Yo nunca fui monárquico en sentido doctrinal. No creo en los derechos que se heredan por sangre, como no creo en la infalibilidad de ninguna institución. Pero sí fui, durante muchos años, juancarlista. Y lo fui de verdad. Efectivamente, he sido cofundador y el primer director de la revista El Monárquico. No por ideología, sino por admiración. Porque Juan Carlos I representó durante décadas algo que España necesitaba desesperadamente: una figura capaz de encarnar la reconciliación, el equilibrio y la salida digna de un pasado demasiado oscuro.
Hubo un tiempo en que ese rey parecía haber sido tocado por una rara forma de gracia histórica. Supo estar donde tenía que estar cuando el país temblaba. Supo callar cuando hablar habría dividido. Supo decir “no” cuando el “sí” habría sido cómodo. Y durante años fue, de verdad, un rey para todos.
Por eso su caída ha sido tan dolorosa. No porque los reyes no puedan equivocarse —los hombres siempre lo hacen—, sino porque los símbolos no tienen derecho al descuido. Cuando un rey se equivoca, no solo falla una persona, sino que se resquebraja una arquitectura invisible que sostiene la confianza de millones de almas.
Felipe VI heredó ese temblor. No heredó la gloria, sino la grieta. No recibió una corona en calma, sino una corona con fisuras, observada con lupa por una ciudadanía cansada, crítica y muchas veces decepcionada. Sin embargo, hay algo profundamente humano —y profundamente político— en la forma en que ha ejercido su papel: sobriedad, contención, distancia del ruido, una especie de ética del silencio bien administrado. No es un rey de gestos grandilocuentes ni de frases para la historia. Es, más bien, un rey de líneas rectas en un tiempo torcido.
España vive una época rara. Fragmentada, ruidosa, a veces cruel consigo misma. La política se ha convertido en una coreografía inquietante de vaivenes, bandazos, promesas que se evaporan y discursos que envejecen en cuestión de horas. En ese ir y venir constante —preocupante, venga de donde venga—, la figura de un jefe del Estado que no compite, que no insulta, que no improvisa, adquiere una relevancia que muchos no esperaban.
En medio de ese estruendo, la monarquía ya no puede ser lo que fue: una referencia casi paternal. Pero sí puede aspirar a algo más modesto y quizá más necesario, ser un punto de estabilidad en un país que parece haberse acostumbrado a vivir sin ella.
En su 58 cumpleaños, no hacen falta ni incienso ni vítores. Basta con algo más difícil: una mirada justa. Reconocer lo que se perdió. Valorar lo que se intenta sostener. Y aceptar que incluso las instituciones más antiguas solo sobreviven si saben aprender.
Por todo ello, precisamente cuando inicio con este artículo mi andadura en Planeta Universal Baleares, quiero desear al rey Felipe VI un reinado próspero y feliz. No solo por él, sino también por un país que, en medio del ruido y la incertidumbre, sigue necesitando referentes que no cambien de discurso según sople el viento.



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