María Díaz Rodríguez
Por Lucía Duque Ríos
Fotos: Brindis inicial, María atiende a cada una por separado, Maria Diaz, María con Lucía Duque.
Desde Luarca, conocida como la “Villa Blanca de la Costa Verde”, hasta su vida actual en Palma de Mallorca, la trayectoria de María Díaz Rodríguez es la historia de una transformación profunda. Nacida en 1971 y formada en Turismo por la Universidad de las Islas Baleares, su recorrido vital ha estado marcado por el cambio, la búsqueda y, finalmente, el arraigo.
Durante años, María vivió con una sensación de enfado hacia el mundo. Los constantes cambios de residencia y una infancia marcada por la inestabilidad emocional y económica —con un padre alcohólico y ludópata y una madre obligada a compaginar estudios y trabajo— dejaron huellas profundas. En ese contexto, jugar en la calle fue su refugio y su única forma de experimentar la felicidad inmediata, sin pensar en el futuro ni en metas a largo plazo.
Aquellas experiencias derivaron en comportamientos disfuncionales en su vida adulta. Sin embargo, el paso del tiempo, la maternidad y un proceso consciente de crecimiento personal han ido transformando su realidad. Hoy, con una hija adolescente y tras una separación, María afirma sentirse “mucho más restablecida”. Ha reducido su jornada laboral tras casi tres décadas en una compañía aérea, lo que le ha permitido dedicar más tiempo a su desarrollo personal y a acompañar a otras mujeres en procesos similares.
El origen de “Bosque de Lobas”
El punto de inflexión llegó hace unos ocho años, cuando asistió a un taller corporal que le abrió una puerta emocional desconocida. “Sentí que se me abría el corazón”, recuerda. Aquella experiencia despertó en ella la necesidad de compartir ese tipo de conexión con otras mujeres.
Tras un primer intento más informal con amigas, María encontró su camino junto a una compañera en un entorno natural en Sencelles. Así nació “Bosque de Lobas”, un círculo de mujeres que, seis años después, continúa reuniéndose mensualmente.
El objetivo es claro: crear un espacio seguro donde cada mujer pueda mostrarse tal y como es, sin juicios. Un lugar para reconectar con una misma, con otras mujeres y con la naturaleza. “Muchas sienten que es su momento del mes, su oasis”, explica.
Junto a su co-facilitadora, Ellen —a quien describe como su “hermana de alma”—, María diseña cada encuentro desde la experiencia personal, caminando previamente por la naturaleza y compartiendo vivencias antes de trasladarlas al grupo. La clave, dice, está en la autenticidad y en el crecimiento continúo: “Mi labor es seguir creciendo mientras acompaño a otras a descubrir nuevas partes de sí mismas”.
Integración y conciencia social
Más allá de su trabajo en los círculos, María reflexiona también sobre la realidad social de Mallorca. Considera que la integración es un pilar fundamental, tanto para personas migrantes como para quienes han sido desfavorecidos dentro de la propia sociedad.
Desde su experiencia, señala las contradicciones del sistema y cómo estas pueden generar tensiones sociales. Aún así, apuesta por la empatía: “Hay que ser muy valiente para dejar atrás tu vida y empezar de cero en otro lugar”. En su proyecto, intenta aportar su “granito de arena” ofreciendo acceso a los talleres a quienes no pueden permitirse económicamente.
Redefinir el éxito personal
Para María, el éxito no está ligado a lo material, sino al autoconocimiento. En una sociedad que constantemente impulsa la idea de la imperfección, especialmente en las mujeres, defiende la importancia de mirar hacia dentro.
“El éxito personal es sentir paz interior”, afirma. Reconocer las propias heridas, comprenderlas y aprender a gestionarlas forma parte de ese proceso. En su caso, ha elegido trabajar menos, ganar menos y disponer de más tiempo para sí misma. Una decisión que, asegura, le acerca a una vida más coherente y satisfactoria.
Nuevos proyectos y pequeños retos
En esta etapa, María se encuentra en un momento de expansión. Entre sus nuevos proyectos destaca la creación de un círculo dirigido a niñas de entre 10 y 12 años, con el objetivo de ofrecerles un espacio de referencia en una etapa vital especialmente compleja. A través del juego, la creatividad y la expresión emocional, buscan acompañarlas en su desarrollo personal.
Además, se ha propuesto salir de su zona de confort enfrentándose a nuevos retos, como impartir talleres en solitario, algo que ya ha comenzado a hacer con éxito. También planea, junto a su compañera, organizar talleres intensivos y retiros de fin de semana.Ha sido una apasionada de la lectura y la escritura desde pequeña, y uno de sus desafios será ser escritora.
“Hoy siento que la vida es un juego divertido”, confiesa. Y aunque reconoce que el camino no siempre es lineal, se permite disfrutar del momento presente con una energía renovada.
La historia de María Díaz Rodríguez es, en esencia, la de muchas personas que han aprendido a transformar el dolor en conciencia. Pero también es un recordatorio de que, a través del trabajo interior y la conexión con otros, es posible construir espacios donde sanar y crecer juntos.

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