Hoy es viernes.
Solo con escucharlo siento que la sangre se acelera.
Soy músico y esta noche toco en un lugar que me gusta mucho.
Gente que siempre viene a verme y gente que llega simplemente para disfrutar: música, algo de comer, un momento.
Para mí, la emoción no es tocar perfecto ni ser aplaudido.
Lo que realmente dispara el metabolismo… es tocar.
El público no está delante: está dentro.
Es parte de la banda.
Sin su energía, la cosa no marcha.
Para que todo fluya tiene que haber magia en el ambiente.
La pone la música, con esa capacidad de llegar directamente al alma.
La armonía ocurre cuando las notas encajan, afinadas, vibrando en todas las frecuencias, conectando con algo que está más allá de nosotros.
Como la pintura: cuando los colores se combinan bien, producen placer inmediato.
La música hace lo mismo… pero desde dentro.
En un concierto, cuando la música conecta, la gente conecta entre sí.
Como neurotransmisores.
Y entonces todo sube.
Dopamina.
Energía.
Adicción.
Sí, está claro:
soy adicto a tocar.
A veces pienso en las personas que no tienen esa sensibilidad.
Porque la música se puede aprender.
Se puede leer, escribir, ejecutar.
Pero sentirla… eso no se enseña.
Hay días en los que parece que todo es igual.
Un martes, un jueves, un viernes.
Pero no.
El viernes tiene algo.
Activa códigos distintos.
Placer, alegría, esa sensación de que algo puede pasar.
Y a veces pasa.
Y a veces no.
Porque no todo sale como esperas.
Y cuando termina, queda ese pequeño vacío…
esa frustración leve, casi silenciosa…
y esa necesidad de volver a buscarlo.
Otra vez.
Y otra.
Hasta que vuelve la magia.

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