Cuando los líderes juegan al Monopoly con el planeta
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Trump anuncia que, después de comprar Groenlandia como quien se lleva un souvenir del duty free, va a quedarse tranquilamente con toda la madera y el oro de Brasil. Porque si algo ha quedado claro en la política internacional reciente es que la soberanía es flexible y el mapa del mundo, básicamente, un folleto inmobiliario mal doblado.
Putin, que no quiere quedarse atrás en la puja ni perder el relato histórico, aclara que va a recuperar la Unión Soviética empezando por Ucrania. Paso a paso, como una colección por fascículos: hoy una república, mañana otra, y cuando quieras darte cuenta, otra vez himno, banderas, desfiles, nostalgia imperial y un “esto siempre fue nuestro” dicho con total convencimiento.
Lula da Silva, con una serenidad admirable, observa la partida desde la mesa: él no va a hacer nada. Esperará tranquilamente a ver quién paga más, porque en este nuevo orden mundial la ideología pasa, pero la transferencia bancaria manda.
Xi Jinping copia todo lo que los demás inventan, lo fabrica mejor, más rápido, más barato y en cantidades industriales… y luego lo patenta. Si funciona, era una genialidad estratégica. Si no, era una prueba. Y si alguien protesta, se le explica que no ha entendido el concepto.
Europa, mientras tanto, convoca una cumbre extraordinaria de urgencia extraordinaria. Luego otra. Redacta un comunicado de “profunda preocupación”, recuerda sus valores fundacionales, impone sanciones cuidadosamente calculadas para no enfadar demasiado a nadie y paga la factura energética con expresión grave. Europa no pierde la partida: la analiza durante horas… mientras los demás ya están construyendo hoteles.
La ONU aparece en escena como esa ficha del Monopoly que nadie quiere: mucha presencia, poca utilidad. Llama al diálogo, pide contención, crea un comité, nombra un enviado especial y recuerda solemnemente el derecho internacional, que todos escuchan con respeto antes de ignorarlo por completo.
¿Y África? África sigue siendo el tablero donde se juega sin pedir permiso. Recursos aquí, influencia allá, acuerdos estratégicos firmados en despachos lejanos. Nadie pregunta demasiado. Total, siempre ha estado en juego y casi nunca en la mesa.
Así avanza el mundo: una partida infinita donde las reglas se cambian sobre la marcha, el banco siempre está en bancarrota moral y los jugadores más agresivos acusan a los demás de hacer trampas mientras esconden billetes bajo la mesa. Y al final, cuando alguien pregunta quién gana, la respuesta es sencilla:
Gana el que recoge el tablero antes de que los demás se den cuenta de que ya no queda partida.




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