace veintisiete años. La tierra no ha dejado de moverse debajo de nuestros pies desde entonces.
El precio de sobrevivir es el exilio. El terremoto descomunal hace pensar en el significado preciso y figurado de cada una de las palabras.
Exilio es: dormir con angustia, sentir impotencia, comer con culpa, saberse inferior en valor, esfuerzo o merecimiento de dicha por el resto de la vida. Exterior o interior: minusvalía y cobardía. San Juan exilio a todo un país sobreviviente en una sola culpa que acosa con fuerza telúrica: "¿Por qué yo?", "¿Que tengo que hacer en este momento?"
Las preguntas caen como una torre, un alud, una avalancha. ¿A quién le corresponde hablar sobre el terremoto: ¿el de adentro o el de afuera?" La diáspora se vuelve a dar sobre dos placas tectónicas que se rozan, se alejan, se aproximan y chocan.
El 7.2 y el 7.5 ocurrieron en una falla que llevaba demasiado tiempo en silencio: la falla de San Sebastián. Se extiende a lo largo del borde norte de Venezuela, desde los Andes hasta la Fosa de Cariaco. Es el lindero geológico entre la placa continental y la del mar Caribe.
De pronto, en el deslave de noticias, aparecen tres funcionarios de FUNVISIS —el instituto sismológico de Venezuela— denunciando que se les ha extraviado un sismógrafo. Era justo el aparato ubicado en el punto clave para monitorear el sueño de la falla de San Sebastián. Desde hace trece años no tienen contacto con esa estación. La petición suena patética: "Quien haya puesto a resguardo el equipo, por favor, entréguelo en la oficina". Quizás la falla estaba despierta desde hace meses. O años.
En 2004, FUNVISIS tenía una de las mejores redes de monitoreo sísmico del mundo: trescientos equipos distribuidos en las zonas más críticas de un país atravesado por fallas peligrosas. Hoy, reconoce el científico, apenas disponen de cuatro aparatos del tipo que han perdido. Su voz tiembla; se excusa como quien rinde cuentas ante un superior. ¿Ante quién? ¿Ante quien robó el sismógrafo? Hay un terremoto previo, prolongado y en cámara lenta, en el trasfondo de esta catástrofe: treinta años de demolición institucional, dilapidación de recursos y ostracismo de los profesionales.
★ ACTUALIDAD VENEZUELA ★
Edición digital · 13 de julio de 2026
El doblete sísmico (7.2 y 7.5), cifras oficiales de víctimas
Por Teodora Petkoff
El día de San Juan, a las 6 de la tarde hora de Venezuela, las ondas sísmicas partieron la tierra en dos puntos: San Felipe y Yumare, separados por cincuenta kilómetros. Viajaron por las entrañas de tierra: primero las de 7.2, desde un seno profundo de 20,3 kilómetros. Treinta y ocho segundos después, con un rugido más poderoso, el de 7.5, más superficial, a diez kilómetros.
Las dos ráfagas de destructoras vibraciones viajaron doscientos kilómetros de oeste a este de Venezuela, rajando las profundidades a lo largo de la falla. Rebotaron en la roca y crecieron en poder en las blandas tierras aluvionales donde se encuentran las placas, la continental con la del mar. Desplazaron la línea costera sesenta centímetros, según la NASA. En la isla de Trinidad la tierra, tocada por el movimiento, se elevó seis metros por encima del mar. El doblete sísmico sonó durante casi tres minutos, un canon de dos voces infernales, campanadas sordas que se batían, la tierra temblaba violenta. La zona de mayor impacto de la sumatoria de las dos convulsiones terrestres fue la zona Norte de Caracas y el Litoral Central.
Las dos ráfagas de destructoras vibraciones viajaron doscientos kilómetros de oeste a este de Venezuela, rajando las profundidades a lo largo de la falla. Rebotaron en la roca y crecieron en poder en las blandas tierras aluvionales donde se encuentran las placas, la continental con la del mar. Desplazaron la línea costera sesenta centímetros, según la NASA. En la isla de Trinidad la tierra, tocada por el movimiento, se elevó seis metros por encima del mar. El doblete sísmico sonó durante casi tres minutos, un canon de dos voces infernales, campanadas sordas que se batían, la tierra temblaba violenta. La zona de mayor impacto de la sumatoria de las dos convulsiones terrestres fue la zona Norte de Caracas y el Litoral Central.
