Recibo un sobre justo antes de salir para encaminarme hacia el aeropuerto donde el hecho de saber que mi destino no es Corvera sino Alicante, me produce una sensación de enfado mayúsculo. El remitente es Víctor Jiménez, escritor y profesor sevillano con el que entablé amistad hace tiempo gracias a mi querido amigo, también escritor, Daniel Cotta Lobato.
Ya en el avion, deshago el paquete y descubro un libro exquisitamente impreso con una entrañable dedicatoria a mi persona. Abro la primera página. Elegancia en los colores (paginas color crema con detalles en el margen que, desde un magenta enrojecido, se torna en color vino) y elegancia en lo que leo. Sé que me gustará el resto. Continúo, echo un vistazo. Me agrada y, tras leer el magnifico prólogo de Lutgardo García, se abre el telón para la primera soleá. Después de ella, más composiciones de tres versos octosílabos con rima asonante impar. Descubro enseñanzas, reproches que suenan a piropos, pasión y un deseo contado que pide a gritos ser cantado.
Empiezo a imaginar acordes de una guitarra que, junto a una voz fuerte y rasgada, van marcando los versos que leo. Conforme avanzo en la lectura, comienzo a escribir en el margen pequeñas anotaciones sobre sabiduría, prudencía y anhelos. Sigo mi recorrido y encuentro unas finísimas ilustraciones, doce aguadas de José Mateos, en las que decido detenerme como si de un tiempo de reposo se tratara.
Releo al son de una canción inventada y comienzo a dialogar imaginando mis propias soleares, las primeras. Ante una ventana que se abre a los cantos de sirena, tomo un lápiz y, mancillando una hermosa página sin número, comienzo a escribir:
veo un paisaje de mar.
Se me desata la pena.
Continúo. De aquella primera ilusión que puede brindar el amor, llega la frustración y, con ella, vuelvo a envolverme , entre los versos de Víctor Jiménez, en una soleá que todos hemos sentido alguna vez:
las veces que nos miramos,
los besos que no nos dimos
A lo que no puedo más que responder:
por esos besos perdidos
porque nunca fuiste mío.
El cante se siente más hondo, más profundo, como el deseo de retener a alguien y como la necesidad, a menudo tan imperiosa, de tener que olvidar:
que son cantos de sirena
llamando a tu corazón.
El tiempo va transcurriendo como transcurren unos versos maduros dedicados a la arena de un reloj. Son versos muy hermosos y sentidos ante la evidencia de que nadie es eterno.
Descubro la sensibilidad de quien hace arte con las letras y la experiencia de un maestro que, como yo, alguna vez debió pensar que abrirse a la poesía es como desnudar el alma:
y al principio te avergüenzas.
Pero, al cabo, te acostumbras.
Y eso es lo que yo espero: acostumbrarme a escribir poemas.
Pequeño glosario poético
Soleá
Forma del cante flamenco, de compás ternario y carácter solemne. También se refiere a la composición poética de tres versos octosílabos con rima asonante en el primero y tercero.
Aguada
Técnica de pintura sobre papel o cartón con pigmentos diluidos en agua. De textura transparente y colores suaves.
Octosílabo
Verso de ocho sílabas, muy común en la poesía tradicional española y en el flamenco.

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