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La Unión Europea atraviesa uno de los momentos más decisivos de su historia reciente en materia de política industrial y defensa
Lo que durante años fue un debate técnico y a menudo pospuesto —la llamada “autonomía estratégica”— se ha convertido en una prioridad política real.
La guerra en Ucrania marcó un punto de inflexión. La dependencia europea en materia de seguridad quedó en evidencia y aceleró la coordinación militar entre Estados miembros. Desde entonces, Bruselas ha impulsado fondos específicos para reforzar la industria de defensa europea, fomentar la producción conjunta de armamento y reducir la fragmentación entre ejércitos nacionales. La idea es clara: menos dependencia externa y más capacidad propia de respuesta.
Pero el giro no es únicamente militar. También es industrial y tecnológico. La competencia global con China y Estados Unidos ha obligado a la UE a replantearse su papel en sectores estratégicos como semiconductores, inteligencia artificial, energías renovables y materias primas críticas. Se están movilizando inversiones millonarias para atraer fábricas, proteger cadenas de suministro y garantizar que Europa no quede rezagada en la carrera tecnológica.
El conflicto en Oriente Medio y la inestabilidad en otras regiones han reforzado esta lógica. La seguridad energética, la protección de infraestructuras críticas y la resiliencia económica se han convertido en conceptos clave dentro del discurso comunitario. La autonomía ya no se plantea como aislamiento, sino como capacidad de decisión propia dentro de alianzas estratégicas.
Al mismo tiempo, este giro genera debates internos. Algunos Estados miembros defienden una mayor integración en defensa común, mientras otros priorizan la soberanía nacional. También existe discusión sobre el equilibrio presupuestario y el impacto de estas inversiones en el gasto social.
Lo que parece evidente es que la Unión Europea está redefiniendo su papel en el tablero global. La etapa de depender casi exclusivamente del paraguas de seguridad estadounidense está evolucionando hacia un modelo más equilibrado, en el que Europa aspira a ser actor, y no solo espectador, de los grandes movimientos geopolíticos del siglo XXI.



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