CRÓNICA URBANA
La ciudad antes del lunes
A las 23:30 del domingo, la ciudad ya no está cambiando de turno. Está recogiendo.
Las terrazas se vacían sin ceremonia. Las últimas mesas pagan despacio. Nadie tiene prisa, pero todos saben que mañana hay despertador.
En el centro, las calles suenan distintas. El eco es más limpio. Un camarero apila sillas. Un repartidor hace el último envío. Una pareja camina en silencio, cada uno con sus propios pensamientos.
En los barrios, la escena es doméstica. Ventanas encendidas. Televisores en volumen bajo. Un niño protesta porque aún no quiere dormir. Un adulto revisa el correo del trabajo con gesto resignado.
Algún coche pasa más rápido de lo necesario. Algún taxi circula casi vacío. Un músico regresa con el instrumento al hombro después del último ensayo del fin de semana.
El domingo a las 23:30 no es una hora épica. Es una hora honesta.
La ciudad no brilla ni acelera. Se ordena. Se prepara. Ajusta mentalmente el lunes que ya está esperando.
A esta hora, la ciudad no se muestra. Se concentra.


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