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Colombia: el país con el que sigo soñando


PLANETA UNIVERSAL BALEARES.
TRIBUNA INTERNACIONAL.

Colombia: el país con el que sigo soñando.

Una reflexión sobre memoria, democracia, violencia y el país que millones de colombianos siguen soñando construir.


Por Ana María Corredor

Hay una Colombia que existe en los sueños de casi todos los Colombianos. Una Colombia que muchos seguimos soñando.Y este 21 de junio, nos jugamos ese sueño.

No hablo de una utopía. No hablo de un país perfecto. Tampoco de un país donde todos piensen igual. De hecho, desconfío profundamente de los lugares donde todos parecen pensar igual.

Hablo de una Colombia donde la verdad no dependa de quién la pronuncia. Donde la compasión no dependa de quién sufrió. Donde la justicia no dependa de la ideología del victimario.

Quizá porque llevo años observando a mi país desde la distancia, he aprendido a verlo con una mezcla extraña de amor y preocupación. El amor de quien sabe de dónde viene. La preocupación de quien conoce demasiado bien algunas de sus heridas.

He dedicado gran parte de mi vida a estudiar la violencia colombiana. Como politóloga, he investigado cómo guerrillas, paramilitares y otros actores armados construyeron el poder local y regional. Cómo penetraron las instituciones. Cómo moldearon la economía. Cómo aprendieron a controlar no sólo territorios, sino también narrativas.

Y quizá por eso hay algo que me inquieta especialmente en este momento político.

No me inquieta que existan diferencias.

No que existan proyectos distintos de país.

Lo que me inquieta es que sigamos sin ser capaces de ponernos de acuerdo sobre algo elemental: quiénes fueron los responsables de nuestro sufrimiento colectivo.

A veces tengo la sensación de que Colombia se ha vuelto experta en discutir sobre los intérpretes de la tragedia y cada vez menos dispuesta a hablar de la tragedia misma. Discutimos sobre quién tiene derecho a representar a las víctimas. Discutimos sobre quién puede hablar en nombre de la paz. Discutimos sobre quién posee superioridad moral. Pero rara vez nos detenemos en algo más importante: la obligación de mirar toda la historia. Toda.

Toda.

No solo la parte que confirma nuestras convicciones. La historia completa.

🔸 La de los secuestrados por la guerrilla.

🔸 La de los miles de niños mutilados por las minas antipersona de las FARC y el ELN.

🔸 La de los desplazados.

🔸 La de los militares retenidos durante años en condiciones infrahumanas.

🔸 La de los falsos positivos, jóvenes cometidos por algunos miembros de la fuerza pública que deberían haberlos protegido.

🔸 La de las mujeres violadas por todos los actores armados.

🔸 La de los hombres asesinados con motosierras por los paramilitares.

🔸 La de el asesinato de Gaitán y la del asesinato de Gómez Hurtado. La del asesinato de Pizarro y la de Miguel Uribe. La del asesinato de Lara, Low Murtra, Valdemar Franklin Quintero, pero también la de Pardo Leal.

🔸 La de las comunidades atrapadas entre fuegos cruzados.

🔸 La de los niños. Sobre todo la de los niños.

La propia JEP ha documentado el reclutamiento y utilización de al menos 18.677 niños, niñas y adolescentes por parte de las FARC. Detrás de esa cifra aparecen relatos de violencia sexual, castigos crueles, abortos forzados y formas de sometimiento difíciles de imaginar.

Dieciocho mil seiscientos setenta y siete niños.

Hay cifras que deberían impedirnos dormir tranquilos. Esa es una de ellas.

Sin embargo, en ocasiones tengo la impresión de que ciertas tragedias se han vuelto políticamente incómodas. Como si recordar a determinadas víctimas fuera interpretado como una toma de partido. Como si la memoria tuviera color político.

Y ese es precisamente el país que no quiero. No quiero una Colombia donde unas víctimas sean utilizadas como bandera y otras como notas de pie de página. No quiero una Colombia donde la indignación dependa del responsable. No quiero una Colombia donde los ciudadanos se conviertan en sospechosos por formular preguntas legítimas sobre la justicia, la verdad o la reparación.

