Entraba el mundo: con frío, con polvo, con malas noticias, sí, pero entraba. Hoy, en cambio, abrimos los medios como quien abre un espejo: no para ver lo que ocurre fuera, sino para confirmarnos lo que ya pensábamos dentro.
La España informativa se ha convertido en una galería de cristales de colores. Cada cabecera mira la realidad a través del suyo: azul, rojo, monárquico, republicano, centralista, separatista, de izquierdas puras o de derechas enfurecidas. El hecho es el mismo; lo que cambia es la luz con que se lo alumbra. Y así una misma noticia puede parecer un crimen, una gesta o una conspiración según quién la cuente.
La información ya no se narra: se cocina. Y demasiadas veces se sirve con más salsa ideológica que sustancia. Y lo más grave es que se venda como si fuera verdad pura, sin avisar de que va saturada de condimento ideológico.
Así hemos acabado viviendo en una España de universos paralelos: en uno, el Gobierno siempre tiene razón; en otro, nunca la tiene; en otro, todo es una conspiración; en otro, todo es una salvación. Cada lector habita su pequeña galaxia informativa y mira con sospecha al que vive en otra.
El lector, convertido en cliente emocional, ya no busca saber qué ha pasado, sino sentir que tiene razón. Se compra el medio que le da la razón, se escucha la emisora que le acaricia las ideas, se ve el canal que confirma sus sospechas. La verdad, mientras tanto, se queda en la cocina, esperando a que alguien la saque a la mesa.
Se escribe con miedo a la empresa. Se titula con miedo al partido. Se calla con miedo a perder el puesto.
Y hasta la televisión pública, que debería ser el último refugio de una mirada limpia, cambia de tono cada vez que cambia el Gobierno. La neutralidad es una palabra que se pronuncia mucho… y se practica poco.
Así la realidad se fragmenta. Cada ciudadano vive dentro de su pequeño noticiario particular. No compartimos hechos: compartimos versiones. Y sin hechos comunes, una sociedad empieza a resquebrajarse como un espejo antiguo.
Y así la verdad va adelgazando. No porque no exista, sino porque cada medio la pone a dieta según sus intereses.
Mientras tanto, el ciudadano, ese lector cansado, hace zapping entre versiones como quien busca una emisora en mitad de una tormenta: todas suenan, ninguna se oye del todo
Tal vez el periodismo deba recordar que no nació para ser cómodo, sino necesario. Que no vino al mundo para hacer amigos, sino para decir lo que pasa. Que su única lealtad debería ser con los hechos y con los ciudadanos, no con los despachos ni con las siglas.
Porque cuando la información se convierte en propaganda, la democracia se queda muda. Y cuando la verdad se vuelve partidista, el país empieza a hablar en gritos… porque ya nadie escucha.



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