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¿Por qué soy monárquico? Una reflexión personal sobre la Corona, la historia y el sentimiento de pertenencia

PLANETA UNIVERSAL BALEARES · REFLEXIÓN.

¿Por qué soy monárquico?

Una reflexión personal sobre la Corona, la historia y el sentimiento de pertenencia.

Hace unos días se cumplió un nuevo aniversario de la proclamación de Felipe VI como Rey de España. Como suele ocurrir con este tipo de efemérides, los medios recordaron aquellos momentos de 2014, y, analizaron el papel desempeñado por la Corona durante estos años.

Mientras escuchaba algunas de esas reflexiones, me sorprendí pensando en una pregunta que me han formulado en numerosas ocasiones a lo largo de mi vida:

¿Por qué soy monárquico?

Nací en 1963, en una España que hoy parece lejana, casi irreconocible. He sido testigo de transformaciones profundas, de cambios que nuestros abuelos difícilmente habrían podido imaginar. He visto cómo nuestro país dejaba atrás viejas etapas, afrontaba incertidumbres y construía un futuro nuevo sin renunciar por completo a sus raíces.

Quizá por eso, cuando alguien me pregunta por qué soy monárquico, no encuentro la respuesta en los libros de teoría política ni en las ideologías. La encuentro en mi propia vida, en los recuerdos que me han acompañado durante décadas y en la forma en que he visto desarrollarse la historia de España ante mis ojos.

Mi creencia en la monarquía no nace de una consigna ni de una militancia. Nace de la observación. De haber visto cómo cambiaban gobiernos, partidos, líderes y circunstancias mientras algunas instituciones continuaban ejerciendo su función con independencia de los vaivenes políticos.

Entre ellas, la Corona siempre ha ocupado un lugar singular.

Desde niño recuerdo la figura del entonces príncipe Juan Carlos. Él aún era joven, pero ya transmitía la sensación de llevar sobre sus hombros una responsabilidad extraordinaria. Mientras la mayoría de las personas construyen su destino paso a paso, él parecía haber nacido con una misión marcada desde el principio. Su preparación no respondía a la lógica de quien aspira a conquistar el poder, sino a la de quien se prepara durante toda una vida para servir a una institución que le trasciende.

Baleares y la Corona: un vínculo especial.

Crecí viendo a la Familia Real llegar cada verano a Marivent. Para quienes hemos nacido y vivido en Baleares, aquello formaba parte del paisaje sentimental de nuestras vidas. Era algo familiar, casi cotidiano. Antes incluso de ser Rey, don Juan Carlos ya había hecho de estas islas una parte importante de su historia personal. Las recorrió muchos veranos siendo un niño, regresó como príncipe y lo continuó haciendo durante décadas como jefe del Estado.

Siempre percibí una relación especial entre la Corona y Baleares. Un vínculo construido sin estridencias, lejos de los discursos oficiales y de las fotografías protocolarias. Un afecto sereno, forjado con el paso de los años. También vi cómo ese cariño por nuestras islas y por el Mediterráneo se transmitía a sus hijos. El entonces príncipe Felipe y las infantas crecieron compartiendo veranos, paisajes y costumbres que forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones de españoles. Creo que para ellos, el mar Mediterráneo y Mallorca siempre fueron su refugio.

Sin embargo, mi condición de monárquico no nace únicamente de esos recuerdos.

Con el paso de los años comprendí que la importancia de la Corona no reside tanto en el poder que ejerce como en el papel que desempeña. Los gobiernos cambian, los partidos se suceden y las mayorías parlamentarias nacen y desaparecen. Sin embargo, algunas instituciones permanecen, aportando continuidad allí donde la política, por su propia naturaleza, es cambiante y efímera.

Quizá sea precisamente esa permanencia la que siempre he valorado. La existencia de una figura llamada a representar a todos los españoles, con independencia de sus ideas o creencias, en una época en la que casi todo parece dividirse en bloques enfrentados.

A lo largo de mi vida he visto desfilar presidentes y dirigentes de todos los signos políticos. Algunos dejaron una huella profunda en la historia. Otros apenas permanecen ya en la memoria colectiva. Pero la institución de la Corona ha seguido ahí, atravesando etapas muy distintas y adaptándose a tiempos que poco tienen que ver con los de hace medio siglo o incluso más lejanos en el tiempo.

Por supuesto, ninguna institución humana es perfecta. La Corona tampoco. Ha atravesado momentos difíciles y ha cometido errores. Negarlo sería absurdo. Pero las instituciones no deben valorarse únicamente por sus defectos. También deben juzgarse por el servicio que prestan y por la estabilidad que aportan al conjunto de la sociedad y al país.

Y cuando observo la historia reciente de España, sigo convencido que la monarquía parlamentaria ha sido uno de los pilares fundamentales sobre los que se ha asentado nuestra convivencia democrática.

Quizá porque representa algo que considero especialmente valioso en los tiempos actuales: la continuidad en medio del cambio, la estabilidad en tiempos de incertidumbre y la permanencia de las instituciones por encima de las circunstancias del momento.

Vivimos en una sociedad marcada por la inmediatez. Todo cambia con rapidez. Los debates se suceden, las prioridades se transforman y la actualidad parece devorarlo todo. Sin embargo, las naciones también necesitan referencias que permanezcan, instituciones capaces de recordar que existe algo más duradero que las polémicas del momento.

Tal vez por eso, sigo siendo monárquico.

  • ✔️ Porque he visto cómo España cambiaba sin perder completamente el hilo de su propia historia.
  • ✔️ Porque creo en la importancia de las instituciones que permanecen cuando tantas otras cosas cambian, y no siempre para bien.
  • ✔️ Porque valoro la neutralidad que debe caracterizar a la Corona en tiempos marcados por la polarización y el enfrentamiento.
  • ✔️ Y porque sigo pensando que una nación necesita algo más que gobiernos, partidos o programas políticos. Necesita ahora más que nunca, símbolos compartidos, referencias comunes y una historia capaz de unir a personas muy distintas bajo un mismo sentimiento de pertenencia.

La verdadera esencia de la Corona, al menos para mí, consiste precisamente en eso: recordarnos que España es mucho más que sus debates políticos, sus discrepancias o sus cambios de gobierno. Que existe un espacio común que pertenece a todos, y que algunas instituciones encuentran su razón de ser no en dirigir ese espacio, sino en representarlo.

Por eso, después de más de seis décadas observando la evolución de España, y sigo siendo monárquico.

No porque crea que la Corona sea perfecta.
No porque piense que todas sus etapas hayan estado exentas de errores.

Sino porque sigo convencido de que las naciones necesitan instituciones capaces de permanecer cuando tantas otras cosas cambian.

🇪🇸 Y sobre todo, porque en un mundo cada vez más acelerado y fragmentado, continúo valorando la existencia de referencias comunes que nos recuerden que los españoles compartimos una gran historia, una identidad y un destino colectivo.

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