CRÓNICA URBANA
Crónica de un lunes que no se va
Lunes, 22:30h. Hora de respirar tranquilo, hemos superado vivos la jornada, algunos se sienten zombies desde las 7 de la mañana, pero ha llegado el fin del día, para la mayoría. Muchos asistirán alguna película, otros leerán un libro. Una bebida caliente y a meterse entre las sábanas calentitas. La hora del relax total. Pero... me acuerdo que mañana a las 7:00h tengo que coger el bus, si no, no llego a mi compromiso. Epa! Tengo que organizarlo todo en el ordenador. En este momento, toda la magia se disipa y te invade una extraña sensación de angustia que , transforma la noche en un… algo que no llega a ser tragedia, pero tampoco descanso. Es una especie de lunes preventivo, un simulacro emocional que se cuela sin pedir permiso.
Es curioso cómo el lunes por la noche tiene esa capacidad de convertir tareas mínimas en decisiones de Estado. ¿Dejo preparada la ropa? ¿Cargo el móvil ahora o luego? ¿He puesto la alarma o solo lo he pensado?
Nadie lo dice en voz alta, pero todos lo sabemos: a partir de cierta hora, el lunes se vuelve sospechoso. Se disfraza de calma, pero conspira. Te ofrece paz mientras afila el despertador.
En la calle, algunas luces siguen encendidas. Hay ventanas donde aún se vive una resistencia discreta: cenas tardías, risas bajas, una serie más. Pequeños actos de rebeldía doméstica contra el calendario.
Y sin embargo, el lunes acaba igual. No sale dando un portazo, no. Se sienta primero en el borde de la cama, prueba el peso del silencio y luego ya decide quedarse.
El momento exacto en que se acaba no lo marca el reloj, sino esa sensación íntima —ligeramente incómoda— de que el descanso ha terminado antes de acabar.




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