Especialista en psicología clínica y violencia de género. Comprometida con la visibilización de las secuelas psicológicas de la violencia machista y la importancia del acompañamiento terapéutico.
Creemos que la violencia termina cuando una mujer denuncia, que, una vez da ese paso, empieza a sentirse protegida y todo comienza a mejorar, pero la realidad es muy distinta.
Hay una parte de la violencia de género de la que apenas se habla: todo lo que ocurre después de denunciar, porque denunciar no es el final de la violencia. Muy al contrario, para muchas mujeres supone el comienzo de un proceso largo, doloroso y emocionalmente agotador, una batalla diferente, pero igualmente difícil de sostener.
Denunciar significa revivir una y otra vez aquello a lo que llevas demasiado tiempo intentando sobrevivir, tener que demostrar constantemente que lo que has vivido fue real, contarlo a la policía, a un médico, a un abogado, a un psicólogo, a un juez, y, en ocasiones, volver a hacerlo meses o incluso años después... sin que te crean.
Cada declaración obliga a regresar al mismo lugar del que precisamente estás intentando escapar, y pensamos que, cuando una mujer denuncia, automáticamente empieza a sentirse segura. Sin embargo, muchas veces es justo entonces cuando aparecen las dudas, las declaraciones, las pruebas, las preguntas, la espera, la incertidumbre, las noches sin dormir y el miedo.
El miedo a encontrarte con tu agresor, a que nadie te crea, a haber tomado la decisión equivocada, a no tener fuerzas para seguir adelante cuando apenas has conseguido sobrevivir hasta ese momento.
Con demasiada frecuencia esperamos que una víctima actúe como alguien que ya se ha recuperado simplemente porque ha denunciado y olvidamos que sigue siendo una víctima.
Que el miedo no desaparece al presentar una denuncia, tampoco la culpa ni la dependencia emocional, ni las consecuencias de años de manipulación, control, amenazas o agresiones.
Ojalá fuera tan sencillo, pues las secuelas psicológicas no desaparecen porque se inicie un procedimiento judicial, permanecen y, en muchos casos, una de las heridas más profundas consiste precisamente en haber perdido la capacidad de confiar en una misma y en el propio criterio.
"Después de escuchar durante años que exageras, que estás loca, que todo te lo inventas, que el problema eres tú, que la culpa siempre es tuya, llega un momento en que incluso dudas de tu propia percepción de la realidad, y eso también es violencia que necesita tiempo para sanar."
Con frecuencia olvidamos que denunciar también implica perder, pues hay mujeres que pierden su casa, su estabilidad económica, el entorno social e incluso parte de su familia. Cambian de barrio, de ciudad, de número de teléfono o de trabajo, modifican por completo su vida mientras intentan reconstruirse, porque la justicia necesita tiempo y cuando llevas años sobreviviendo, cada día pesa demasiado.
Paradójicamente, cuando desde fuera pensamos que una mujer se sentirá más acompañada por haber denunciado, muchas experimentan exactamente lo contrario, pues es entonces cuando más solas se sienten. Todo el mundo les dice que denuncien, pero muy pocos permanecen a su lado cuando empieza la parte realmente difícil. Muy pocos preguntan cómo estás, qué necesitas, qué puede ayudarte a sostener todo lo que viene después.
Las preguntas tampoco desaparecen y se llena su mente de cuestiones como ¿qué pasa si me busca?, ¿y si descubre dónde vivo ahora?, ¿y si toma represalias por haber denunciado?, ¿y si nadie me cree?, ¿y si todo este sufrimiento no sirve para nada?. Y puede que muchas de esas cosas nunca lleguen a suceder, pero el miedo a que sucedan sí existe, y convivir con ese miedo también forma parte de la violencia.
Denunciar requiere una enorme valentía, pero sostener todo lo que viene después exige una fortaleza todavía mayor. Salir de casa mirando hacia atrás, observar quién entra detrás de ti en el portal, cambiar de rutina, evitar determinados lugares, pedir que alguien te acompañe, revisar varias veces que la puerta está cerrada, dormir poco, sobresaltarte con cualquier ruido, en suma, organizar tu vida alrededor de aquello de lo que precisamente estás intentando escapar.
Una denuncia puede abrir la puerta para salir de la violencia, pero solo la protección, el acompañamiento y el tiempo permiten reconstruir la vida que la violencia ha roto. Porque una denuncia dura unos minutos, pero sus consecuencias pueden durar meses y, a veces, años.
El verdadero reto
Quizá el verdadero reto no sea únicamente conseguir que más mujeres denuncien, el verdadero reto es que ninguna tenga que recorrer ese camino sintiéndose sola. Que denunciar deje de ser el comienzo de otra forma de supervivencia, porque la violencia no termina cuando una mujer firma una denuncia, termina el día en que puede volver a cerrar la puerta de su casa sin mirar antes por encima del hombro.
Ese debería ser el verdadero final de la historia.
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