Programar unas vacaciones y quedarse de pronto en medio de una guerra es algo que no ocurre todos los días, pero, que, por desgracia empieza a suceder con más asiduidad de la imaginable no demasiado lejos de nuestras fronteras. Y si no, que se lo pregunten a los miles de estudiantes, trabajadores y turistas que se vieron afectados por la invasión de Ucrania hace ya cuatro años, el conflicto desatado entre Israel y Gaza tras el ataque de Hamás a intereses israelíes el 7 de octubre de 2023 y ahora, desde el pasado 28 de febrero, el ataque conjunto de Israel y EEUU a Irán.
En lo que a mi entorno cercano respecta, este último conflicto ha afectado a unos 30.000 españoles y, entre ellos, a un familiar muy querido, a una compañera de carrera, un compañero de mi marido, los hijos de un matrimonio que conocí en una cena navideña el pasado mes de diciembre y una amiga mía muy cercana: mi amiga Laura.
La mayoría de ellos estaban disfrutando unos días de vacaciones y, de repente, se han visto envueltos por el ataque de drones y misiles en las cercanías de bases militares, el cierre del espacio aéreo y la suspensión de sus vuelos o rutas marítimas en un ambiente de incertidumbre, miedo contenido y espera obligada.
Regreso a casa tras la incertidumbre
Hoy ya puedo decir que José Mª, Alberto, Mariló, Damián y Laura están en casa y que, por ser Damian mallorquín y por ser Laura residente en Mallorca desde hace quince años, su historia puede resultar de interés para quienes vivimos en Las Baleares.
Se da la circunstancia de que hace unos días el mallorquín Damián Ferrá (compañero de profesión de mi marido y testigo de nuestra boda) salió en la prensa local como marino de guerra que en los noventa estuvo en el conflicto del Golfo Pérsico y que ahora, al cabo de 30 años, quería navegar por la misma zona sin el estrés que supone transitar por una zona amenazada por la guerra. Se quería así quitar una espinita y regresó a España con otra -me acaba de decir- .
Mientras a mi marido le llegaban noticias directas de su compañero desde Dubái, a mí me llegaban noticias directas de Laura, quien había elegido Sálalah como lugar para celebrar su cumpleaños junto a su hija (quien, por suerte, se marchó de allí el 27 de febrero).
El pasado miércoles, Laura me expresaba su preocupación por lo que estaba pasando y por no saber cuándo podría regresar a su hogar. Yo le hablé de Damián e intercambié varios mensajes para ver si les venía bien que los pusiera en contacto.
El jueves día cinco, a las 8h 22 m de la mañana, le di el teléfono de Damián. Los mensajes intercambiados entre Laura y yo fueron numerosos y, entre ellos, le di varios consejos: documentación a mano, equipaje siempre listo para partir, tranquilidad, paciencia, esperar el aviso de la embajada de España en Omán y llevar en el bolso chicles para engañar la sed y frutos secos como alimento. Si tenía tiempo de rezar, le invitaba a hacerlo y, de no ser así, ya rezaría yo por ella y por quienes estaban en su misma situación.
Mira tú por donde, al cabo de 10 horas, recibí un mensaje de mi amiga: Sonia ya tengo vuelo. Ya te contaré.
Desde ese momento no quise ocupar su línea telefónica y he dejado pasar el tiempo. Ayer me puso un mensaje desde Madrid, a donde llegó procedente de Roma. Finalmente, esta mañana hemos estado hablando durante algo más de cuarenta minutos.
En breve nos veremos para celebrarlo y me hablará de su incertidumbre, de la poca frecuencia de unos vuelos que se tienen que organizar con rutas seguras; de la angustia ante la posibilidad de que el conflicto se alargue; de esos drones que han caído en la proximidad del lugar en que se encontraba. En nuestra conversación espero estar también, por supuesto, con Damian y su familia y ojalá sea en torno a una ensaimada lisa o de crema.
Por lo pronto para ellos ha terminado la duda de si mañana podrán regresar a casa o si tendrán que seguir esperando.


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