CRÓNICA URBANA
La fiebre del sábado noche
La fiebre del sábado noche empieza antes de que caiga del todo el sol. Autobuses llenos de chavales y chavalas con sus mejores ropas, zapatillas recién estrenadas, perfumes mezclándose en el aire hasta perder identidad. Hay risas, nervios y esa sensación colectiva de que la noche todavía lo puede todo.
Algunos llevan una bolsa de papel bien doblada, casi con pudor. Dentro, alguna botella comprada a última hora, porque la noche es cara y el bolsillo joven tiene límites. Se bebe antes de llegar, se bebe para llegar con ventaja, se bebe para no pensar demasiado en lo que viene después.
La ciudad observa sin intervenir. Hay calles que se transforman en pasillos de paso hacia ninguna parte, locales que parecen refugios temporales y otros que funcionan como puntos de encuentro de almas algo perdidas, gente que no sabe muy bien a dónde va ni dónde está, pero sigue avanzando para no quedarse atrás.
Las horas se deslizan sin memoria. La música sube, las conversaciones se repiten y las decisiones se vuelven cada vez más pequeñas. Todo parece intenso, aunque al día siguiente cueste recordar por qué.
Cuando la madrugada empieza a agotarse, los últimos autobuses —o los primeros del domingo— recogen los restos de la noche: cuerpos cansados, miradas vidriosas, risas descolocadas y silencios que pesan más que las palabras. El trayecto de vuelta suele ser más largo que el de ida.
La policía triplica sus actuaciones para contener una euforia alcohólica que, casi siempre, acaba en discusiones por las causas más absurdas. Frases mal entendidas, empujones sin historia, enfados que nadie recordará con claridad cuando salga el sol.
La fiebre del sábado noche puede dejar mucho dolor de cabeza. No solo al día siguiente. A veces también deja heridas invisibles, cansancio acumulado y una sensación extraña de haber estado en todas partes sin haber estado realmente en ningún sitio.
Tal vez sea mejor buscar dentro de uno mismo la forma de divertirse sin dañarse a uno mismo ni a los demás. Por ahí van los tiros.



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