Es media noche, el sol brilla en el horizonte.
Mientras las vacas saltan alegremente sobre las ramas de los árboles, los pajaritos pastan en el verde césped del desierto. Lejos… Muy lejos, a un palmo de distancia, corre un río seco de aguas cristalinas.
El cadáver suspiró, se incorporó sobre su tronco de piedra, y miró el horizonte donde el sol seguía brillando a medianoche. Una vaca, desde lo alto de un pino, le lanzó una mirada de complicada indiferencia.
—Lo malo —dijo el cadáver— no son los cortes de tráfico. Lo malo es despertarse vivo y no saber por dónde circula la vida.
Luego, la noche suspiró. Los pajaritos terminaron de pastar. Las vacas bajaron de los árboles. Y el sol, por fin, aceptó que tocaba esconderse. Porque todo, hasta lo más absurdo, tiene un horario de cierre.
Mañana volverán los cortes de tráfico, las bicicletas, las prisas. Pero ahora no.
Ahora es noche absurda.
Y eso, en sí mismo, ya es una forma de libertad.

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