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Donald Trump es, ante todo, un estilo de ejercer el poder


Un estilo que no busca el consenso sino el impacto, que no se apoya en los matices sino en el golpe de efecto

Desde aquel 6 de enero del 2021, cuando una multitud de seguidores suyos asaltó el Capitolio tras perder las elecciones, quedó claro que su relación con la democracia no es convencional: para Trump, el respaldo emocional de sus votantes pesa tanto como las reglas del juego.

Rafel Calle
Poeta

Ese mismo impulso se proyecta en su manera de estar en el mundo. En los grandes conflictos —Gaza e Israel, Rusia y Ucrania, las tensiones en América Latina o la rivalidad con China— Trump no habla el idioma paciente de la diplomacia, sino el de la presión directa. Amenaza, presiona, exige, negocia como si todo fuera una transacción. A veces logra resultados rápidos, pero en otras, siembra una desconfianza que tarda años en disiparse. Su insistencia en usar aranceles como arma política, subiéndolos y bajándolos a la Unión Europea y a otros países, ilustra bien esa lógica: castigar para obligar, tensar para dominar.

Donde esa filosofía se ha vuelto más visible —y más polémica— es en su política migratoria. Trump ha convertido al ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) en una pieza central de su proyecto. Bajo el objetivo declarado de deportar a millones de inmigrantes, la agencia ha llevado a cabo redadas masivas en ciudades como Los Ángeles o San Francisco, y más recientemente ha provocado protestas muy duras en lugares como Minneapolis, donde se denuncian detenciones indiscriminadas y un uso excesivo de la fuerza. El pasado 4 de julio, Trump firmó una ley que aumenta de forma colosal el presupuesto del ICE —unos 100.000 millones de dólares hasta 2029—, con la intención de convertirla en la mayor fuerza policial federal del país.

Para una parte importante de la sociedad estadounidense, esto es una barbaridad. Para otra parte, es exactamente lo que hacía falta. Y ahí aparece la paradoja que muchos desde fuera no comprenden: Trump es el político con más seguidores fieles de todo el panorama occidental. Ningún otro líder contemporáneo moviliza multitudes tan grandes, tan constantes, tan emocionalmente implicadas. Eso significa que, por duras que parezcan sus políticas, no gobierna contra la gente, sino con el respaldo de millones de ciudadanos.

¿De dónde nace ese apoyo? De una sensación muy profunda de pérdida. Pérdida de trabajos, de identidad, de control, de seguridad, de orgullo nacional. Trump habla a esa herida abierta. Señala culpables, promete protección, ofrece una idea de orden en un mundo que muchos sienten caótico. No se dirige a la razón: se dirige al miedo y a la rabia. Y eso crea una lealtad que no depende tanto de los hechos como del sentimiento de pertenecer a un bando.

Ahí están también las ventajas que sus seguidores ven con claridad: rapidez en la toma de decisiones, una imagen de fortaleza frente a enemigos externos, una defensa sin complejos de los intereses nacionales. En un planeta lleno de guerras, crisis energéticas y tensiones geopolíticas, ese estilo de mando transmite una sensación de control que muchos agradecen.

Pero el precio es alto. Cuando el poder se ejerce solo desde la presión, la amenaza y el choque, las instituciones se debilitan, las alianzas se resquebrajan y la sociedad se polariza. La política se convierte en un ring y el adversario deja de ser un rival para pasar a ser un enemigo. Y una democracia, por muy poderosa que sea, no puede vivir siempre en estado de combate.

Trump no es solo un hombre que gobierna con mano dura. Es el reflejo de una América que se siente acorralada y responde cerrando el puño. Comprenderlo no implica justificarlo, pero sí aceptar que su fuerza nace de una fractura real, profunda, que atraviesa el corazón de Estados Unidos.

Y quizá por eso, mientras el mundo observa con inquietud cada uno de sus movimientos, Trump sigue avanzando con la seguridad de quien sabe que detrás de él no hay solo poder… sino una multitud que empuja.

 
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