Las cámaras lo han grabado todo. Son imágenes que en muchos casos han sobrevivido a sus autores; son los últimos testimonios del paso por este mundo de miles de personas inocentes, buenas.
Las cifras oficiales del 10 de julio —dieciséis días después— hablan de 4.118 muertos, 16.740 heridos, 6.462 rescatados, 856 edificios afectados y 190 colapsados. Como tantas veces, los venezolanos desconfiamos de la precisión de los números: suelen venir maquillados para dorar la píldora de la gestión. No se dan cifras de desaparecidos.
★ ACTUALIDAD VENEZUELA ★
Edición digital · 13 de julio de 2026
Ayuda oficial tardía, militares, rescatistas internacionales, Trump
Por Teodora Petkoff
La ayuda oficial tarda tres días completos en aparecer. Tres días de silencio. La gente queda a sí misma, salvo por el alcalde de Chacao, quien activa los mecanismos de protección civil desde el primer minuto. Tarde en la noche del primer día, el país termina de enterarse —entre rumores y llamadas desesperadas— que la verdadera zona cero es Vargas, no Caracas.
El terremoto descomunal reinicia al país de una manera aleatoria.
Para tantas víctimas no hay nombres suficientes. Las listas son pocas. En medio del derrumbe del litoral, los rescatados renacen a cuentagotas. Algunos casos dan esperanza; otros desaparecen al llegar a los hospitales. Los niños están agrupados en parques convertidos en refugios improvisados. Sus padres los buscan desesperados. O no pueden buscarlos porque siguen bajo los escombros. No hay manera de saber quién está vivo y quién muerto. Las primeras horas fueron solo linternas de celulares, brazos, herramientas improvisadas. El pueblo se rescataba a sí mismo.
En ese caos, se han activado organizaciones ignotas dedicadas al secuestro de niños. Supimos por las redes que existen redes articuladas de tráfico infantil que acechan desgracias como la nuestra.
Tres días.
Lo de los militares es algo obsceno. Durante el periodo chavista este cuerpo armado fue fuertemente adoctrinado en la idea que servían al socialismo y a la "Patria Grande" (esta era la Union Soviética, instrumentada en nuestro país por Cuba). Emulando el eslogan fidelista "Patria o muerte" (le agregaron motetes como "socialista y profundamente chavista" después de Patria) han disparado, torturado, robado, drogado y vejado de todas las maneras posibles al pueblo. Siempre se pensó que, siendo venezolanos, en algún momento retomarían conciencia de su deber constitucional.
El terremoto movió todo, pero no pudo mover la fuerza armada chavista para brindar ayuda donde realmente se necesitaba.
Los quiero nombrar todos porque no hay otra forma de agradecer su ayuda en este momento.
Aparecen los uniformados. El absurdo crece exponencialmente. Estos hombres a servicio del estado escarban en las ruinas buscando cajas con dinero. Pasan de lado a la gente, a los familiares, a los muertos. Impiden el paso de los rescatistas hacia los sitios donde aún puede haber vida. Las víctimas usan la palabra "roban": comida, agua, vendajes, toallas sanitarias enviadas por los países y por los mismos venezolanos.
Un edificio en la parte norte de Caracas cede después que los militares retiran de su azotea un equipo de 3.000 kilogramos, previamente puesto por ellos con algún fin. Hay necesidad de rescatar personas al lado, pero ellos las ignoran.
En este caos, cada una de las palabras resalta en su sentido esencial.
La vida se escapa de los cuerpos de los seres queridos. La búsqueda es frenética. Las manos de ayuda escasean.
Vulnerable a la tensión que los días de abandono solo hacen crecer, la presidente da ruedas de prensa y actos protocolares. Sus discursos no transmiten calma ni alivio: son propaganda. Finalmente, acosada por los reclamos y por las grabaciones de miles de personas desatendidas, suelta su verdad: "¡Que los miserables queden enterrados!"
