LA TIRANÍA DE LA FELICIDAD
Por qué la obsesión por ser feliz nos está haciendo miserables
Vivimos rodeados de mensajes edificantes. “Actitud positiva”. “Buenas vibras”. “Sé feliz”. “Todo pasa por algo”. Las redes sociales están saturadas de frases hechas sobre la felicidad, los manuales de autoayuda copan las listas de ventas y el pensamiento positivo se ha convertido en un mandato social incuestionable.
Pero ¿y si esta obsesión por la felicidad estuviera provocando exactamente lo contrario? ¿Y si la presión por sonreír constantemente nos estuviera condenando a una infelicidad más profunda? La ciencia empieza a alertar: el culto a la positividad tiene un lado oscuro y puede ser profundamente tóxico.
El mandato social de ser feliz
Vivimos en lo que la psicóloga social suiza Marie-Eve Lacasse denomina “la era de la felicidad obligatoria”. Nunca antes habíamos tenido tantas comodidades materiales y, sin embargo, los índices de ansiedad, depresión y suicidio no dejan de crecer en el mundo occidental.
La paradoja se explica, en parte, porque hemos convertido la felicidad en una obligación. Ya no es un deseo o un estado puntual, sino una meta que debemos perseguir activamente y, sobre todo, demostrar que hemos alcanzado.
Las redes sociales funcionan como el escaparate perfecto de esta farsa: vacaciones idílicas, cenas perfectas y sonrisas constantes, mientras se ocultan la frustración, el aburrimiento o la tristeza real.
Como explica el psicólogo Edgar Cabanas, coautor del libro Happycracia, “la felicidad se ha convertido en un producto y en un indicador de estatus. Si eres feliz, es que triunfas. Si no lo eres, es que algo estás haciendo mal”.
La ciencia de la afectividad negativa
En los años noventa surgió la llamada psicología positiva, impulsada por Martin Seligman, con una propuesta legítima: estudiar no solo la patología, sino también aquello que nos permite florecer.
El problema no fue la teoría, sino su degeneración comercial. El mercado la transformó en una industria millonaria de autoayuda que simplificó el mensaje hasta el extremo: “si piensas en positivo, atraerás cosas positivas”.
Numerosos estudios advierten del efecto rebote. La investigadora de Yale June Gruber ha demostrado que perseguir la felicidad como un fin obsesivo genera el efecto contrario.
- Estándares inalcanzables: idealizar la felicidad permanente convierte cualquier bajón en un fracaso personal.
- Invalidación emocional: la tristeza o la ira son respuestas adaptativas, no defectos a eliminar.
- Culpa: si “ser feliz es una decisión”, el sufrimiento se vive como culpa propia.
Positividad tóxica: cuando el optimismo daña
Este fenómeno ya tiene nombre: toxic positivity. Se trata de la negación sistemática de las emociones negativas en favor de un optimismo obligatorio.
La psicóloga Whitney Goodman, autora de Toxic Positivity, lo resume así: “Es la suposición de que la persona debería sentir algo distinto de lo que siente, o que la situación no es tan grave como parece”.
La alternativa: aceptación radical
Frente a esta tiranía emocional, la psicología propone la aceptación radical: reconocer las emociones sin juzgarlas, entender su función y permitir que sigan su curso.
Quizás el acto más revolucionario en esta época de felicidad impostada sea concedernos permiso para estar mal. No para instalarnos en el sufrimiento, sino para vivirlo sin culpa. Porque, como escribió Michel Lacroix, “la felicidad no es un estado, es un instante”.
Así que la próxima vez que alguien te diga “sé feliz”, tal vez la respuesta más honesta sea: “No, gracias. Hoy prefiero sentir”.




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