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Mientras dormimos
Cómo es el trabajo de los controladores aéreos: qué hacen, cómo funciona y por qué es tan exigente
Desde tierra, el cielo parece un espacio inmenso y libre. Pero en realidad está estrictamente organizado, vigilado y coordinado. Detrás de cada despegue, cada aterrizaje y cada avión que cruza el espacio aéreo hay un trabajo altamente especializado: el de los controladores aéreos.
Es una de las profesiones más desconocidas y, al mismo tiempo, más decisivas para la seguridad aérea.
Qué hacen los controladores aéreos
El trabajo de un controlador aéreo consiste en organizar el tráfico de aviones para que nunca entren en conflicto entre sí. Su misión principal es mantener las distancias de seguridad, gestionar alturas, velocidades y rutas, y anticiparse a cualquier situación que pueda generar riesgo.
No “guían” aviones en el sentido literal, sino que dan instrucciones precisas a los pilotos, que las ejecutan desde la cabina. Todo ocurre en tiempo real y con márgenes de error prácticamente nulos.
No todos hacen lo mismo
El control aéreo se divide en varios ámbitos. En las torres de control se gestiona lo que ocurre en tierra y en las inmediaciones del aeropuerto: despegues, aterrizajes y movimientos por pistas y calles de rodaje. En los centros de control se supervisan los vuelos cuando ya están en ruta, a gran altura, atravesando países o regiones enteras. También existe el control de aproximación, que coordina la llegada de los aviones antes de entrar en la fase final de aterrizaje.
Cada área tiene su propia complejidad y exige una formación específica.
Cómo funciona una jornada de trabajo
Los controladores trabajan por turnos, incluidos noches, fines de semana y festivos. El tráfico aéreo no se detiene nunca. Las jornadas están cuidadosamente reguladas, con periodos obligatorios de descanso, ya que la concentración sostenida es clave.
Durante un turno, el controlador permanece frente a pantallas de radar y sistemas de comunicación, gestionando simultáneamente varios vuelos. Todo se apoya en protocolos muy estrictos, frases estandarizadas y una coordinación constante con otros controladores, aeropuertos y países.
El factor psicológico: presión constante
Es un trabajo mentalmente muy exigente. Se toman decisiones continuas, bajo presión y con información cambiante: condiciones meteorológicas, incidencias técnicas, retrasos, tráfico denso o emergencias.
La anticipación es fundamental. Un buen controlador no solo reacciona, sino que prevé lo que ocurrirá dentro de varios minutos, ajustando el tráfico antes de que surja un problema. Por eso la fatiga mental es uno de los grandes riesgos de la profesión.
Formación y acceso: un camino largo
Convertirse en controlador aéreo requiere una formación técnica muy dura, procesos selectivos exigentes y simulaciones constantes. No basta con aprobar una vez: la habilitación se renueva periódicamente y el entrenamiento es continuo. Si un controlador deja de practicar un tipo de operación, pierde la certificación para realizarla.
En España, la gestión del tráfico aéreo civil corresponde a ENAIRE, que coordina el espacio aéreo y la seguridad de millones de vuelos cada año.
Por qué casi nunca se habla de ellos
Cuando todo funciona bien, nadie repara en el control aéreo. Los vuelos salen y llegan, y el sistema parece invisible. Solo cuando hay retrasos, huelgas o incidencias, el foco se pone sobre ellos. Sin embargo, su trabajo cotidiano es precisamente evitar que ocurra lo excepcional.
Un engranaje silencioso
Los controladores aéreos no viajan, no despegan y no aterrizan. Pero sin ellos, volar sería impensable. Mientras los pasajeros duermen, leen o miran por la ventanilla, en tierra alguien mantiene el orden en uno de los espacios más complejos que existen: el cielo.
Es un trabajo que no se ve, pero que sostiene la seguridad aérea minuto a minuto, incluso cuando la mayoría ni siquiera es consciente de ello.





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