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Hay preguntas que, cuando tardan demasiado en responderse, empiezan a responderse solas.
La de hoy es sencilla:
¿dónde está Nicolás Maduro?
Desde que Donald Trump anunció su supuesta captura, el mundo vive en una extraña mezcla de sobresalto, silencio y prudencia impostada. Nadie confirma nada. Nadie desmiente del todo. Y Maduro, sencillamente, no aparece.
Y cuando un presidente no aparece, el poder empieza a evaporarse.
El presidente Donald Trump ha publicado en redes sociales que Maduro fue capturado y habría sido embarcado en el buque USS Iwo Jima con destino a Nueva York, donde enfrentaría cargos penales.
El anuncio como arma
No sabemos si Maduro ha sido capturado, trasladado o si simplemente está fuera de plano. Lo que sí sabemos es que el anuncio ya ha cumplido su función. Ha generado incertidumbre, ha puesto nerviosos a aliados y adversarios y ha convertido la ausencia en un hecho político.
En la era actual, decir algo con autoridad puede ser casi tan eficaz como hacerlo. La prueba puede venir después. O no venir nunca.
El silencio no protege, debilita
El silencio del entorno de Maduro no es estratégico: es dañino. En política, callar puede ser prudente durante unas horas. Pasado ese tiempo, se convierte en señal de fragilidad. Un líder que no habla, no se muestra y no se deja ver cede el control del relato.
Y el relato, hoy, es el campo de batalla principal.
El mundo mirando de reojo
La comunidad internacional observa con una cautela que roza la incomodidad. Nadie quiere avalar una intervención sin pruebas. Pero tampoco nadie quiere quedar fuera si el anuncio acaba siendo cierto. Es el clásico equilibrio del miedo: no comprometerse demasiado pronto ni demasiado tarde.
Mientras tanto, la pregunta sigue sin respuesta y la duda se consolida.
Puede que la verdad sea banal… o explosiva
Puede que todo termine en una comparecencia, un vídeo grabado, un desmentido medido. O puede que estemos ante algo mucho más grave, envuelto de momento en una niebla deliberada.
Pero hay algo que ya es irreversible: el daño simbólico está hecho. Un presidente cuya ubicación es un misterio deja de gobernar plenamente, aunque siga en su despacho.
Conclusión incómoda
Tal vez mañana sepamos dónde está Maduro.
Tal vez no.
Pero lo relevante no es solo su paradero. Lo relevante es que el mundo ha aceptado durante horas que no sepamos dónde está un jefe de Estado. Y eso dice mucho del tiempo político que vivimos.
Porque cuando la ausencia se normaliza, el poder ya ha empezado a cambiar de manos.




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