CRÓNICA URBANA
Un martes sin promesas
Crónica de un martes cualquiera
La ciudad despierta sin dramatismos. No hay épica de lunes ni alivio de viernes. Solo persianas que suben, cafeteras que suenan y el murmullo discreto del tráfico que vuelve a ocupar su lugar en el paisaje sonoro.
En una terraza cualquiera, el primer café se enfría mientras alguien repasa titulares en el móvil. Dos estudiantes discuten sobre un examen. Un comerciante ajusta el escaparate con precisión casi artesanal. El martes no tiene prisa, pero tampoco espera.
A media mañana, la luz cae limpia sobre las fachadas. Baleares respira con normalidad: turistas que consultan mapas, vecinos que saludan sin detenerse, repartidores que parecen conocer cada rincón mejor que los propios arquitectos que diseñaron las calles.
El martes es el día de las decisiones pequeñas: responder ese correo pendiente, llamar a quien se dejó para “luego”, caminar diez minutos más en lugar de tomar el bus. Es el territorio invisible donde se construyen las semanas.
Por la tarde, la ciudad baja una marcha. Las sombras se alargan sobre el pavimento y el mar —siempre el mar— recuerda que aquí el horizonte no es metáfora. Es real.
El martes no hace ruido. No busca protagonismo. Pero sostiene la estructura entera. Sin martes no hay viernes que celebrar.
Y así, sin titulares grandilocuentes, el martes cumple su función: mantener el mundo en movimiento.



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