Miércoles, la mitad de la semana.
La ciudad llega al ecuador de la semana con ese ritmo extraño de los miércoles: ni el cansancio absoluto del jueves, ni la ligereza optimista del lunes recién estrenado. En Palma de Mallorca las terrazas vuelven a llenarse lentamente cuando cae la tarde, los autobuses avanzan con ventanas abiertas y el aire tibio empieza a recordar demasiado pronto que el verano está cerca.
En muchas oficinas todavía brillan pantallas pasadas las ocho. Hay quien acelera proyectos, quien revisa correos por inercia y quien simplemente mira unos segundos por la ventana buscando una pausa invisible entre reunión y reunión. La ciudad funciona así a mitad de semana: medio cansada, medio despierta.
“Miércoles. Esa frontera discreta donde la semana comienza a inclinarse lentamente hacia el fin de semana.”
Por el Paseo Marítimo el mar permanece casi inmóvil, reflejando luces largas y amarillas sobre el agua oscura. Las bicicletas cruzan rápidas, los patinetes zigzaguean entre conversaciones y algunos turistas todavía caminan con la sorpresa intacta de descubrir que aquí la noche nunca empieza del todo ni termina completamente.
En los barrios más interiores el sonido cambia. Persianas metálicas bajando. Copas chocando en bares pequeños. Televisores encendidos detrás de balcones abiertos. El olor a comida tardía mezclándose con humedad mediterránea. Miércoles. Esa frontera discreta donde la semana comienza a inclinarse lentamente hacia el fin de semana.
Y mientras tanto, la ciudad sigue respirando. Sin titulares enormes. Sin ruido extraordinario. Solo esa vida cotidiana que, vista de cerca, también tiene algo de crónica.

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