Tribuna Internacional
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© Teodora Petkoff
El descubrimiento
En 1985, durante un viaje de agosto en el que conocí por primera vez el país de mi padre, Venezuela, desde algún punto de Caracas —Colinas de Santa Mónica, la Cota 905 o la autopista que baja desde San Antonio de los Altos—, de pronto El Helicoide se me cruzó en la mirada.
La espiral de hormigón descollaba entre un mar de techos de zinc y ranchos sin frisar, salpicados aquí y allá por las crestas blancas de las urbanizaciones de clase media, más amables y ordenadas. El Ávila al norte y el cielo azul infinito completaban una escenografía donde hoy siguen conviviendo, en la misma postal, la belleza más conmovedora y el horror más descarnado.
—¿Eso? —dijo mi papá mientras manejaba el carro—. Es un elefante blanco.
En Venezuela usamos esa expresión para referirnos a obras públicas de gran envergadura que fueron costosas de construir y que hoy están abandonadas o subutilizadas. Como papá era un hombre sabio y yo recién llegada, me explicó que el término venía de la costumbre de los reyes de Siam de regalar elefantes blancos a ciertos cortesanos que querían arruinar con su costoso mantenimiento.
En la tradición helenística, cuando los dioses ciegan a los hombres es porque desean destruirlos. Algo así ocurrió a nuestra democracia en 1998. Desde entonces, el país aceleradamente perdió libertades, instituciones, servicios y derechos que dábamos por eternos.
De centro comercial a centro del horror
Proyectado como un centro comercial futurista a finales de los años cincuenta, durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, El Helicoide naufragó con la llegada de la democracia. Los vaivenes políticos y económicos, salpimentados con crecientes niveles de corrupción, lo empujaron de un uso provisional a otro, como un pecio a la deriva, hasta que en 1985 terminó en manos de la policía política, entonces DISIP, hoy SEBIN.
Desde 2013 comenzaron a multiplicarse rumores y denuncias públicas de que se había convertido en un centro de secuestro, tortura y otras violaciones de los derechos humanos.
Durante años, antes de huir —y espero que solo temporalmente— de Venezuela, mantuve un pequeño consultorio popular en Los Rosales, muy cerca de ese edificio del terror. Una vez, entre 2014 y 2017, tocaron a mi puerta dos funcionarios menores —jóvenes y pobres— que venían de El Helicoide. Uno de ellos tenía un dolor dental.
¿Qué habrán visto?, me preguntaba mientras los atendía. “¿Dolerá mucho?”, leía en sus ojos nerviosos mientras acomodaba al afligido en la silla odontológica. El miedo era mutuo.
La revelación
Finalmente, este 3 de enero de 2026 —que, por coincidencia, de haber vivido, sería el cumpleaños número 94 de mi padre— toda la verdad sobre El Helicoide quedó desvelada. La ignominia del régimen de Nicolás Maduro, la desnudez del mal, dolorosa e inconmensurablemente mayor en perversidad y sadismo que cualquier imaginación, salió a la luz. Gracias al presidente Trump y a las fuerzas especiales norteamericanas que actuaron en nuestra defensa, la promesa de libertad rebrotó en nuestros corazones.
Para muchos resulta incomprensible que, para los venezolanos, si Estados Unidos tiene o no los mejores propósitos es lo de menos, después de habernos sentido abandonados en manos de monstruos durante tantos años. Venezuela fue la niña del vestido rojo en la película de Spielberg: una figura ignorada en medio del horror, mientras se asentaban las bases de una férrea corporación criminal disfrazada como Socialismo del Siglo XXI, que sustituía la renta petrolera por el negocio del narcotráfico.
Hoy amanecemos en toda la patria —la que está desperdigada por los países del mundo y la que permanece en Venezuela, en la costa sur del mar Caribe— con la ansiada información de que Delsy Rodríguez, bajo la mirilla de las autoridades estadounidenses y con el peso de desmontar desde adentro el andamiaje del chavismo, habría ordenado la liberación total de los presos políticos —que son muchos— y solicitado al Tribunal de Justicia —un decir— que redacte la Ley de Amnistía.
Los camiones de mudanza comienzan a transportar los contenedores con los enseres de El Helicoide hacia otro lugar. La esperanza, este inmortal pajarillo, crece.
El país devastado
Desde 2002 vivimos persecuciones, carestía, torturas, desapariciones, asesinatos, violaciones, secuestros, robos, discriminación política, laboral y sanitaria, y una violencia metódica aplicada sin tregua a toda la población.
Los niños dejaron de recibir leche; desaparecieron las toallas sanitarias; los enfermos quedaron sin medicinas; los estudiantes abandonaron las aulas; los hospitales fueron desmantelados.
Se crearon “zonas de paz” dirigidas por delincuentes armados; las protestas se reprimieron con armas y técnicas de guerra; los medios de comunicación cerraron; se prohibió trasladar comida y medicinas entre ciudades.
Militares, guardias y policías recibieron instrucciones de disparar a la cabeza y al corazón. Las torturas incluyeron electricidad, ahogamiento, colgamientos, palizas y violencia sexual.
Las heridas personales
No me referiré a los tantos otros anónimos que fueron sus brazos ejecutantes; ellos también merecen castigo, pero que sea el invisible castigo que Dios, en su justicia, les tenga reservado.
Para los verdugos mayores, visibles y conscientes, que aplicaban con método la banalidad del mal, movidos por el odio, la venganza y la crueldad ciega, no puede haber amnistía ni perdón: solo justicia humana. Las víctimas merecen ser reivindicadas.
No puedo olvidar la sentencia —la hoja indigna— con la cual un juez del horror, buscando la muerte política de mi padre, decretó que él era un anciano incapaz de distinguir entre el bien y el mal.
No puedo perdonar al responsable de esta hecatombe cuando perdí en ella a una hermana.
Hacia la memoria
Creo entonces que esta degollina, este absurdo transitar por el apocalipsis, sería al menos parcialmente reivindicado si El Helicoide de la Roca Tarpeya —el elefante blanco que une dos dictaduras— pudiera convertirse en testimonio de lo que no debemos volver a vivir.
Así como Auschwitz advierte contra el proyecto abyecto que costó la vida a seis millones de judíos europeos, los venezolanos debemos transformar nuestro símbolo del horror en un símbolo de memoria y advertencia histórica.
“Quizás ninguna otra aspiración humana pueda ser multitudinariamente compartida como aquella de la paz… La paz es justicia y libertad. La paz, pues, cuesta: su precio es el de la lucha por la justicia y la libertad.”


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