Durante más de un siglo, el Diplodocus estuvo íntimamente ligado a Norteamérica. Sus fósiles, descubiertos inicialmente en Estados Unidos en el siglo XIX, convirtieron a este gigantesco animal de cuello y cola interminables en uno de los grandes iconos de la era de los dinosaurios.
Ahora, un descubrimiento realizado en Teruel obliga a ampliar considerablemente ese mapa.
Paleontólogos de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis han identificado fósiles procedentes del yacimiento de La Tejería, en El Castellar, como pertenecientes al género Diplodocus.
La importancia del descubrimiento es extraordinaria: constituye la primera evidencia científica de este género fuera de Norteamérica.
El animal que caminó por lo que actualmente es Teruel habría alcanzado aproximadamente 25 metros de longitud.
Era un saurópodo: un gigantesco dinosaurio herbívoro que caminaba sobre cuatro patas, con una cabeza relativamente pequeña, un cuello extraordinariamente largo y una cola que podía representar buena parte de la longitud total del cuerpo.
El Diplodocus es precisamente uno de los representantes más reconocibles de este grupo. Desde principios del siglo XX, reproducciones de sus esqueletos han ocupado las grandes salas de los museos de historia natural y han contribuido a crear la imagen popular que todavía tenemos de los grandes dinosaurios herbívoros.
Antigüedad: unos 150 millones de años
Periodo: Jurásico Superior
Longitud estimada: aproximadamente 25 metros
Identificación: Diplodocus sp.
Importancia: primera evidencia del género fuera de Norteamérica
Los investigadores no han necesitado encontrar un esqueleto completo para identificar al gigantesco animal.
El ejemplar está representado por catorce vértebras correspondientes a las regiones media y posterior de la cola, además de varios chevrones, huesos situados en la zona inferior de las vértebras caudales.
El análisis anatómico permitió detectar características propias del género, entre ellas grandes cavidades neumáticas en las vértebras, centros vertebrales alargados, profundos surcos longitudinales y chevrones bifurcados.
La combinación de estas características permitió a los investigadores clasificar los restos como Diplodocus sp.
Para comprender la importancia del hallazgo hay que viajar mentalmente hasta finales del Jurásico.
Hace unos 150 millones de años, el planeta era muy diferente. El océano Atlántico todavía estaba en una fase temprana de su formación y la disposición de los continentes no se parecía a la actual.
La Península Ibérica formaba parte de un complejo escenario geográfico de tierras emergidas, zonas costeras y conexiones que podían facilitar los movimientos de diferentes grupos animales.
Y es precisamente aquí donde el Diplodocus de Teruel adquiere una importancia que supera el descubrimiento de una nueva colección de fósiles.
Hasta ahora, los fósiles reconocidos científicamente como pertenecientes al género Diplodocus procedían de Norteamérica.
Su aparición en la Península Ibérica proporciona una importante evidencia de que existieron episodios de dispersión e intercambio de fauna entre Norteamérica y Europa durante el Jurásico Superior.
Los investigadores relacionan esta posibilidad con la configuración del entonces joven proto-océano Atlántico. Las conexiones geográficas existentes en aquella época pudieron permitir desplazamientos de fauna entre territorios que posteriormente quedarían separados por miles de kilómetros de océano.
El descubrimiento español se convierte así en una pieza importante para reconstruir cómo se distribuyeron los grandes dinosaurios por el planeta.
El Diplodocus no estaba solo.
Teruel constituye uno de los territorios paleontológicos más importantes de España y ha proporcionado fósiles de numerosos dinosaurios que permiten reconstruir los ecosistemas que ocuparon la Península Ibérica durante millones de años.
Entre ellos destaca Turiasaurus, otro gigantesco saurópodo cuyos restos han contribuido a demostrar la enorme diversidad que alcanzaron estos animales en Europa.
La presencia ahora confirmada de Diplodocus añade una nueva pieza a ese extraordinario paisaje jurásico.
La investigación ha sido realizada por los paleontólogos Sergio Sánchez Fenollosa, Josué García Cobeña y Alberto Cobos, de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis.
Los resultados han sido publicados en la revista científica internacional Journal of Vertebrate Paleontology bajo el título Intercontinental evidence of the iconic genus Diplodocus Marsh, 1878 (Dinosauria, Sauropoda).
Los fósiles del ejemplar de El Castellar pueden contemplarse actualmente en la sala de dinosaurios del Museo Aragonés de Paleontología de Dinópolis, en Teruel.
El descubrimiento de Teruel no significa simplemente que España pueda añadir otro dinosaurio famoso a su extraordinario patrimonio paleontológico.
Significa algo científicamente más interesante: un animal que durante más de un siglo asociamos al Jurásico norteamericano también consiguió llegar hasta la Europa de hace 150 millones de años.
Catorce vértebras fosilizadas han sobrevivido durante una inmensidad de tiempo para contarnos esa historia.
Y obligan a dibujar de nuevo el mapa del Diplodocus.
¿Qué se ha descubierto exactamente en Teruel?
¿Por qué es tan importante este hallazgo?
¿Cuándo vivió el Diplodocus de Teruel?
¿Cuánto podía medir?
¿Cómo saben que los fósiles pertenecen a un Diplodocus?
¿Cómo pudo llegar un Diplodocus desde Norteamérica hasta Europa?
¿Se encontró un esqueleto completo?
¿Dónde pueden verse los fósiles?
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