Porque una democracia no se fortalece cuando deja de hacerse preguntas. Se fortalece cuando se atreve a formularlas todas. Incluso las incómodas. Especialmente las incómodas.

“Se fortalece cuando se atreve a formularlas todas.”

Y es precisamente por eso que esta elección me preocupa más de lo habitual. Porque, a mi juicio, no estamos únicamente ante una disputa entre candidatos, partidos o programas de gobierno. Estamos ante una discusión más profunda sobre la naturaleza misma del régimen político que queremos preservar. Los gobiernos pasan. Los partidos cambian. Las democracias, en cambio, pueden deteriorarse de forma gradual mientras conservan intactas sus apariencias externas.

La historia está llena de ejemplos. Ninguna democracia desaparece anunciando que va a desaparecer. Normalmente lo hace convenciendo a una parte de la sociedad de que ciertas instituciones son obstáculos, de que ciertos contrapoderes sobran, de que ciertas libertades resultan incómodas o de que determinados fines justifican métodos excepcionales.

Como estudiosa de los actores armados, aprendí hace mucho tiempo que el poder rara vez se conquista únicamente mediante la fuerza. También se conquista mediante los relatos. Mediante la capacidad de redefinir conceptos, de apropiarse del lenguaje moral y de presentar cualquier resistencia como ilegítima.

Por eso siempre me ha inquietado una vieja expresión de la tradición revolucionaria latinoamericana: "todas las formas de lucha". Porque detrás de ella subyace una idea peligrosa: que la democracia no es un fin en sí mismo, sino una herramienta más dentro de una estrategia para alcanzar el poder. Y cuando la democracia deja de ser un principio para convertirse en un instrumento, empieza a correr peligro.

La democracia exige aceptar límites. Aceptar derrotas. Aceptar alternancias. Aceptar que quienes piensan distinto tienen exactamente el mismo derecho a participar en la vida pública.

Por eso el país con el que sueño no es una Colombia de unanimidades. Es una Colombia donde cabemos todos menos los violentos. Es una Colombia con derechas, con izquierda, con centro, tan “biodiversa” en sus recursos naturales como en su gente y en sus ideas políticas. Una Colombia donde las diferencias enriquecen. Pero una Colombia que siempre se enmarque en la Constitución y la verdadera democracia.

Es una Colombia donde nadie pretenda monopolizar la virtud. Donde nadie pueda arrogarse la representación exclusiva de la paz, del pueblo o de la justicia. Donde los ciudadanos puedan discrepar profundamente sobre el modelo económico, el papel del Estado o el rumbo político, sin olvidar jamás quiénes fueron los verdaderos verdugos de nuestra historia. Sueño con una Colombia donde finalmente comprendamos que las ideas no destruyeron el país. Lo destruyeron quienes utilizaron la violencia para imponerlas. Quienes secuestraron. Quienes reclutaron niños. Quienes desplazaron comunidades enteras. Quienes asesinaron. Quienes convencieron a generaciones enteras de que la vida humana valía menos que una causa política.

La democracia no consiste en pensar igual. Consiste en aceptar que nadie tiene derecho a imponerse por encima de los demás. Y la paz no consiste en olvidar. Consiste en recordar toda la verdad, incluso aquella que incomoda a nuestros propios aliados.

Ese es el país con el que sigo soñando. Un país donde la memoria no sea selectiva. Donde la justicia no sea selectiva. Donde la compasión no sea selectiva. Y donde ninguna ideología vuelva a valer más que una vida.

Colombia: el país con el que sigo soñando | Reflexión sobre democracia, memoria y violencia

Artículo de Ana María Corredor sobre Colombia, la memoria histórica, la democracia y las heridas del conflicto armado colombiano. Una reflexión profunda sobre las víctimas, la verdad, la justicia y el futuro político del país.

El texto analiza el impacto de las FARC, el ELN, los paramilitares y otros actores armados en Colombia, así como el dolor de miles de víctimas del secuestro, desplazamiento, reclutamiento infantil y violencia política.

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