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Desde nuestro puerto de ideas en Hong Kong, saludamos a los cerca de 1.500 navegantes digitales que esta semana han atracado en las páginas de nuestra revista. Para todos, una cálida bienvenida a Planeta Universal Baleares, un espacio donde el espíritu inquieto de esta ciudad —puente entre tradición y vanguardia— se transforma en historias que cruzan océanos. Gracias por leernos desde cada rincón del mundo. El viaje apenas comienza.
La ciudad se despierta con el susurro constante del aire acondicionado goteando entre callejones.
Son las seis de la mañana en Mong Kok, y los primeros carritos metálicos chirrían sobre adoquines aún húmedos. Huele a vapor de dim sum y a sal marina que se cuela desde Victoria Harbour. Un anciano en chanclas barre la entrada de su tienda de hierbas medicinales, donde raíces secas cuelgan como pergaminos del techo.
Hong Kong no es una ciudad que se explique: se respira. Es el contraste tangible entre la bruma que abraza los picos de Victoria Peak y el destello frío del acero en los rascacielos de Central. En ningún otro lugar del mundo lo antiguo se aferra con tanta dignidad a los pies de lo nuevo. Bajo las torres del Banco de China, que se elevan como cristales geométricos hacia el cielo, una señora despliega manteles de seda roja con caligrafías doradas que prometen buena fortuna. La modernidad aquí no reemplaza: se construye encima, alrededor, a través.
El Ritmo de la Multitud
Camino hacia el Star Ferry, ese barquillo verde-blanco que durante más de un siglo ha cruzado la bahía. A bordo, estudiantes con uniformes impecables comparten banco con trabajadores con chalecos reflectantes. Nadie habla en alto. Hay una comunión silenciosa en observar cómo la isla de Hong Kong se aleja, mientras Kowloon se aproxima con su cartelera neón que aún parpadea con letras cantonenses a plena luz del día. El rumor del motor es constante, hipnótico.
En Tsim Sha Tsui, el bullicio es de otra naturaleza. Aquí los vendedores de cámaras susurran ofertas en un inglés fragmentado, mientras turistas fotografían el skyline que ellos mismos acaban de abandonar. Pero si te adentras dos calles, encuentras la Hong Kong de siempre: puestos de pescado seco donde el aire es salado y espeso, sastres que miden a clientes entre rollos de tela inglesa, y restaurantes cuyas ventanas empañadas esconden mesas redondas donde familias comparten pollo al vapor y arroz en cuencos de porcelana azul.
Los Templos entre el Cristal
En medio del distrito financiero, rodeado por torres de oficinas, el templo de Man Mo parece un suspiro antiguo. La entrada es estrecha, casi escondida. Dentro, el aire es pesado por el incienso que se eleva en espirales desde grandes carretes metálicos. Dos ancianas encienden varillas, sus movimientos son pausados, rituales. Fuera, ejecutivos con traje charlan por teléfono a paso rápido. Dos realidades paralelas que se tocan sin rozarse.
Tomando el tranvía histórico —ese que los locales llaman "ding ding" por su sonido— hacia el oeste, la ciudad cambia de piel. En Sheung Wan, las galerías de arte contemporáneo comparten edificio con talleres que fabrican sellos de madera a mano. Un joven con gafas de diseñador sale de una cafetería serviendo pour-over, mientras a su lado un artesano talla caracteres chinos en un pequeño bloque de sándalo. El aroma a café de especialidad y a madera vieja se funden.
El Crepúsculo en la Bahía
Al atardecer, subo al Peak Tram. El ascenso es empinado, las casas inclinadas parecen deslizarse hacia atrás. Arriba, la ciudad se revela en su totalidad deslumbrante. Hong Kong no se ilumina: se enciende. No es un proceso gradual, sino un instante en el que millones de luces parpantean al unísono, como si alguien hubiera activado un interruptor gigante. Los rascacielos se convierten en columnas luminosas, los anuncios neón pintan trazos de color sobre el agua oscura, y los barcos en el puerto dejan estelas plateadas bajo la luna.
Pero la verdadera esencia de Hong Kong no está en esta postal. Está en las escaleras mecánicas cubiertas de Mid-Levels, donde al caer la noche los trabajadores bajan hacia sus hogares con la paciencia de quien sabe que el trayecto es parte del día. Está en los parques donde abuelos practican tai chi al amanecer, moviéndose con una lentitud deliberada en medio de la urgencia citadina. Está en el dialecto cantonense que resuena en los mercados, un sonido áspero y musical a la vez.
La Noche en Temple Street
La noche cae definitiva sobre Temple Street. Los puestos de comida callejera despiden nubes de vapor donde se fríen fideos de arroz y brochetas de calamar. En mesas de plástico, grupos de amigos comparten cervezas y platos de curry fish balls. Un hombre canta ópera cantonesa en un rincón, acompañado por un erhu desafinado pero lleno de sentimiento. El aire es cálido, cargado de olores de fritura, especias y sudor.
Un vendedor me ofrece un "reading" de fortuna, observando mis manos con ojos curiosos. Le sonrío y niego con la cabeza. Algo me dice que Hong Kong ya me ha leído lo suficiente. En sus calles he visto el futuro vivir en armonía tensa con el pasado, el lujo coexistir con lo humilde, el silencio encontrar su espacio dentro del caos.
Regreso al ferry final. La ciudad, desde el agua, parece un sueño eléctrico. Pero sé que dentro de ese bosque de cristal y luz, la vida sigue su curso: niños hacen tarea en apartamentos minúsculos, ancianos juegan mahjong en salones iluminados por tubos fluorescentes, jóvenes sueñan en habitaciones que miran a otras ventanas iguales.
Hong Kong no duerme. Solo parpadea. Y en ese parpadeo, entre sus millones de luces, hay un pulso constante, testarudo, que dice: aquí seguimos. Respirando.







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