De todo. De Brasil, de Europa, de Oriente y de cualquier parte del mundo
El país de “la siesta” induce al visitante a convertirse en cómplice de la legendaria forma de ser del español, que podría resumirse en una frase breve que define el carácter de este pueblo:
“No pasa nada”.
Julio de 1984 / Una vez estaba detenido en un semáforo cuando un motorista que conducía una especie de lambreta chocó contra el parachoques de mi coche y cayó al suelo. Es verdad: yo estaba parado. Tuve suerte de que un coche de policía estuviera justo detrás del mío y los agentes lo vieran todo. Inmediatamente bajaron del patrulla, metieron al motorista dentro y salieron a toda velocidad, dejándome allí, confundido, sin saber qué hacer.
Como buen ciudadano, salí corriendo detrás de ellos. Supuse que se dirigirían al hospital más cercano. Y así fue: al llegar, encontré el coche patrulla aparcado en la puerta. Me acerqué a los agentes para ofrecer mi ayuda o asumir mi responsabilidad, si es que la tenía. Me identifiqué como el conductor del coche implicado en el accidente, dispuesto incluso a ir a comisaría si hacía falta. Entonces descubrí la primera ley de vida en España.
Después de mi presentación y de mi explicación —que resultó completamente innecesaria—, uno de los agentes me dijo:
—Tranquilo, estamos en España, aquí no pasa nada.
Y, efectivamente, no “pasó” nada.
Así es el carácter español. Tiene que suceder algo realmente grave para que se produzca una reacción notable. Viendo las noticias en televisión, uno se queda perplejo cuando el locutor informa de una detención y añade:
“El detenido ya había sido arrestado otras 35 veces por el mismo motivo el año pasado”.
¿Cómo? ¿Alguien detenido por hurto o robo ya había sido arrestado otras 34 veces en el mismo año por lo mismo?
Sí. Es verdad. Y no solo es verdad, es habitual. Ocurre todos los días.
No sabemos exactamente cómo es posible, pero así funciona: ladrones reincidentes entran y salen de la cárcel varias veces en periodos muy cortos. Y, sin embargo… no pasa nada.
También en las noticias escuchamos que un fiscal solicita 1.500 años de prisión para un acusado juzgado por múltiples delitos. Imaginen: 1.500 años en una celda. Eso sí, con televisión, escritorio, calefacción, visitas conyugales y permisos por buen comportamiento. Uno recuerda aquellos dibujos de una calavera colgando en la mazmorra de un castillo feudal.
Pero, ¿cómo es posible que se pidan penas tan desorbitadas si todos sabemos que, según la legislación española, nadie puede cumplir más de 30 años y las condenas no se acumulan indefinidamente? También sabemos que, en muchos casos, en menos de diez años el condenado puede estar en la calle otra vez.
Son cosas que pasan en España. Y no pasa nada.
Ahora bien, una de las costumbres más interesantes y conocidas del país es el saludable hábito de dormir después de comer. Ah, la siesta. Ahí sí que uno se acostumbra.
Entre las 14:00 y las 16:30 no intente salir, comprar o resolver nada —sobre todo en verano— porque no será posible. Todo el mundo duerme. Cualquier lugar sirve para echar la siesta. Aunque no esté acostumbrado a “planchar la oreja” después del almuerzo, acabará rindiéndose a este hábito tan español.
En verano, el calor del mediodía es tan intenso que el cuerpo simplemente no quiere hacer nada. Y si ya existía una tendencia natural a la pausa —como en el caso de los brasileños, especialmente los cariocas— aquí se perfecciona. Yo mismo he mejorado la siesta añadiéndole algunas horas extra. Si el sol se pone cerca de las diez de la noche, me parece lógico alargar mi “siestecilla” hasta las ocho… de la tarde.
Santa siesta.
Otro hábito muy respetado en la península ibérica es resolver cualquier problema o cerrar cualquier negocio en un bar, con una cerveza en la mano. La “caña”, bendita caña, de vino o de cerveza acompañada de una tapita.
Lo que no sé es cómo, después de varias cervezas al día y varias horas de siesta, la gente consigue trabajar. Porque aquí se trabaja. Eso sí… a su ritmo. Una tubería puede tardar meses en arreglarse y una obra puede durar años. O al menos hasta que se convoquen elecciones. En ese caso, como en Brasil, se inaugura aunque no esté terminada. Luego ya se arreglará.
No pasa nada.
Hoy es domingo. Son las tres de la tarde y estoy en España. Debería cerrar este texto con alguna conclusión lógica, pero ya estoy cabeceando sobre el teclado y siento una inevitable necesidad de dormir la siesta.
Y pensándolo bien… no pasa nada.



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