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Seguidores y Seguidistas:
La Era del Influencer
Mi amigo Juan—cabo primero y escéptico por vocación— sostiene que el problema no es seguir.
El problema es seguir sin cerebro.
En unos ejercicios en Zaragoza, su teniente, eufórico y mal asesorado por su propio entusiasmo, gritó:
—¡Por la patria! ¡Al asalto de esa colina!
En la cima había una ametralladora simulada preparada para triturar testosterona.
Juan levantó la mano:
—Mi teniente, con todos mis respetos, ¿no sería más inteligente flanquear?
Lo enviaron una semana a fregar urinarios.
—Pero sigo vivo —dice ahora—. Y eso siempre ayuda a tener razón.
Internet es esa colina.
Solo que aquí nadie friega urinarios.
Aquí te dan likes.
Hay gente que bebe lejía porque un tipo con luces de neón y vocabulario de autoayuda asegura que “alineará tus chakras”.
Otros se lanzan por escaleras con una tabla de surf porque alguien en Hawái lo hizo “icónico”.
No mencionan las 78 tomas falsas ni al fisioterapeuta esperando fuera de plano.
Lo llaman engagement.
Yo lo llamo jubilación anticipada del pensamiento crítico.
El gurú financiero que predica austeridad desde su chalet en Marbella vende cursos para “liberarte del sistema”.
Mientras tú cenas arroz blanco, él sube stories desde su yate.
El sistema, por cierto, eres tú pagándole la factura.
Es como aprender cocina de un chef que desayuna pizza congelada.
O pedir consejos sentimentales a alguien con más rupturas que un cristal en película de terror.
Y los retos. Ah, los retos.
Rascar la pintura de la pared para “descubrir tu verdadero yo”.
Descubrieron que el casero sí tenía claro el concepto de fianza.
Beber detergente hasta aclarar las ideas.
Meter el móvil en el microondas para “cargarlo más rápido”.
La ciencia confirmó que lo único que se acelera es la compra del siguiente móvil.
Mi vecino intentó el “huevo esférico a baja temperatura con aire de pan tostado”.
Acabó con los bomberos en la cocina y un huevo “trascendido”.
Ahora come tortilla francesa.
Humilde. Horizontal. Comestible.
Juan lo explica mejor:
—En el ejército, si un superior te ordena correr hacia un precipicio, puedes apelar al reglamento. En internet, si un influencer te dice que saltes, miles preguntan: “¿desde qué ángulo queda mejor?”… y otros ya están cayendo, pensando en el hashtag.
La diferencia entre seguidores y seguidistas es simple:
El primero escucha.
El segundo obedece.
Moraleja: sigue a quien quieras.
Pero no delegues tu sentido común.
El algoritmo no piensa.
Y últimamente, tú tampoco.




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