Crónica de lo insólito
Domingo · 21:00h · Humor gráfico
¿Para reír o para llorar? Un empresario intenta sobornar a una directora general con bombones y 20.000€
Hay días en los que la realidad supera a la ficción. Y luego están los días en los que la realidad se sienta, se toma un café y decide escribir un guion de comedia. Este domingo ha sido de esos.
La Policía Nacional ha detenido a un empresario de Porto Cristo que, o bien es el hombre más audaz del mundo, o bien ha visto demasiadas películas de los 80. Su plan maestro para "solucionar" sus problemas burocráticos con la directora general de Costas consistió en presentarse en su despacho con dos objetos: una caja de bombones y 20.000 euros en efectivo.
Sí, han leído bien. Bombones y billetes. Como si fuera un anuncio de turrón versión corrupción cutre.
El arte de sobornar (para principiantes)
Uno imagina que un soborno de manual incluye maletines en un parking oscuro, miradas furtivas y frases como "usted no ha visto nada". Pero no. Este empresario decidió que lo suyo iba a ser con encanto. O quizás pensó que la funcionaria, al ver los bombones, iba a exclamar: "¡Oh, qué detalle! Por supuesto, firme donde sea".
La realidad, como suele ocurrir, fue tozuda. La directora general de Costas, lejos de emocionarse con el dulce obsequio, denunció inmediatamente los hechos. Ni corta ni perezosa. Los 20.000 euros no endulzaron lo más mínimo su criterio profesional.
- El soborno low cost: Por 20.000 euros y una caja de bombones, el empresario ha conseguido una detención, una denuncia y el caché de ser el hazmerreír de la semana. Por ese precio, hasta le podrían haber regalado una taza de "lo intenté".
- Los bombones: Aún se desconoce la marca. Los expertos especulan: ¿Ferrero Rocher para aparentar clase? ¿Una caja de esos de supermercado con forma de corazón? El misterio sigue abierto.
- La directora: Héroe sin capa. Podría haberse guardado los bombones y haber llamado después. Pero no. Demostró que hay funcionarios con columna vertebral. Y con sentido del ridículo ajeno.
Lo que pudo salir mal (spoiler: todo)
Este caso es un manual de "cómo no hacer las cosas". Porque si uno va a sobornar a un alto cargo —que no es que lo recomendemos, eh—, al menos debería evitar:
- Hacerlo en horario laboral: Nada de cenas discretas. Él fue al despacho. Con cita, seguramente.
- Usar bombones: Es soborno, no San Valentín. Si al menos hubiera llevado un vino... pero no, bombones.
- No tantear el terreno: Se fue directo al grano. Sin preguntar "¿se puede hablar de algo?". Sin códigos. Billetes y dulces. Directo.
- Subestimar a su interlocutora: Quizás pensó que por ser mujer, los bombones iban a ablandarla. Error garrafal. Ella denunció. Con los bombones sobre la mesa, seguramente.
La lección del día
Si algo nos enseña esta historia es que, por muy mal que estén tus trámites burocráticos, los bombones no son la solución. Tampoco los 20.000 euros, pero al menos eso tiene una lógica perversa. Los bombones... los bombones son un insulto.
El empresario ahora está detenido. Los 20.000 euros, incautados. Y los bombones, probablemente, en la nevera de la comisaría, a la espera de ser declarados prueba del delito. O merienda de los agentes. El tiempo lo dirá.
Mientras el empresario pasa la noche en el calabozo, en algún lugar de Mallorca hay una caja de bombones sin dueño. Y una directora general que hoy puede contar que rechazó un soborno... y de paso un postre.
La próxima vez, señor empresario, si quiere solucionar sus problemas burocráticos, pruebe con un escrito oficial. O con un abogado. Los bombones, mejor para el Día de la Madre.
🍫 Moraleja: Si vas a sobornar, al menos lleva bombones rellenos. O no lleves nada. Mejor no lleves nada.
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