Me gustaría empezar haciéndote una pregunta:
¿Cuántas veces has sentido que algo en tu vida no termina de acomodarse?
Y es precisamente en este punto donde quiero centrarme, cuando en ocasiones sentimos o creemos que las cosas van mal, entonces buscamos huir de lo que nos genera sufrimiento y esto es un mecanismo de supervivencia normal en el ser humano, sin embargo, eso que nos duele tanto, o aquello que nos genera peso y que forzosamente intentamos sanar o curar, dejándoselo al tiempo, o a la pareja o a otros más que aparezcan en nuestras historias, nos muestran esencialmente que no estamos mirando aquello de frente.
Esto no lo expreso desde el juicio, si no más bien desde lo que nos hace profundamente humanos. Porque justo cuando ese dolor embarga, cuando repetimos esas situaciones en la vida, cuando fracasamos una y otra vez en distintos contextos, salud, lo laboral, la pareja, proyecto de vida, etc.
Y he aquí algo que nos deberíamos también preguntar. ¿En qué momento nos convencimos de que sentir de manera profunda es peligroso o que necesitamos a toda costa “estar bien” de manera rápida, aunque nos sintamos rotos por dentro?
Es por lo que, aunque en ocasiones no sepamos que nos sucede, intentamos buscar soluciones rápidas, justo en el boom mediático de la información desaforada que encontramos en la red, con los videos de Tiktok, de Instagram o con frases bonitas, o en el peor de los casos, asistir a las lecturas de las cartas, los chakras o el que le hace la interpretación del “aura” porque ellos prometen que van a “desbloquear, limpiar, cortar, sanar” toda aquella molestia que experimentamos.
Y con ello no estoy diciendo que “se debe o no hacer”, es una elección personal, no se trata de irrespetar creencias, ni tampoco las practicas a las que las personas encuentran como medio para minimizar el impacto del dolor y el sufrimiento en nuestras vidas. Pero se esta mirando hacia afuera y es en este punto donde se viene algo duro pero necesario: cuando el dolor es insoportable, intentamos buscar alivio y esto es una respuesta humana, y estas cosas en ocasiones calman por que nos devuelve la sensación de que no tenemos que hacer nada con nosotros mismos, es decir, atribuirle al zodiaco, a la piedra sagrada o al aura, nos libera de hacernos cargo de tomar el control en lo que sucede, explicar desde afuera, para evitar el mayor gasto que sería buscar la famosa responsabilidad afectiva y en términos prácticos, en momentos donde se está desesperado o desesperada por hallar algo que sirva como analgésico de estos dolores, la desesperación no busca la verdad, busca descanso.
Ser “conscientes” tiene un precio, y no hablo en términos monetarios, hablo en términos de aprender a reconocer nuestros errores, aceptar la perdida, dejar de culpar a los demás, mirar el pasado desde otra óptica, soltar aquellas historias que en múltiples ocasiones nos contamos a diario para sobrevivir de aquello que resulto doloroso.
Mirarse implica comprender que en ocasiones necesitamos aceptar que no todo fue injusticia exterior, renunciar a las fantasías de una infancia que debió ser distinta, o el hecho de que algunas heridas no tienen culpables demasiado claros, o que el mundo conspira porque esta en nuestra contra, o seguir esperando algo que no llegara, importante reconocer que hubo elecciones, negaciones, repeticiones, y es justo aquí donde ser conscientes nos libera y también nos permite hacernos cargo, impulsándonos a salir de ese ciclo victima-victimario-victima.
Hay dolores que no se quitan, requieren integrarse, y con ello cuando alguien promete que “quitaran” el dolor sin que se mire, hay que tener cuidado, porque el dolor cuando se ignora, este regresara y en momentos aún más fuertes.
Tal vez nadie se sentó cuando éramos niños para preguntarnos:
¿Cómo te sientes?
Si al leer estas líneas, algo resonó en ti, o tal vez emergió alguna emoción, alguna experiencia pasada, o alguna pregunta, no fuerces a desaparecer esto, a veces lo más terapéutico es permitir que eso se asiente, evidentemente si no puedes con ello, es necesario buscar ayuda profesional y desde aquí, darle un manejo mucho más profundo.
El vaso de agua sucia necesita de la quietud, para que pueda asentarse las impurezas y notar la separación de lo que la contamina. El dolor se abraza, se reconoce y se procesa, para que no se transforme en sufrimiento.



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