🌍 PRESENTIR LA TRAGEDIA ES ESPERAR UN DESASTRE INSOSPECHADO
En Colombia, específicamente, en el Eje Cafetero, nos acostumbramos a vivir nuestra vida en retazos de tiempo que se olvidan por años, pero vuelve a cortarse la cotidianidad cuando la fuerza de la naturaleza nos recuerda que tanto el espacio que ocupamos y la vida que vivimos es prestada. Los terremotos han estado marcando como una aguja en los sismógrafos no solo la intensidad, sino también la memoria de los que sobreviven a cada episodio. Es una especie de nudo que se separa para escribir un nuevo capítulo del libro de Colombia. Si los que sobrevivimos al terremoto del 25 de enero de 1999 teníamos hijos pequeños, hoy esos hijos nos han dado nietos.
Mi nieto de 5 años, ha sido la nueva generación marcada por un movimiento telúrico, pero con una fuerza y una duración en segundos mucho mayor . Lo que viví con mi hija de 6 años en el 99 es, de lejos, mucho menor al terremoto del 10 de agosto de 2026.
15 días después del pasado terremoto, ocurrido esta vez en varios departamentos, ha sido la solidaridad generalizada en el pais lo que ha reconfortado el espíritu de los afectados, los vecinos, los mandatarios en cabeza de De La Espriella, los médicos, enfermeras, voluntarios rescatistas, voluntarios que llegan a formar grupos para cocinar, para empacar paquetes de ayuda, personas que se encuentran en los espacios de escombros que con su mirada procuran un abrazo espiritual y luego los países, las empresas donantes, donantes anónimos, los artistas, organizaciones sociales y los ricos también aportando su grano de arena.
Cuando se mueve la tierra con esa fuerza debastadora que aún se queda corta con este adjetivo, la desolación se instala por un tiempo, al interior, como un nuevo huésped que le dicta al corazón una dirección de los recuerdos y los pensamientos, como un terremoto, que produce réplicas, como un motor que bombea constantemente los instantes terroríficos o lo que se conoce como flash backs. Estos fotogramas con ruido interno en el alma se quedan vívidos por días, meses y tal vez años en quienes sufrieron pérdidas de vidas; como una novia que quedó viuda antes de tiempo, unas hijas o hijos que quisieron ver a sus progenitores salir recuperados de la hospitalización, los familiares de viajeros que, insospechadamente encontraron la muerte en su último viaje a Colombia y tantos otros dolientes que no alcanzamos a dimensionar.
Esta sacudida también ha despojado a algunos del orgullo, de la soberbia y de otros sentimientos que opacan al espíritu, ¿qué es el ser humano cuando lo que lo sostiene es superfluo?
La tierra se ha sacudido para todos, no distingue estratificación social; en cada área tocada, hablo de Pereira la tragedia tocó la puerta, nos recordó que somos como hormigas y que lo que llaman propiedad no es más que una ilusión temporal proclive a la desaparición en tan solo 90 segundos.
No hay cifras que sean útiles en este escrito para describir las consecuencias, lo que agradecemos a Dios es que la tragedia no ocurrió con la complicidad de la noche cuando no habría capacidad de reacción y que a las 7:34 a.m. apenas comenzaba el comercio a recibir a sus trabajadores, que con seguridad si hubiese ocurrido una hora después con mayor población en las calles, se hubieran multiplicado las muertes.
Con el paso de los días y después de saber de nuestras familias, viene la inquietud por los conocidos. El afán de saber y constatar que han sobrevivido en la ciudad despedazada, el portero del edificio, la señora de los tintos, los vendedores de chance y lotería, la contadora, la vendedora de bisutería, el cajero del banco, los compañeros de la universidad, las amigas que ahora están pensionadas, en fin, el universo humano que forma nuestra cotidianidad y nuestra ciudad.
La ciudad que ha crecido con nosotros también nos duele, la ciudad que aguantó un 7,4 en la escala richter.
Apenas comienza a construirse un nuevo nudo que no sabemos si tendrá un desenlace cercano, pero mientras tengamos esperanza y resiliencia la vida es prometedora.
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