PERIODISMO HOY, II
Cuando la verdad cotiza en clics
Hubo un tiempo en que las noticias se medían por su importancia. Hoy parecen medirse por su capacidad de atraer miradas. Antes la pregunta era sencilla: ¿esto es relevante? Ahora es otra: ¿esto se va a compartir?
El periodismo ha entrado de lleno en la economía de la atención, un mercado donde la verdad compite con emociones más rentables: indignación, sorpresa, miedo, escándalo. No siempre prevalece lo más importante, sino lo más irresistible. La información ya no se escribe solo para ser comprendida, sino también para ser pulsada.
De ahí surge una lógica inquietante: el titular como anzuelo, la noticia como cebo. Promesas de impacto que rara vez sostienen su peso. Frases infladas que apelan al impulso antes que al entendimiento. El clic ya está hecho —y el clic es dinero— aunque la sustancia resulte mínima.
Pero este fenómeno no vive aislado. Encuentra su terreno ideal en lo que llamamos posverdad, donde importa menos que algo sea cierto que el hecho de que resulte verosímil para quien lo recibe. La mentira ya no necesita grandes arquitecturas: basta con encajar en un relato emocional predispuesto.
Las redes sociales han acelerado este mecanismo. Cada ciudadano actúa como difusor inmediato de versiones, fragmentos, interpretaciones. Una imagen fuera de contexto, un vídeo recortado o una frase amputada pueden levantar una narrativa alternativa en cuestión de minutos. Si provoca reacción, circula; y cuando circula lo suficiente, adquiere apariencia de verdad.
El periodismo, que antes marcaba el ritmo de la agenda pública, corre ahora detrás de lo viral. La complejidad cede ante lo inmediato. El matiz genera poco tráfico. La duda —siempre necesaria— se comparte mal. Así, la emoción desplaza al dato, la reacción vence al análisis y el eslogan sustituye al argumento.
La verdad —incómoda, matizada— empieza a parecer un estorbo comercial. No encaja bien en titulares explosivos ni en pantallas que exigen impacto continuo. En ese ruido rentable, la realidad tiende a simplificarse hasta volverse irreconocible.
Mientras tanto, el lector tiene la sensación de estar más informado que nunca: más pantallas, más fuentes, más notificaciones. Pero la abundancia no garantiza comprensión. Muchas veces no recibe más realidad, sino más estímulo. Y el estímulo constante termina por anestesiar el pensamiento.
Tal vez el desafío del periodismo contemporáneo consista en resistir esta tentación de velocidad y espectáculo. Recordar que su función no es competir con el ruido, sino ofrecer claridad. No alimentar impulsos, sino explicar el mundo con paciencia.
Porque cuando la información se convierte en mercancía emocional, la comprensión se debilita. Y una sociedad que reacciona más de lo que entiende corre el riesgo de confundir impacto con verdad.


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