Clima y territorio / © Planeta Universal Baleares
Ya no es una anécdota meteorológica, es una tendencia que se consolida y empieza a generar inquietud en sectores clave como la agricultura, la gestión del agua, el turismo y la planificación territorial.
El problema no es solo que haga más calor de lo habitual o que llueva cuando no toca, sino la pérdida de previsibilidad. El calendario climático que durante décadas sirvió de referencia se ha vuelto inestable.
Los cultivos se adelantan o se retrasan, los acuíferos no se recargan cuando deberían y los episodios intensos —lluvias torrenciales, rachas de viento, olas de calor fuera de temporada— aparecen con una frecuencia cada vez menos excepcional.
A esta incertidumbre se suma un territorio ya tensionado. Suelos urbanizados, infraestructuras pensadas para otro clima y una gestión del agua ajustada al límite convierten cualquier anomalía en un riesgo añadido. Lo que antes se resolvía como un “año raro” ahora se repite con demasiada regularidad como para seguir mirándolo con distancia.
El debate ya no gira en torno a si el clima está cambiando, sino a si el país está preparado para adaptarse. Adaptar normativas, infraestructuras y modelos productivos exige planificación a largo plazo, algo que choca con la urgencia política y la cultura del corto plazo.
Porque el clima no espera. Y cada invierno que deja de parecer invierno es, en realidad, un aviso más difícil de ignorar.



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