Después de tanto ruido, de tantos bandos, de tantos titulares afilados como cuchillos, uno podría pensar que el periodismo está perdido. Que la verdad se ha disuelto en el mercado de los clics, en la furia de las redes, en la teatralidad de ciertos formatos. Que la información se ha convertido en espectáculo y el espectáculo en norma.
Y, sin embargo, no todo está roto. Porque todavía hay periodistas que trabajan en silencio. Que contrastan. Que llaman a tres fuentes. Que dudan. Que se corrigen. Que escriben sin fuegos artificiales.
No suelen ocupar portadas ni monopolizar tertulias. No levantan pasiones ni generan tormentas digitales. Pero sostienen algo mucho más frágil —y mucho más valioso—: la credibilidad. Ese hilo invisible que une a quien informa con quien quiere comprender.
El buen periodismo rara vez es estruendoso. Se parece más a una luz tenue en una habitación oscura: no deslumbra, pero permite ver. No promete certezas absolutas, pero evita que tropecemos. Trabaja en la paciencia, en el matiz, en la verificación. Y en un tiempo dominado por la inmediatez, esa lentitud es, en sí misma, un acto de resistencia.
Tal vez hemos confundido información con espectáculo, opinión con noticia, emoción con verdad. Pero la realidad sigue ahí, compleja y contradictoria, esperando ser contada con rigor y honestidad. Informar nunca fue amplificar el ruido, sino ordenar el mundo para hacerlo inteligible.
El futuro del periodismo no está en gritar más fuerte, sino en escuchar mejor. En volver a preguntar sin miedo. En incomodar al poder —sea del color que sea— y en recordar que la primera lealtad no es con partidos, empresas o audiencias enfadadas, sino con los hechos. Y también con el lector, que no necesita que le den la razón, sino que le ayuden a entender.
Porque una democracia no se sostiene solo con votos, sino con ciudadanos capaces de interpretar lo que ocurre. Y para eso hace falta un periodismo que no simplifique hasta deformar, que no manipule para fidelizar, que no convierta al lector en soldado de ninguna causa.
Quizá no podamos regresar a la inocencia de aquellos periódicos que abríamos como ventanas limpias al mundo. Pero sí podemos aspirar a algo igual de necesario: medios que no nos traten como consumidores ideológicos, sino como personas capaces de pensar, dudar y matizar.
Mientras exista un periodista dispuesto a contar lo que ve, incluso cuando incomoda, el periodismo seguirá respirando. Y mientras haya lectores que prefieran la verdad incómoda al consuelo de la mentira, todavía habrá esperanza.
Porque incluso en tiempos de ruido, siempre queda una luz encendida en alguna redacción. Y mientras esa luz permanezca, la realidad seguirá encontrando quién la cuente.



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