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El espejo del deseo
Por qué elegimos creer, compartir y consumir lo que consumimos
Un reportaje de psicología y comportamiento
✔️Una mujer de 34 años abre Instagram. Son las once de la noche. Lleva quince minutos en la cama y ha visto ya veintitrés publicaciones. No recuerda ninguna. Pero sigue deslizando el dedo. No busca nada concreto. O quizá sí.
✔️A trescientos kilómetros, un hombre de 52 años lee una noticia sobre alimentación. La comparte sin verificar la fuente. Su título: “El alimento que odian los médicos y que tú comes a diario”. No es cierto. Pero él lo cree. O al menos, quiere creerlo.
✔️Un adolescente ve un vídeo de un hombre con gafas de pasta que explica la psicología del dinero. Tiene un millón de seguidores. Nadie sabe qué estudios tiene. El adolescente piensa: “Este tío sabe de verdad”. Y pulsa seguir.
Tres escenas. Un mismo mecanismo.
¿Qué busca realmente una persona cuando decide leer algo? ¿Qué fuerza invisible empuja el dedo que hace clic? ¿Por qué confiamos en quien nos gusta mirar aunque no sepamos nada de él? ¿Y por qué, ante contenidos absurdos o directamente falsos, nuestro sentido común parece desactivarse?
La respuesta no está en los algoritmos. Está, como casi todo lo humano, en el corazón de lo que somos.
El cerebro, ese avaro
Para entender por qué leemos lo que leemos hay que empezar por una verdad incómoda: nuestro cerebro no está diseñado para buscar la verdad. Está diseñado para sobrevivir con el mínimo gasto de energía posible.
Representa apenas el 2% de nuestro peso corporal, pero consume el 20% de la energía. Cada pensamiento profundo tiene un coste metabólico. Por eso, siempre que puede, nuestro cerebro toma atajos.
Los psicólogos llaman a esto “cognición perezosa”. Ante dos explicaciones, elegimos la más simple. Ante dos fuentes, confiamos en la que nos exige menos esfuerzo. Ante una información que contradice nuestras creencias, la rechazamos: no por malicia, sino porque replantearse lo que uno cree es agotador.
“No buscamos información”, explica la doctora Elena Fuentes, psicóloga social especializada en procesos cognitivos. “Buscamos confirmación. Buscamos alivio. Buscamos sentir que el mundo tiene sentido y que nosotros lo entendemos”.
Leer, en ese sentido, es casi siempre un acto de sedación.
La mirada del otro
Pero hay algo más profundo.
En 2019, un estudio de la Universidad de Yale demostró que las personas tendemos a confiar más en una información si quien la presenta nos resulta familiar. No importa si es verdadera o falsa. Importa la cara.
El fenómeno tiene nombre: sesgo de halo. Un solo rasgo positivo —belleza, simpatía, un tono de voz agradable— tiñe nuestra percepción completa de esa persona. Si alguien es atractivo, asumimos que también es inteligente. Si viste bien, pensamos que es competente. Si lleva gafas, que es sabio.
“No es que seamos superficiales”, apunta Fuentes. “Es que nuestro cerebro funciona con atajos. Juzgar a alguien por su apariencia es más rápido que investigar su currículum. Y en un entorno saturado de estímulos, lo rápido siempre gana”.
Los influencers no son una excepción. Son su evolución más sofisticada. No venden productos: venden cercanía. Miran a cámara, sonríen, nos hablan como si nos conocieran de siempre. Construyen lo que los psicólogos llaman “intimidad parasocial”: la ilusión de una relación real.
No creemos en ellos por lo que saben. Creemos en ellos por cómo nos hacen sentir.
La identidad como contenido
Hay otra capa. Cuando alguien elige un contenido, no está seleccionando información: está eligiendo una versión de sí mismo.
Leer noticias de actualidad no es solo informarse. Es decir: “Yo soy alguien que está al día, que entiende el mundo, que no se queda atrás”. Seguir tendencias de moda no es solo vestirse. Es decir: “Yo pertenezco a este grupo, conozco sus códigos, merezco estar aquí”. Compartir una dieta milagro no es solo buscar adelgazar. Es decir: “Yo estoy en camino de ser mejor, yo me esfuerzo, yo tengo esperanza”.
Cada contenido es, en realidad, un espejo. Y lo que vemos en él no es el mundo: somos nosotros.
“Las personas no consumen productos”, escribió el psicólogo Ernest Dichter, padre del marketing motivacional. “Consumen satisfactores simbólicos”. Setenta años después, sus palabras se han cumplido de forma literal. No leemos textos: leemos identidades. No compartimos información: compartimos quiénes queremos ser.
La fe sin doctrina
Hay un último misterio.
¿Por qué alguien inteligente cree en una dieta que promete perder diez kilos en una semana? ¿Por qué una persona con estudios universitarios comparte una noticia sobre un “remedio natural” que la OMS no ha aprobado? ¿Por qué perdemos el sentido crítico precisamente ante lo más absurdo?
La psicología social habla de “razonamiento motivado”. No usamos la razón para buscar la verdad: la usamos para justificar lo que ya deseamos creer. Si necesito desesperadamente adelgazar, no voy a analizar con rigor la evidencia de una dieta: voy a buscar razones para creer en ella. Si me siento perdido en un mundo complejo, no voy a cuestionar a quien me ofrece respuestas simples: voy a abrazarlo como un salvavidas.
La profesora Fuentes lo resume así: “Cuando una persona cree en algo sin evidencia, no está siendo tonta. Está siendo humana. Está protegiendo su esperanza”.
En el fondo, no buscamos información. Buscamos redención. Buscamos que alguien nos diga que todavía estamos a tiempo, que el cambio es posible, que no estamos solos. Y quien ofrece eso, aunque no tenga razón, tiene nuestra atención. Tiene nuestra fe.
El filtro perdido
Entonces, ¿perdemos el sentido común?
No exactamente. Lo cambiamos por otra cosa. Lo intercambiamos por pertenencia, por alivio, por esperanza. Lo entregamos a cambio de un momento de paz en un mundo que no deja de exigirnos.
El sentido común no se desactiva porque seamos irracionales. Se desactiva porque ser racional duele. Duele admitir que no hay respuestas fáciles. Duele aceptar que nadie viene a salvarnos. Duele reconocer que estamos solos ante la incertidumbre.
Por eso miramos a quien nos sonríe desde una pantalla. Por eso compartimos noticias que nos reconfortan aunque sean falsas. Por eso creemos en dietas milagro, en gurús con gafas, en promesas imposibles.
No es estupidez. Es supervivencia emocional.
La pregunta que nunca hacemos
Vivimos rodeados de contenidos. Elegimos unos, desechamos otros. Creemos saber por qué. Pero quizá nunca nos hacemos la pregunta correcta.
No es: “¿Esto es verdad?”.
Es: “¿Qué necesidad viene a cubrir esto en mí?”.
Porque todo contenido es, antes que nada, un encuentro. Y como en todo encuentro humano, lo que buscamos no es información. Lo que buscamos, siempre, es un poco de nosotros mismos reflejados en el otro.
Esa mujer que deslizaba Instagram sin recordar nada no estaba perdiendo el tiempo. Estaba buscando, sin saberlo, algo que reconocer. Un gesto. Una emoción. Una palabra que dijera: tú no eres la única.
El problema no es que busquemos eso. El problema es que hemos confiado a otros —a desconocidos con gafas de pasta y sonrisas medidas— la tarea de dármoslo.
Y ellos, claro, no nos conocen.
Pero han aprendido muy bien a imitar a quien sí podría hacerlo.



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