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Sostenibilidad verificada: los sellos y certificaciones que sí importan (y los que no)

 

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El concepto de sostenibilidad ha trascendido la esfera del nicho para convertirse en un elemento central en la narrativa corporativa
 
En un mercado cada vez más consciente, las empresas despliegan estrategias de comunicación que destacan su compromiso con el planeta.
 
Sin embargo, esta oleada de mensajes verdes ha dado lugar a una brecha preocupante entre la retórica y la realidad, un fenómeno conocido como greenwashing. Distinguir entre una marca genuinamente sostenible y aquella que solo pinta de verde sus operaciones requiere ir más allá del eslogan y la paleta de colores ecológicos en su packaging. Se necesita un análisis crítico basado en acciones concretas, transparencia y resultados medibles.

El greenwashing se manifiesta de múltiples formas, desde las más burdas hasta las más sofisticadas. Puede ser una campaña que ensalza un atributo menor de un producto, como ser "libre de CFCs" (una sustancia ya prohibida hace décadas), para desviar la atención de un impacto ambiental general mucho mayor. O puede consistir en el uso de términos vagos y no regulados como "natural", "ecológico" o "respetuoso con la Tierra", sin ninguna certificación o dato que los respalde. También es común encontrar un esfuerzo publicitario desproporcionado en relación con la inversión real en soluciones sostenibles, donde el marketing se convierte en la acción principal, no en la comunicación de una acción real.

Para evaluar la autenticidad de una marca, es crucial examinar varios frentes. El primero es la transparencia y la rendición de cuentas. Una empresa seria publica informes de sostenibilidad detallados, a menudo siguiendo estándares internacionales como los GRI (Global Reporting Initiative). En estos documentos no solo se anuncian los éxitos, sino que se reconocen los desafíos, los fracasos y se establecen objetivos claros, cuantificables y con plazos definidos para la reducción de emisiones, uso de agua o generación de residuos. La vaguedad es una bandera roja.

 


 El segundo frente es la integralidad de la acción. La sostenibilidad real no es un parche o una colección de productos específicos. Es una revisión del modelo de negocio. Implica analizar y actuar sobre toda la cadena de valor, desde la procedencia de las materias primas y las condiciones laborales de los proveedores, hasta la logística, la eficiencia energética de las operaciones y la circularidad del producto al final de su vida útil. Una marca que anuncia un envase de plástico reciclado pero cuyos procesos de fabricación son intensivos en energía y contaminantes está abordando solo una fracción del problema.

El tercer criterio son las certificaciones independientes. Sellos como B Corp, EU Ecolabel, Fair Trade, FSC (para productos forestales) o textiles con certificación GOTS (Global Organic Textile Standard) implican auditorías y estándares verificados por terceros. Estos logotipos tienen un peso significativamente mayor que las autoproclamaciones de la empresa. Sin embargo, incluso aquí es preciso estar atento, ya que algunas marcas pueden adquirir certificaciones para líneas específicas mientras el grueso de su negocio sigue operando bajo parámetros convencionales.

Finalmente, la coherencia a largo plazo es un indicador clave. Una marca verdaderamente sostenible integra estos principios en su cultura y toma de decisiones, no solo lanza una colección "verde" como respuesta a una tendencia de mercado. Su compromiso persiste más allá de los ciclos de marketing y es defendido incluso cuando no es la narrativa comercial del momento.

 

En definitiva, desenmascarar el greenwashing y reconocer la acción real es un ejercicio de ciudadanía crítica. Consiste en preguntar "¿cómo?", "¿cuánto?" y "¿desde cuándo?". Implica desconfiar de la espectacularidad y valorar la consistencia, prefiriendo los datos a los eslóganes y los planes integrales a los gestos aislados. En un mundo que clama por soluciones ambientales urgentes, la capacidad de distinguir entre el ruido verde y el cambio auténtico no es solo una herramienta para un consumo más responsable, sino un mecanismo de presión para exigir a las empresas que sus acciones finalmente coincidan con sus palabras.

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