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En un mundo donde casi todo depende de una conexión, la pregunta ya no es si puede ocurrir un gran apagón digital, sino cuándo y cómo nos afectará
En los últimos años hemos visto ciberataques masivos, caídas globales de plataformas y fallos técnicos que han paralizado servicios esenciales durante horas. Cuando se cae un sistema crítico, no hablamos solo de redes sociales: hablamos de pagos bloqueados, vuelos suspendidos, historias clínicas inaccesibles.
Y ahí es cuando entendemos algo incómodo: nuestra comodidad tecnológica tiene un punto débil.
¿Qué es un “apagón digital”?
No necesariamente significa que desaparezca Internet por completo. Puede tratarse de un ciberataque coordinado contra infraestructuras clave, de un fallo en servicios en la nube que usan miles de empresas, de una interrupción masiva de telecomunicaciones o incluso de un sabotaje o conflicto geopolítico con impacto tecnológico.
Gran parte del planeta depende de un puñado de proveedores tecnológicos globales. Cuando uno falla, el efecto dominó es inmediato.
¿Por qué es relevante ahora?
Porque estamos en el punto de máxima dependencia digital de la historia. Pagamos con el móvil, trabajamos en la nube, guardamos documentos en servidores remotos y consumimos información en tiempo real.
La digitalización es imparable, pero la resiliencia aún está en construcción.
Europa, Estados Unidos y Asia han empezado a reforzar protocolos de ciberseguridad y planes de contingencia, pero la realidad es clara: no todos los sistemas están preparados para una interrupción prolongada.
Lo que casi nadie piensa
Un apagón digital no solo afecta a empresas. También tiene un impacto psicológico y social: ansiedad colectiva, desinformación, problemas logísticos en supermercados y transporte, y dificultades para comunicarse.
Estamos acostumbrados a la inmediatez. Cuando desaparece, se siente como retroceder veinte años en cuestión de minutos.
¿Qué podemos hacer como ciudadanos?
Sin caer en alarmismo, sí podemos adoptar pequeñas medidas inteligentes. Mantener copias físicas de documentación importante, tener algo de efectivo disponible, conocer los teléfonos de emergencia sin depender del móvil y no confiar toda nuestra información personal a un único servicio digital son gestos sencillos que pueden marcar la diferencia.
No se trata de vivir con miedo, sino con previsión.
El gran debate
¿Estamos apostando demasiado por lo digital sin blindar lo esencial?
¿Es sostenible una sociedad completamente conectada?
¿O necesitamos un equilibrio entre tecnología y sistemas analógicos de respaldo?
La transformación digital es positiva y necesaria. Pero la madurez tecnológica no se mide por la innovación, sino por la capacidad de resistir cuando algo falla.
Y ahí es donde empieza la conversación realmente relevante.





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