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El país sigue en modo reflexión tras los últimos accidentes graves en transporte
Más allá de las investigaciones judiciales y los comunicados oficiales, se instala un debate incómodo pero necesario: el estado real de las infraestructuras, la cultura del mantenimiento y la prevención efectiva frente a la política del parche y el titular tranquilizador.
Durante años, la seguridad se ha dado casi por garantizada, como si fuera un atributo automático del sistema. Sin embargo, cada incidente recuerda que la seguridad no es un punto de llegada, sino un proceso constante, caro, silencioso y poco rentable en términos electorales. Las infraestructuras envejecen, los protocolos se relajan y la inversión preventiva suele ser la primera en recortarse cuando no se ven grietas… hasta que aparecen.
El debate no es solo técnico, sino profundamente político y social. ¿Se prioriza la inversión en mantenimiento o se prefiere inaugurar nuevas obras? ¿Se escucha a los profesionales que alertan de riesgos o se espera a que el problema estalle? La prevención rara vez ocupa portadas, pero su ausencia sí lo hace.
Mientras tanto, la ciudadanía asiste a un patrón que se repite: impacto, promesas, comisiones, olvido. Hasta el siguiente aviso. Quizá el verdadero reto no sea solo depurar responsabilidades cuando algo falla, sino asumir que la seguridad exige continuidad, planificación y una mirada a largo plazo, incluso cuando no hay aplausos inmediatos.
Porque confiar en un sistema público no debería ser un acto de fe, sino la consecuencia lógica de un trabajo bien hecho… también cuando nadie mira.



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