Es una situación donde las proyecciones hablan de diez mil muertos y cincuenta mil desaparecidos. Víctor Hugo tiene que reescribir su novela, es insuficiente el drama literario comparado con la tragedia que se ha apoderado de Venezuela.
★ ACTUALIDAD VENEZUELA ★
Edición digital · 13 de julio de 2026
Corrupción, Vargas, Misión Vivienda, Trump y Maduro
Por Teodora Petkoff
Existe debajo un sismo disimulado por treinta años. Ahora brota por las ranuras abiertas por el doblete sísmico y ya es inocultable. La indolencia, las acciones anti venezolanas y las violaciones graves de derechos humanos —imposibles de explicar en otro momento— quedan evidenciadas por los ojos más competentes: los topos, los médicos, los ingenieros estructurales de todos los países.
Ellos saben detectar corrupción de base, escoria, espacios de vida triangulares, vías de escape…Moral e inmoral. Saben distinguir de primera vista el bien del mal.
Es la maldita corrupción que ríe de nuevo sobre la ignorancia del tonto y la desgracia del inocente.
No es la primera vez que Vargas es reconstruido en los lechos de los ríos y con concreto vulnerado. Es la primera vez que los gobernantes, soberbios en su seguridad personal, no disimulan. Ya no saben distinguir entre el bien y el mal. Han perdido toda vergüenza.
Ellos saben detectar corrupción de base, escoria, espacios de vida triangulares, vías de escape…Moral e inmoral. Saben distinguir de primera vista el bien del mal.
Es la maldita corrupción que ríe de nuevo sobre la ignorancia del tonto y la desgracia del inocente.
No es la primera vez que Vargas es reconstruido en los lechos de los ríos y con concreto vulnerado. Es la primera vez que los gobernantes, soberbios en su seguridad personal, no disimulan. Ya no saben distinguir entre el bien y el mal. Han perdido toda vergüenza.
Una humilde señora les grita desde lo más hondo de su dolor: "Yo no perdí una cocina. Yo perdí una hija." Es en este terremoto y ellos lo saben, pero no sienten nada.
Tragedia tras tragedia, los venezolanos han perdido todas las seguridades: social, de vida, de vivienda. Recuperar una pared, poner un friso, cerrar con vidrio una ventana… todo esto es imposible para muchos. Nuestros techos tienen goteras insalvables desde hace años. Nuestras ciudades están desvencijadas. Nuestras tuberías carecen de agua. Nuestras escuelas se han mudado a la intemperie. Nuestros hospitales, morgues, viaductos, transporte: todo estaba en ruinas antes de los dos terremotos.
Los hijos de un tercio de los venezolanos fueron a buscar mejores destinos lejos de la patria. Los números económicos eran ininteligibles y por eso ignorados a propósito de los corruptos.
Este era el país que por muchos años vivió su tragedia en silencio y ahora, igual que la doblete, grita. Es duro escucharlo.
"Construye la casa sobre la roca. Quien construye sobre las arenas movedizas perderá la casa y perderá la vida.", lo dicen los mexicanos, los japoneses…
Hasta el rescatista Trump tiene que examinarse en este momento de la verdad, aunque había advertido que su plan iba a implicar la toma de unas medidas controversiales. Es demasiado incongruente que, a seis meses del 3 de enero 2026, cuando la medida fue la extracción de Maduro, jefe del cartel de la droga, usurpador del poder y violador de derechos humanos, sus adláteres sigan a cargo de la desdicha venezolana bajo el tutelaje del presidente de EEUU.
★ ACTUALIDAD VENEZUELA ★
Edición digital · 13 de julio de 2026
Sexta oportunidad de resurrección, milagros, llamada a la acción, cita de Sir Robert Ker Porter
Por Teodora Petkoff · PLU
Las lecciones de los dos terremotos del día de San Juan, que también es un nuevo aniversario de la Batalla de Carabobo, otra fecha fundacional de la patria, remiten sin posibilidad de evasión cada vez más a la falla sísmica social y política no resuelta. Esta nos ha expulsado del país a un territorio de damnificados perennes, refugiados y sin verdad, los de afuera y los de adentro de las formales fronteras de lo que fue Venezuela.
