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SERIE EDITORIAL · El origen de la vida - Crear inteligencia - Cuando la biología y las máquinas se funden

SERIE EDITORIAL · El origen de la vida · Planeta Universal Baleares.

PLANETA UNIVERSAL BALEARES · FUTURO Y CIENCIA

Crear inteligencia

Cuando la biología y las máquinas se funden.




Hemos explorado cómo la vida pudo surgir de la química inerte, cómo el oxígeno transformó el planeta y cómo la biología sintética nos permite escribir el código de los seres vivos. Pero hay una pregunta que emerge con fuerza en este viaje: ¿podemos crear inteligencia? No una inteligencia artificial abstracta, sino una que mezcle lo mejor de dos mundos: la eficiencia de las máquinas y la plasticidad de la vida. La frontera entre lo biológico y lo tecnológico se está desvaneciendo a una velocidad vertiginosa.


Nanoprocesadores vivos: el sueño de la biocomputación



Uno de los caminos más audaces es la biocomputación. En lugar de silicio, se utilizan neuronas vivas cultivadas en laboratorio para crear procesadores biológicos. El concepto, conocido como "wetware" (hardware húmedo), ya es una realidad en laboratorios como FinalSpark en Suiza, donde han creado organoides cerebrales —mini cerebros de apenas unos milímetros— alimentados por células madre humanas y conectados a electrodos para responder a estímulos.


Estos minicerebros han logrado sobrevivir hasta cuatro meses y son capaces de aprender a responder a comandos sencillos. La visión es audaz: centros de datos compuestos por servidores "vivos" que consuman una fracción de la energía que requieren los actuales chips de silicio. El cerebro humano, con sus 86.000 millones de neuronas, es el procesador más eficiente conocido; replicar su arquitectura en un entorno biológico podría redefinir la informática tal como la conocemos.


Robots con células vivas: biohíbridos en acción



Más allá de los procesadores, la fusión de vida y máquina está dando lugar a robots biohíbridos. La empresa australiana Cortical Labs logró que neuronas artificiales jugaran al videojuego Pong, demostrando que un conjunto de células vivas puede aprender una tarea y ejecutarla. Estos no son robots tradicionales; son entidades que combinan la flexibilidad biológica con la precisión mecánica.


El siguiente paso serían robots humanoides con cerebros biológicos que les permitan adaptarse a entornos cambiantes, aprender de la experiencia e incluso tomar decisiones "intuitivas". Esta línea de investigación plantea cuestiones fascinantes: ¿un robot con tejido neuronal vivo tendría algún tipo de consciencia? ¿Qué derechos, si es que tiene alguno, deberíamos otorgarle?


El papel de la IA: diseñadora y ejecutora de experimentos biológicos


La inteligencia artificial no solo está impulsando la biología, sino que está aprendiendo a diseñar y ejecutar experimentos biológicos de forma autónoma. En febrero de 2026, OpenAI y Ginkgo Bioworks anunciaron que GPT-5 había diseñado y ejecutado de forma autónoma 36.000 experimentos biológicos a través de un laboratorio robótico en la nube, reduciendo el coste de producir una proteína deseada en un 40%.



Esto representa una nueva fase: la biología programable. Los modelos de IA pueden diseñar sistemas biológicos en un ordenador y luego enviar las instrucciones a robots que los construyen en el mundo físico, cerrando un bucle de iteración que antes era inimaginable. Un científico humano podría necesitar meses para probar una hipótesis; un sistema de IA, con laboratorios autónomos, puede explorar miles de variaciones en días.


El dilema del doble uso: poder y responsabilidad


Sin embargo, este poder conlleva un riesgo inmenso: el problema del doble uso. Las mismas herramientas que pueden diseñar fármacos contra el cáncer podrían ser utilizadas para crear armas biológicas. Un estudio reciente demostró que los grandes modelos de lenguaje, como ChatGPT, pueden guiar a personas sin experiencia en biología a completar tareas complejas de laboratorio, como trabajar con patógenos peligrosos, con una precisión cuatro veces mayor que la de los expertos.


Los investigadores han estimado que incluso mejoras modestas en la capacidad de la IA para ayudar a planificar experimentos con patógenos podrían traducirse en miles de muertes adicionales por bioterrorismo al año. La regulación actual no está preparada para este escenario. La Convención sobre Armas Biológicas de 1975 no contiene ninguna disposición sobre IA, y las evaluaciones de seguridad que realizan los laboratorios antes de lanzar nuevos modelos son a menudo opacas e insuficientes.

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