Me fascinan las barcas, me encantan las flores y la luz del Mediterráneo. Me gusta la vida de pueblo, la sencillez de sus gentes y las escenas de esos pequeños lugares en los que puedes entablar una conversación con alguien mientras tiendes la colada o te asomas al balcón para ver cómo amanece o cómo se esconde el sol.
Esas escenas tradicionales de luces y paisajes, esos patios y terrazas con gallinas y polluelos, con flores de vivísimos colores o con personajes apenas esbozados, forman parte de un universo en el que se esconden momentos cotidianos detrás de una simple pincelada y espacios de paz localizados entre barcas que se mecen o rocas ancladas en el mar.
La intuición de poder captar todo eso me empujó, el pasado 1 de mayo, a escaparme apresuradamente de casa para llegar a tiempo al hotel Artmadans donde Niko acababa de inaugurar una exposición que estaría en la Sala SkyLight hasta el 13 de mayo.
Según pude escuchar en la entrevista que Rafel Calle y María Zanoguera le hicieron en su programa Mallorca a la Carta, Niko trabajó en Albania, su país natal, como coordinador logístico en la ONG Médicos del Mundo, donde vivió situaciones muy duras.
Tuvo la oportunidad de instalarse en Mallorca, donde apreció su luz, sus gentes y su tranquilidad y así, aquel artista solidario del Mediterráneo Oriental que llegó a la isla sin apenas saber español, ya se siente completamente integrado en esta parte del Mare Nostrum.
Dibuja acompañado de emociones que colorean sus cuadros con pinceladas rápidas en muchos casos y minuciosamente equilibradas en otros. Así lo vemos en su obra Chica asomada a la ventana, donde se aprecia cada detalle del tejido de una cortina de lino.
Movido por el dibujo, el color, los sentimientos, la luz y el movimiento, afirma que le gusta pintar más al aire libre, donde se perciben mejor los colores, y que en su trayectoria ha ido pasando del realismo, también presente en diversos bocetos de retratos realizados a carboncillo, a un impresionismo cuidadosamente trabajado donde percibo influencias de Sorolla y Monet.
Afirma que sus obras son sencillas porque representan instantes captados en momentos determinados que, pese a esa pincelada ágil y desenfadada, no impiden al observador identificar lugares concretos que pueden encontrarse en Grecia, Albania o España.
Él, como yo, valora las cosas pequeñas y, quizás, el hecho de descubrir, en la ventana de uno de sus paisajes, a una aldeana asomada, fue el detonante de una conversación que llegué a mantener con él antes de que las luces de la Sala SkyLight se apagaran. Aquello me permitió disfrutar de la exposición con calma, con menos gente y con las explicaciones particulares que el propio autor me ofreció.
Para MosKo es una maravilla ver a una persona que, tras observar un cuadro suyo, se quede pensando y luego exprese qué es lo que siente y percibe. Quizás por haber identificado paisajes de su tierra natal, por haber localizado la cala de una barca o por haber descubierto ciertos personajes escondidos entre paisajes y escenas cotidianas, el artista se dejó llevar por mis palabras.
Y así, fascinada yo por lo que veía y, quizás él, por lo que escuchaba, hemos iniciado una incipiente amistad que hace escasos días le condujo a una de las salas del Círculo Mallorquín de Palma de Mallorca para acudir a la presentación de mi libro REIVINDICO LA PAZ, otro espacio donde la búsqueda de la luz, la paz, el color y el silencio se hace, no dibujo, pero sí palabra.



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