¿Qué mejor momento que este para darnos cuenta de que nuestro país hace mucho tiempo que no nos pertenece? La naturaleza solo ha puesto en claridad las verdades. Es el momento de reinicio. Pero debemos saber, con honestidad y con amor, qué vamos a reiniciar.
Esta es la quinta república en doscientos años de Independencia, y se nos fue en pedazos: tragada por el tiempo y la tierra, o por la corrupción y la guerra, según cómo se mire.
¿Qué mejor momento que este para darnos cuenta de que nuestro país hace mucho tiempo que no nos pertenece? La naturaleza solo ha puesto en claridad las verdades. Es el momento de reinicio. Pero debemos saber, con honestidad y con amor, qué vamos a reiniciar.
Esta es la quinta república en doscientos años de Independencia, y se nos fue en pedazos: tragada por el tiempo y la tierra, o por la corrupción y la guerra, según cómo se mire.
Estamos frente a la sexta oportunidad de resurrección.
En medio de tanto, cada uno de los renacidos del mar de destrucción proclama una fe inquebrantable que lo sostuvo en lo más oscuro de su noche del alma, y una misión aún ignota que tiene delante de sí. El pueblo venezolano es profundamente católico, compasivo y justo. Los salvados reiteran la importancia de creer.
Una niña de corta edad predica con voz de profeta. Un hombre confiesa que un ángel lo ha orientado donde excavar hasta abrirse camino entre los escombros. Una voz ha susurrado en el oído de un niño segundos antes del sismo que dejara todo y saliera.
Hablan de la divina misericordia. Encuentran la Medallita de la Virgen de los Milagros a la salida. Una Biblia aparece abierta entre los obstáculos de hormigón, y dos rescatistas llegan a ella conmocionados.
Es Dios.
Es la madre que, como un ángel, cubre con su cuerpo a su bebé y lo salva. Es la certeza de que el amor mantiene la vida por días y noches, a pesar de la sed, del hambre, de las heridas, del síndrome del aplastamiento, incluso de la muerte, para que puedan cumplirse los ritos funerarios, darse las despedidas, los duelos y el consuelo del alma.
Los milagros suceden en un clima así.
De pronto, como un ejército de arcángeles, sobre la tierra devastada caminan hermosos jóvenes que lideran el rescate de este pueblo herido por el mismo pueblo.
—No dejes la ayuda en la primera alcabala. Adéntrate en lo oscuro, donde encontrarás a una familia en su casa derruida. A ellos entrega el agua y los alimentos.
—Haz silencio para que los que trabajan puedan oír los quejidos de los atrapados.
—No des agua ni alimentos a los recién rescatados. Solo humedece sus labios: no sabes si tienen heridas internas ni cómo manejar el síndrome del aplastamiento.
—No produzcas desastre a futuro. No viertas los escombros en el mar.
—Pisa con cuidado los derrumbes.
—Yo no me voy a ir de esta tierra.
Cuidado. Gracias. Amor.
Todo tiembla aún. Todo duele. Ellos devuelven la esperanza.
Falta ayuda. Les falta ayuda.
Si puedes, dona a organizaciones en las que confíes. Si no puedes, comparte. Suma. A veces —dice un extenuado ángel de estos— ni siquiera es algo material: es la palabra de consuelo o un abrazo de solidaridad lo que el herido necesita para recobrar el resuello.
Si eres uno que ha leído con paciencia este panegírico por la pérdida de Venezuela, por favor: toma el lado de mi pueblo y ayúdanos con lo que puedas a restituir el orden constitucional.
Hace dos años nosotros fuimos a elecciones. Tenemos autoridades legitimas que están en exilio.
Para refundarnos después de este terremoto necesitamos que sea respetada nuestra última elección, en la cual rescatamos la dignidad y la libertad.
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*Sir Robert Ker Porter, "Diario de un diplomático britanico en Venezuela 1825-1842", Edición Empresas Polar 1997
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Edición digital · 13 de julio de 2026












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