CRÓNICA URBANA
La última luz encendida en Palma
Crónica nocturna sobre los espacios y personas que permanecen cuando el ruido se apaga.
No es un silencio completo —eso no existe en una ciudad—, pero el ruido se afina. Las persianas metálicas ya han bajado casi todas, las terrazas han recogido las últimas copas y el murmullo del día se convierte en eco.
En una esquina del centro histórico, un bar resiste. Dentro, tres mesas ocupadas. Dos hombres que hablan sin prisa, una pareja que comparte una cerveza como si el tiempo no apretara. La luz es cálida, amarilla, casi doméstica. El camarero seca vasos con movimientos lentos. No hay urgencia. Afuera, la calle parece otra.
Un poco más abajo, la farmacia permanece abierta. El rótulo verde late intermitente como un pequeño faro urbano. Entra una mujer con paso rápido y sale con una bolsa blanca en la mano. No hay conversaciones largas a esa hora. Solo lo necesario.
En la parada, el último autobús respira con el motor en marcha. El conductor mira el reloj y luego el retrovisor. Suben dos pasajeros. Cuando el vehículo arranca, deja tras de sí una estela breve de luz interior flotando en la calle vacía.
En el Paseo Marítimo, un taxista espera. Ventanilla medio bajada, radio baja, codo apoyado en la puerta. Mira el móvil, levanta la vista, vuelve a mirar el móvil. A esa hora cada servicio cuenta. No hay filas ni discusiones, solo paciencia.
Las persianas cerradas reflejan las farolas. Los adoquines devuelven un brillo tenue. Una bicicleta cruza sin ruido. Un vecino pasea al perro con esa calma que solo aparece cuando el día ya no exige nada.
La ciudad no está dormida. Está contenida.
Sin el tráfico ni el murmullo constante, Palma recupera algo más íntimo. Se escuchan pasos individuales. Se distinguen voces aisladas. La arquitectura parece más grande cuando no compite con el ruido.
En un balcón queda una luz encendida. No se sabe si alguien lee, trabaja o simplemente no tiene sueño. Pero esa ventana iluminada es, quizá, la señal más honesta de la noche: la ciudad no se apaga de golpe, se va apagando por capas.
Primero los comercios.
Luego los bares.
Después el transporte.
Y siempre queda una luz más.
Cuando el bullicio se retira y las luces se apagan una a una, queda lo esencial: quienes sostienen el ritmo invisible, quienes caminan sin espectadores, quienes trabajan sin aplauso.
Palma, cuando calla, no se vacía. Se revela.



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