¿ESTAMOS PERDIENDO EL VALOR DE LA EXPERIENCIA?
Vivimos en una sociedad en la que casi cualquier información cabe en tú bolsillo. Un teléfono móvil nos responde en segundos preguntas que hace apenas treinta años obligaban a consultar libros, preguntar a un experto o dedicar horas de estudio.
Pero esa facilidad ha traído consigo una confusión cada vez más frecuente: creer que disponer de información equivale a poseer conocimiento. Y, lo que es aún más preocupante, que el conocimiento puede sustituir algo tan importante como la experiencia.
Hay conocimientos que deben aprenderse en los libros. Otros se adquieren en la universidad. Y algunos, quizá los más valiosos, solo pueden obtenerse con el paso de los años. La experiencia se atesora.
Durante gran parte de la historia, las sociedades entendieron perfectamente esta diferencia. El aprendiz escuchaba al maestro. Los hijos aprendían de los padres. El recién incorporado observaba a los veteranos. No porque estos fuesen infalibles, sino porque el bagaje acumulado con los años era un patrimonio que toda la comunidad respetaba y valoraba.
Hoy, tengo la sensación de que algo está cambiando...
No es casualidad que durante siglos las sociedades otorgasen un papel destacado a los mayores. No porque fuesen perfectos, sino porque la experiencia acumulada a lo largo de una vida era considerada una fuente de sabiduría y conocimiento imprescindible para toda la comunidad. Permitía evitar errores ya conocidos, transmitir enseñanzas y aportar criterio en los momentos difíciles. Ya desde las primeras comunidades humanas, los ancianos formaban parte del grupo de sabios que tomaba las decisiones más importantes para esa comunidad, basándose en lo aprendido durante toda una vida.
Quizá por ello necesitamos recuperar el respeto por la experiencia, la veteranía y la sabiduría que esta conlleva. No como una imposición basada en la edad o en la jerarquía, sino como el reconocimiento natural hacia quienes han recorrido antes el camino y pueden ayudarnos a comprender mejor la realidad, y así, advertirnos de los riesgos que aún no conocemos.
A lo largo de mi vida profesional he conocido excelentes profesionales jóvenes y magníficos veteranos. También he conocido dudosos profesionales de todas las edades. Pero lo que sí percibo, es una tendencia que me preocupa: la creciente infravaloración del conocimiento acumulado por quienes llevan décadas ejerciendo y perfeccionando una profesión.
Quizá nos hemos acostumbrado a pensar que un título académico representa el final del aprendizaje, cuando en realidad solo debería ser el comienzo. La formación proporciona conocimientos imprescindibles y una base sólida, sin duda, pero la experiencia enseña cómo aplicar esos conocimientos en el mundo real, donde las situaciones rara vez son tan sencillas como aparecen en los manuales.
Durante décadas, muchas profesiones se apoyaron en una relación natural entre quienes empezaban y quienes llevaban años ejerciendo el oficio. Los jóvenes aportaban energía, nuevas ideas y una formación actualizada. Los veteranos aportaban criterio, prudencia y un conocimiento que solo se adquiere tras muchos años de trabajo. Cuando ambas cualidades se complementan, las organizaciones funcionan mejor y las personas crecen profesionalmente. No se trata de elegir entre juventud o veteranía, sino el hecho de comprender que ambas se necesitan mutuamente.
Basta observar algunas profesiones para comprenderlo claramente. Ningún cirujano realiza una intervención compleja el primer día sin haber aprendido antes junto a médicos con mayor experiencia. Del mismo modo, ningún copiloto está preparado para afrontar una emergencia únicamente después de estudiar un manual; necesita acumular horas de vuelo al lado de comandantes veteranos que le transmitan un conocimiento imposible de adquirir únicamente en un aula. La experiencia no sustituye a la formación; la completa.
Sin embargo, tengo la impresión de que en algunos ámbitos se ha debilitado esa transmisión natural de conocimientos entre generaciones. A veces, parece que valoramos más la información inmediata que el conocimiento acumulado; más la rapidez que la reflexión; más el título que el aprendizaje continuo o la veteranía.
Y, sin embargo, hay algo que ninguna universidad, ningún máster y ninguna tecnología pueden proporcionar por sí solas: el criterio que nace de haber vivido una situación difícil, de haberse equivocado, de aprender de ese error, rectificar y mejorar durante años. La experiencia no evita todos los errores, pero permite reconocer y anticiparse antes a aquellos que ya los cometieron.
Por eso quizá deberíamos preguntarnos si estamos concediendo a la experiencia el valor que realmente merece. Porque una sociedad inteligente no es la que elige entre juventud o veteranía, sino la que consigue que ambas trabajen juntas, se complementen y aprendan mutuamente.
Al fin y al cabo, el día que creemos que ya no tenemos nada que aprender, dejamos de crecer. Da igual la edad que tengamos. Lo verdaderamente importante es conservar siempre la capacidad de seguir aprendiendo, porque ese deseo de mejorar es el que nos permite evolucionar como personas y como sociedad.
La experiencia no convierte a nadie en infalible. Los veteranos también se equivocan. Pero quien ha vivido cientos de situaciones similares suele reconocer antes los riesgos, comprender mejor sus consecuencias y tomar decisiones con mayor serenidad y rapidez.
Quizá por eso las sociedades más inteligentes nunca enfrentan juventud y experiencia. Procuran que trabajen juntas. Porque la juventud aporta el impulso necesario para avanzar, y la experiencia, el criterio imprescindible para no perder el rumbo.
El conocimiento puede aprenderse en unos años. La experiencia necesita toda una vida. Y quizá por eso, sea uno de los bienes más valiosos que una sociedad puede transmitir de una generación a la siguiente. Y debe evitar que se desprecie.
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1 Comentarios
Siempre es un placer leer a alguien con experiencia 👌
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