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Trabajar bajo presión: cuando el estrés se vuelve costumbre (y a veces adicción)

 
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 Hay personas que rinden mejor cuando todo es urgente

Plazos ajustados, decisiones rápidas, alta responsabilidad. No solo lo toleran: lo buscan. Cuando el ritmo baja, aparece el aburrimiento, la inquietud o incluso la sensación de que “falta algo”. ¿Qué ocurre en el cerebro para que la presión se vuelva atractiva?


El motor químico del estrés

Trabajar bajo presión activa un cóctel neuroquímico muy potente. La adrenalina aumenta la energía y la atención; el cortisol ayuda a movilizar recursos para resolver problemas; la dopamina aparece cuando se supera un reto o se logra un objetivo difícil. Este circuito mejora el foco a corto plazo y puede generar una sensación de eficacia y control muy gratificante.

Con el tiempo, el cerebro aprende. Asocia la presión con rendimiento, reconocimiento y recompensa emocional. Así, situaciones exigentes dejan de percibirse solo como amenaza y pasan a vivirse como estímulo. En personas predispuestas, ese refuerzo se consolida.

De adaptación a dependencia

El problema surge cuando la estimulación constante se vuelve necesaria para sentirse “normal”. El umbral sube: lo que antes era suficiente ya no lo es. Se buscan tareas más urgentes, más carga, más tensión. En momentos de calma, el sistema nervioso —acostumbrado a ir acelerado— interpreta la tranquilidad como vacío o desmotivación.

No es una adicción en el sentido clásico de una sustancia, pero sí un patrón de dependencia conductual. El cuerpo y la mente se habitúan a funcionar en modo alerta y les cuesta volver al reposo.

¿Es bueno o malo trabajar así?

A corto plazo, puede ser útil. En profesiones críticas o situaciones puntuales, la presión bien gestionada mejora el rendimiento y la toma de decisiones. El problema es la cronicidad. Mantener activado el sistema de estrés durante meses o años tiene costes claros: fatiga mental, problemas de sueño, irritabilidad, dificultad para desconectar y mayor riesgo de ansiedad y desgaste emocional.

Además, el rendimiento sostenido no siempre mejora. Tras el pico inicial, el exceso de cortisol interfiere con la memoria, la creatividad y el juicio. Se trabaja más, pero no necesariamente mejor.

El espejismo del alto rendimiento

La cultura del “siempre a tope” suele confundir urgencia con importancia. Resolver crisis continuas puede dar sensación de valor y control, pero también puede ocultar una incapacidad para tolerar la pausa. La calma exige otro tipo de habilidades: planificación, reflexión, atención profunda. No generan el mismo subidón químico, pero sostienen resultados a largo plazo.

Recuperar el equilibrio

No se trata de demonizar la presión ni de idealizar la calma absoluta. El equilibrio está en alternar activación y recuperación. Poder rendir cuando hace falta y, después, bajar revoluciones sin culpa. Cuando la única forma de sentirse eficaz es estar al límite, el sistema ya no está optimizado: está sobreexigido.

En definitiva, acostumbrarse a trabajar bajo presión es una adaptación del cerebro. Convertirla en necesidad es una señal de alerta. El verdadero rendimiento no vive permanentemente en la adrenalina, sino en la capacidad de elegir cuándo acelerar… y cuándo parar.

 
 
 
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