Vivimos cansados: la normalización del agotamiento
El cansancio ya no es una excepción. Es el estado base.
Algo ha cambiado en la forma en que vivimos el día a día. La sensación de agotamiento permanente se ha instalado como un rasgo generacional y transversal. Da igual la edad, el trabajo o el nivel de ingresos: cada vez más personas dicen lo mismo, con naturalidad preocupante —“estoy cansado”—.
No se trata solo de fatiga física. Es un cansancio mental, emocional y social que no se cura durmiendo ocho horas ni tomándose un fin de semana libre. Es un desgaste continuo provocado por la aceleración constante de la vida contemporánea.
La cultura de la urgencia permanente
Vivimos bajo la lógica de la respuesta inmediata. Mensajes, correos, notificaciones, actualizaciones. Todo reclama atención ahora. La espera se ha convertido en una molestia y el silencio, en sospecha.
Esta hiperconectividad ha borrado los márgenes entre trabajo y descanso, entre lo personal y lo laboral. Estar disponible se ha confundido con ser responsable. Desconectar, con fallar.
Descansar también se ha vuelto productivo
El descanso ya no es simplemente parar. Ahora debe ser eficiente, optimizado, rentable. Dormir mejor, relajarse mejor, aprovechar mejor el tiempo libre. Incluso el ocio parece tener que justificarse con resultados.
Se venden rutinas de bienestar, aplicaciones para meditar, técnicas para “recargar energía” en minutos. Pero pocas veces se cuestiona la raíz del problema: un modelo de vida que no permite bajar el ritmo sin culpa.
Relaciones rápidas, vínculos frágiles
La aceleración también afecta a la forma en que nos relacionamos. Conversaciones interrumpidas, encuentros a medias, atención dividida. Estamos presentes, pero no del todo.
La falta de tiempo se ha convertido en excusa estructural. No para hacer cosas, sino para sentirlas. Y eso genera una sensación creciente de desconexión emocional, incluso estando rodeados de gente.
El cansancio como síntoma social
El agotamiento colectivo no es una debilidad individual. Es un síntoma social. Señala un modelo que exige rendimiento constante, adaptación permanente y disponibilidad total, sin ofrecer espacios reales de pausa.
Normalizar el cansancio no lo hace menos dañino. Al contrario: lo invisibiliza. Lo convierte en paisaje.
Tal vez el verdadero reto no sea aprender a descansar mejor, sino atrevernos a vivir más despacio en un mundo que no lo facilita.



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