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11, 12 y 13 de abril (I): Los días en que Venezuela cambió

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11, 12 y 13 de abril (I)

por Teodora Petkoff

Mi padre, Teodoro Petkoff, y el escritor venezolano Ibsen Martínez eran buenos amigos. Los unía la complicidad de dos intelectuales que habían vivido su propio Kronstadt con la invasión soviética a Checoslovaquia y, más aún, los desvelos por Venezuela, ese país que veían perder la democracia en manos de la corrupción. Compartían la buena conversación, el interés por la economía, el béisbol, el cine, el humor lúcido e inteligente y, por encima de todo, la pasión de leer y una integridad ante la vida consecuente con el influjo de la literatura. Sus almas pertenecían al mismo ángel.

Teodoro Petkoff

Ambos eran brillantes y capaces de manejar la pluma con más precisión que un cirujano y su bisturí. El chavismo —esa inagotable fuente de argucias y procederes criminales— les cobró caro el tino y la elegancia con que lograban desenmascararlo.

Mi padre falleció en 2018.

Cinco años después, Ibsen Martínez me llamó. Estaba escribiendo un libro sobre su amigo y necesitaba detalles de una estancia europea de Papá, con sus idas y venidas a Bulgaria entre 1967 y 1972.

Mi país natal, los años de mi primera infancia… y, al mismo tiempo, la Primavera de Praga. Fue entonces cuando mi padre, desde la clandestinidad, escribió un texto retador titulado Checoslovaquia, el socialismo como problema.

Teodoro Petkoff era un guerrillero latinoamericano con sangre europea, ungido de carisma por haber enfrentado peligros de muerte, prisiones y dos fugas espectaculares que parecían cinematográficas. Y era economista. En ese trabajo expuso, con palabras ajenas a los dogmas, un análisis exhaustivo de los sucesos en Checoslovaquia, su rebelión ante el imperialismo soviético, y vaticinó la caída del socialismo totalitario. Por alzar una voz crítica desde el interior del sistema, se granjeó la proscripción y las injurias de Brézhnev, extendidas como un ejecútese por toda la zona soviética. 

Ibsen Martínez

Ibsen Martínez, que lo conoció en la época en que ya había fundado un partido político, suponía que las vivencias búlgaras de Teodoro habían impulsado el tránsito del héroe al hereje y a la persona non grata. Ese recordatorio silencioso lo acompañaría a lo largo de la vida, como un centinela interior, en la irreversible transformación del testarudo comunista en el demócrata cabal que no dejó de enarbolar la bandera de justicia y libertad hasta su último aliento.

Durante el trabajo conjunto —desde Venezuela, el escritor y yo, a distancia, con la investigación documental en Bulgaria—, entre conjeturas telefónicas e historias de encuentros reales entre mi padre, mi madre y los líderes del Estado/partido comunista búlgaro en 1967-72, fue calando en mí la sensación de que recibía en herencia el ángel de aquella mítica amistad.

El libro de Ibsen tenía “reservado” como título una brevísima línea brindada por el poeta medieval Jorge Manrique. Iba a llamarse La tercera vida de Teodoro Petkoff. El día en que, como un trueno sordo en mi interior, retumbó la noción del vínculo entre la obra nonata y la elegía Las coplas a la muerte de mi padre, me estremecí.

Ibsen murió antes de terminarlo. Eso, como a él la amistad con mi padre, me marcó de manera imborrable.

Lo cuento, amables lectores, porque es abril, el mes imborrable en la historia reciente de Venezuela por sus tres fechas: 11, 12 y 13 de abril. Nunca fue aclarado, después de los sucesos, si aquello fue un golpe, un autogolpe, un vacío de poder, una charada entre grupos militares contrarios o una treta del presidente Chávez, picando adelante ante la mella que su imagen ya sufría en la estima de los ciudadanos… cuando todavía éramos ciudadanos para él.

Si yo pudiera reconstruir aquellos momentos trágicos, sería así:

Desde enero de 2002, en la clase media profesional y en muchas familias venezolanas de estratos desposeídos —pero aún capaces de sostenerse con su trabajo— existía un descontento que había elevado la temperatura de la calle. La sociedad estaba alerta ante las medidas políticas aceleradas, que desestabilizaban aún más su ya frágil economía doméstica.

A comienzos de abril, desde la pantalla de televisión y de manera provocadora, Chávez despidió de un envión —soplando un pito, como si fuera un réferi con la tarjeta roja en la mano— a veinte mil trabajadores de la industria petrolera. Aun sin pertenecer a la industria propiamente dicha, los venezolanos nos enorgullecíamos de su meritocracia interna, que garantizaba al país la renta petrolera. El oro negro era la vida. Aquel gesto ramplón del presidente fue entendido como una estocada en el mero corazón de la nación.

La reacción no se hizo esperar. El 11 de abril, desde la mañana, en Caracas, ciudadanos con banderas tricolor en las manos, acompañados por sus hijos y familias, de todas las clases y profesiones, comenzaron a reunirse y caminaron hacia Miraflores, el centro del poder político. La inmensa marcha fue poseída por el espíritu de exigir la renuncia del presidente.

En el centro de Caracas los esperaban francotiradores apostados en las azoteas de los edificios, asesinos a sueldo en las calles aledañas y los Círculos Bolivarianos, armados por el gobierno para su defensa. Esa gente emboscó y comenzó a disparar contra los marchantes. La Policía Metropolitana, que custodiaba el orden de la ciudad, fue rebasada. 

 

El presidente Chávez comandó la represión militar con el seudónimo Tiburón Uno e intentó silenciar los hechos con una cadena nacional. Por primera y única vez, las televisoras se atrevieron a partir la pantalla, y así supimos lo que ocurría. Murieron diecinueve personas, con tiros certeros en la cabeza y en el pecho. Hubo muchos heridos. Los puestos de salud colapsaron. Todo cerró.

En la terrible noche insomne, silenciosa como la muerte, el alto mando militar pidió la renuncia de Chávez, la cual —según el general que habló— él había aceptado. Lo vimos cabizbajo, irse por unas puertas de vidrio, acompañado por un eclesiástico que protegía su integridad.

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