¿ESTAMOS PERDIENDO EL VALOR DE LA EXPERIENCIA?
Vivimos en una sociedad en la que casi cualquier información cabe en tu bolsillo. Un teléfono móvil nos responde en segundos preguntas que hace apenas treinta años obligaban a consultar libros, preguntar a un experto o dedicar horas de estudio. Pero esa facilidad ha traído consigo una confusión cada vez más frecuente: creer que disponer de información equivale a poseer conocimiento. Y, lo que es aún más preocupante, que el conocimiento puede sustituir algo tan importante como la experiencia.
LAS CLAVES DE LA REFLEXIÓN.
Información, conocimiento, experiencia y sabiduría: cuatro conceptos que a menudo confundimos y que definen nuestra relación con el aprendizaje y la vida.
2. LA UNIVERSIDAD, EL COMIENZO.
Quizá nos hemos acostumbrado a pensar que un título académico representa el final del aprendizaje, cuando en realidad solo debería ser el comienzo. La formación proporciona conocimientos imprescindibles y una base sólida, sin duda, pero la experiencia enseña cómo aplicar esos conocimientos en el mundo real, donde las situaciones rara vez son tan sencillas como aparecen en los manuales.
3. LA EXPERIENCIA SE ATESORA.
No es casualidad que durante siglos las sociedades otorgasen un papel destacado a los mayores. No porque fuesen perfectos, sino porque la experiencia acumulada a lo largo de una vida era considerada una fuente de sabiduría y conocimiento imprescindible para toda la comunidad. Permitía evitar errores ya conocidos, transmitir enseñanzas y aportar criterio en los momentos difíciles. Ya desde las primeras comunidades humanas, los ancianos formaban parte del grupo de sabios que tomaba las decisiones más importantes.
4. JUVENTUD Y VETERANÍA, JUNTAS.
Durante décadas, muchas profesiones se apoyaron en una relación natural entre quienes empezaban y quienes llevaban años ejerciendo el oficio. Los jóvenes aportaban energía, nuevas ideas y una formación actualizada. Los veteranos aportaban criterio, prudencia y un conocimiento que solo se adquiere tras muchos años de trabajo. Cuando ambas cualidades se complementan, las organizaciones funcionan mejor y las personas crecen profesionalmente. No se trata de elegir entre juventud o veteranía, sino de comprender que ambas se necesitan mutuamente.
5. EL VALOR DE EQUIVOCARSE.
Hay algo que ninguna universidad, ningún máster y ninguna tecnología pueden proporcionar por sí solas: el criterio que nace de haber vivido una situación difícil, de haberse equivocado, de aprender de ese error, rectificar y mejorar durante años. La experiencia no evita todos los errores, pero permite reconocer y anticiparse antes a aquellos que ya los cometieron. La experiencia no convierte a nadie en infalible. Los veteranos también se equivocan. Pero quien ha vivido cientos de situaciones similares suele reconocer antes los riesgos, comprender mejor sus consecuencias y tomar decisiones con mayor serenidad y rapidez.
6. NUNCA DEJAR DE APRENDER.
Por eso quizá deberíamos preguntarnos si estamos concediendo a la experiencia el valor que realmente merece. Porque una sociedad inteligente no es la que elige entre juventud o veteranía, sino la que consigue que ambas trabajen juntas, se complementen y aprendan mutuamente. Al fin y al cabo, el día que creamos que ya no tenemos nada que aprender, dejamos de crecer. Da igual la edad que tengamos. Lo verdaderamente importante es conservar siempre la capacidad de seguir aprendiendo, porque ese deseo de mejorar es el que nos permite evolucionar como personas y como sociedad.




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